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Sobrevivir sin dejar de ser humano

Publicado el

Por Pablo Santiago Neme.

«La necesidad no tiene ley.»

Thomas Hobbes, Leviatán

Hay situaciones en las que las palabras que utilizamos habitualmente parecen perder estabilidad. Correcto. Incorrecto. Permitido. Prohibido. Justo. Injusto. Palabras relativamente sencillas mientras la vida transcurre dentro de condiciones normales. Mucho menos sencillas cuando la alternativa puede ser la muerte.

La Filosofía del Derecho comienza precisamente allí: cuando dejamos de aceptar ciertas ideas como evidentes y empezamos a preguntarnos por qué deberían ser aceptadas. A veces esa pregunta aparece frente a una norma o una decisión judicial. Otras veces aparece frente a una situación humana tan extrema que obliga a revisar aquello que creíamos saber.

La tragedia de los Andes plantea una de esas situaciones.

Hambre. Frío. Aislamiento. La incertidumbre acerca del rescate. La muerte instalada entre quienes todavía intentaban sobrevivir.

Los sobrevivientes debieron enfrentarse entonces a una decisión que resulta difícil incluso formular desde la comodidad de nuestra vida cotidiana: alimentarse de los cuerpos de sus compañeros muertos para intentar seguir con vida.

Es fácil juzgar cuando tenemos calor.

Es fácil establecer límites cuando tenemos comida.

Es fácil hablar de principios cuando nuestra vida no depende de quebrarlos.

Precisamente por eso el caso resulta filosóficamente incómodo. La pregunta no consiste únicamente en saber qué hicieron aquellas personas. La pregunta es qué ocurre con nuestros límites morales cuando respetarlos puede significar morir.

Una primera respuesta parece imponerse con la fuerza de la necesidad: sobrevivir.

Thomas Hobbes comprendió hasta qué punto la conservación de la propia vida condiciona la conducta humana. Cuando una persona se encuentra frente a un peligro extremo, la supervivencia deja de ser una preocupación entre otras. Se convierte en una exigencia elemental.

Desde esa perspectiva, juzgar a quienes estuvieron atrapados en los Andes con los mismos criterios con los que juzgamos una conducta realizada en condiciones ordinarias parece profundamente injusto.

Pero comprender una conducta no significa necesariamente considerarla correcta.

Esa diferencia es fundamental.

La necesidad puede explicar una decisión. Puede disminuir nuestra capacidad de reprocharla. Puede incluso modificar la manera en que el derecho evalúa la responsabilidad de quien actuó.

Pero explicación, justificación y aprobación no significan lo mismo.

Ahí aparece el otro extremo del problema.

Immanuel Kant sostuvo que una persona nunca debe ser tratada simplemente como un medio para alcanzar un fin. La dignidad humana establece un límite que no depende exclusivamente de la utilidad que alguien pueda tener para otro.

En los Andes, esa idea alcanza una dureza extraordinaria.

Quienes habían muerto ya no podían sentir hambre, frío ni miedo. Pero sus cuerpos seguían perteneciendo a personas que habían tenido un nombre, una historia, una familia. Habían sido compañeros. Amigos. Hermanos. Hijos.

Convertir esos cuerpos en alimento introduce entonces un conflicto moral que la palabra supervivencia no consigue borrar completamente.

Y quizás sea precisamente allí donde el caso nos obliga a pensar.

Una ética incapaz de comprender la desesperación humana sería cruel. Pero una ética que declarara correcto cualquier comportamiento realizado para sobrevivir correría el riesgo de quedarse sin límites justo cuando esos límites resultan más difíciles de conservar.

Podemos cuestionar un acto sin convertir en monstruos a quienes lo realizaron.

Podemos reconocer la dignidad de quienes sobrevivieron sin necesidad de convertir cada una de sus decisiones en moralmente correcta.

Esa distinción entre el acto y la persona resulta esencial.

También lo es para el derecho.

Una evaluación jurídica de una situación extrema debe considerar las circunstancias concretas: las alternativas disponibles, el peligro existente, la necesidad, la finalidad perseguida y las posibilidades reales de actuar de otra manera. El derecho no puede exigir a quien está al borde de la muerte exactamente aquello que exigiría a una persona que puede elegir libremente entre distintas alternativas.

Pero que una conducta pueda recibir un tratamiento jurídico excepcional tampoco resuelve automáticamente su dimensión moral.

Legalidad, responsabilidad y moralidad se tocan, pero no son idénticas.

Quizás por eso la tragedia de los Andes continúa interpelándonos tantos años después.

No porque permita encontrar una respuesta sencilla.

Todo lo contrario.

Nos obliga a pensar qué queda de nuestros principios cuando desaparecen las condiciones que hacen relativamente fácil respetarlos.

¿Qué significa hablar de dignidad cuando tenemos hambre?

¿Qué significa hablar de libertad cuando prácticamente no existen alternativas?

¿Qué significa juzgar una decisión tomada por alguien que cree que puede morir mañana?

Mi posición permanece incómoda frente a esas preguntas. Puedo comprender por qué los sobrevivientes hicieron lo que hicieron. Puedo reconocer la desesperación, el miedo y una necesidad que resulta casi imposible imaginar desde afuera. Y precisamente por eso creo que cualquier juicio sobre ellos debe formularse con enorme prudencia.

Pero comprender no me obliga a decir que todo aquello que permite sobrevivir se vuelve moralmente bueno.

Tal vez la filosofía sirva justamente para permanecer un momento dentro de esa incomodidad.

Porque los verdaderos dilemas morales no aparecen cuando elegir el bien resulta sencillo.

Aparecen cuando hacer aquello que creemos correcto puede costarnos todo.

Incluso la vida.

 

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