Por Ezequiel Aráoz Martínez.
¿Es 1984 una historia de amor? ¿El cuento de la criada? ¿Edgerunners? ¿N°6? ¿Un mundo feliz? ¿El señor de los anillos? ¿Narnia?
Las distopías nos llevan a mundos posibles en el imaginario. Mundos que parecen ficcionales, pero toda realidad fue ficción en algún momento. Pareciera que en esos mundos nos interesa saber cómo es la vida, cuáles son los problemas de la gente común, igual que en la fantasía. Nos interesa el mundo. Pero si solo tuviéramos mapas, descripciones y narraciones, sería pesado ver, leer, escuchar. Un poco estamos buscando sentir lo que les pasa a los personajes en una realidad ajena a la nuestra, porque queremos identificarnos también como ficciones y chusmear con los que están ahí para enterarnos qué se cuenta en ese mundo. Queremos sentir lo que sienten los entes ficcionales.
La música (los músicos) ve estos mundos y busca rescatar las historias y volver a contarlas para hacernos sentir un poco más. Hay, algunas veces en estos relatos, muchas otras historias existiendo en ese mismo lugar y la lírica se siente en la tarea de narrar, como lo hacían los antiguos juglares, con una perspectiva más libre que ficcionaliza más aún lo que existe en ese mundo paralelo al nuestro. Y ahí, en la burbuja de la burbuja, el sentimiento se potencia porque cantando un verso nos volvemos narradores de un mundo donde pareciera que somos parte.
Hay un deseo de pertenencia a lo ajeno hasta en lo que no existe en el mundo material. Cuando Matt Bellamy canta sobre 1984 en The Resistance y se pregunta “¿Está seguro nuestro secreto esta noche?”, queremos que esté seguro; sabemos quién lo dice y por qué. Queremos ser partícipes de la historia de otros, porque deseamos estar en más de un lugar a la vez y deseamos que ese otro lugar sea un acontecimiento, preferentemente cargado de emoción y deseo.
Ese mismo deseo lleva a escribir un fanfic del Mago de Oz y después escribir una obra musical del fanfic del Mago de Oz, para después escribir el guion de una película de la obra musical del fanfic del Mago de Oz, que es originalmente una ficción de una realidad que nos gustaría habitar y evitar al mismo tiempo. ¿Por qué deseamos habitar ese afuera del afuera? ¿O el adentro del adentro?
Nos pasa en múltiples espacios ficcionales. Nos pasa que hablamos de comunidades en el ciberespacio. Dinámicas de rol en grupos de aplicaciones de nicho y en todas las metaficciones, incluso en las que en vez de magia ponemos tecnología, necesitamos una historia de amor. Pero, ¿por qué? ¿Tiene necesariamente que ser amor romántico? Quizá no. Quizá pueda ser compañerismo, el poder de la amistad, el amor de un padre a un hijo, el abandono de sí mismo por una desgracia que tiene que ver con un desamor por la vida.
Puede ser que la vida tenga que ver con encontrar la posibilidad de sentir fuera de lo que sentimos. Encontrar un sentimiento propio en un mundo ajeno. Tal vez sea la posibilidad de mirarnos desde afuera como una performance de lo que potencialmente somos en otro mundo y para ello, necesitamos necesariamente emocionarnos, porque las emociones validan la existencia de ese mundo.
Necesitamos cultura y arte con narrativa; no importa si es un cuadro, una canción, una red social o un videojuego. Necesitamos habitar más de un mundo, porque pareciera que imaginarnos es proyectarnos y proyectarnos es existir en un futuro que nos garantiza que estamos en un presente.
Si podemos sentir lo que otros mundos experimentan, y esas emociones nos disparan reacciones, ¿podemos decir que no hay otro mundo afuera? ¿Qué pasa si los mundos que escribimos, cantamos, pintamos, narramos, son mundos ajenos pero reales que repercuten en un universo ficcional imaginado por los creadores de otros mundos? La simulación podría ser una simulación de otra y la hiperrealidad un universo conectado donde lo único real es lo que sentimos.
Si el mundo cibernético que nos proponemos seguir construyendo pasa a ser otro mundo más habitable que el que tenemos, ¿quién va a tener la hegemonía de la existencia? ¿En qué mundo queremos existir verdaderamente?
Ponernos gafas de realidad virtual es un experimento interesante. El tiempo que dediquemos al mundo en esas gafas podría transformarse en un tiempo superior al que dediquemos al mundo real. Si eso pasara, ¿no podríamos decir que somos más ciudadanos de aquel mundo que del que habitamos diariamente en el plano físico con nuestro wetware? ¿Es una necesidad de protagonismo puesto que sentimos que somos personajes secundarios en nuestra propia vida?
Hay un género de animación japonesa muy específico que se trata de reencarnar en otros mundos, de otra forma, con otras reglas y otra física, a veces siendo incluso otra forma de vida. En el blog de RuneBook, un juego de IA que pretende generar la experiencia del isekai, que es este género de reencarnación japonesa, mencionan que “el isekai no es una moda; es el deseo más antiguo de la lectura, escrito sin disimulo. Todo lector que alguna vez amó un libro quiso abandonar este mundo y entrar en uno donde importa, y el isekai simplemente deja de fingir lo contrario”. En este género particular es muy común viajar a un mundo donde hay una posibilidad de habitar una vida más calma, o de experimentar algo que sería imposible en esta vida; de hecho, van apareciendo cada vez más comentarios acerca de este género como la fantasía de los salaryman japoneses de salir de la vida que les tocó y protagonizar una alternativa donde tengan elección.
En cualquier caso, aunque bien podría ser una ruta de escape como la fantasía siempre fue, a la rutina de un mundo cruel marcado por las desigualdades de un capitalismo que nos lleva a repetir un día a día amargo como la rueda de un hámster, creo que más allá de ese punto, la ficcionalización de la ficcionalización y la búsqueda de un rol en ese mundo puede tener que ver con un escape a la apatía. Dejar de sentir es dejar de existir y por eso buscamos experimentar un sentimiento cuando pensamos fuera de este mundo. Por eso el amor debe existir en alguna de las formas, como una suerte de fuerza que nos atraviesa y nos produce algo. Allí construimos nuestro propio rol pasivo para dejarnos atravesar por la emoción, que, aunque todo arte produzca, la de sentirse parte del mundo tiene un sabor más esquizofrénicamente profundo.
Habrá que seguir creando para poder imaginar un mundo más pasional en algún momento y ver si podemos sentirnos parte y construir una historia de amor, de cualquier tipo. El imaginario del colapso de este mundo por falta de imaginación debe ser suficiente motor para fugarse a ese tipo de lugares. Sería interesante, luego de salir de la caverna, traer la luz de fuera a este mundo y generar un nuevo proceso de retroalimentación, donde el afuera del afuera se vuelva el adentro del adentro con Eros como motor.
