Por José Mariano.
«Pensar implica no solo el movimiento de los pensamientos, sino también su detención.»
Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, tesis XVII.
Hace algunas semanas comenzamos hablando de un bache. Hoy ya sabemos cómo esquivarlo. Frenamos, nos movemos hacia el carril contrario y seguimos. Si llueve, cambiamos de calle. Nadie necesita advertirnos.
Después hablamos del cansancio de reclamar. De un Estado difícil de atravesar. De las soluciones privadas para problemas comunes. De una política preocupada por su propia imagen. De excepciones que duran décadas. De instituciones que informan sin conseguir volverse comprensibles. De una justicia que conserva sus procedimientos mientras pierde la capacidad de producir una respuesta reconocible.
Durante ocho semanas fuimos cambiando de tema. Ahora tengo la sensación de que estuvimos hablando siempre de lo mismo, de nosotros, de la manera en que aprendemos a vivir cuando las cosas funcionan aproximadamente. Las calles, las instituciones, las reglas, los servicios. Entre aquello que debería ocurrir y aquello que efectivamente ocurre queda una distancia y nosotros la completamos. Esquivamos, esperamos, insistimos, llamamos a alguien, pagamos una alternativa, buscamos un contacto, bajamos nuestras expectativas y seguimos. La vida continúa porque alguien absorbe el costo de la falla.
Adaptarse es una virtud. Nos permite atravesar crisis, reorganizar la vida, inventar soluciones. Pero podemos volvernos tan buenos haciéndolo que terminemos haciendo soportable aquello que debería incomodarnos. Conocemos tan bien el pozo que ya no necesitamos que lo arreglen para poder pasar. Esa fue la intuición que atravesó estas editoriales.
Vivimos, además, rodeados de dispositivos preparados para que continuemos. Trabajamos, respondemos mensajes, hacemos trámites, pagamos cuentas, miramos pantallas, resolvemos problemas. Buena parte de la vida cotidiana puede transcurrir en automático. Pensar introduce una interrupción, detiene por un instante ese movimiento y nos permite mirar qué hacemos, qué aceptamos, qué hemos naturalizado.
Pero pensar tampoco es una experiencia completamente individual. Pensamos con palabras que otros inventaron, conceptos que recibimos, experiencias compartidas y conocimientos producidos por personas que probablemente nunca conoceremos. La inteligencia también puede ser una construcción común y hoy esa posibilidad adquiere otra dimensión. Nunca circuló tanto conocimiento entre tantas personas. Las mismas tecnologías que pueden aislarnos permiten compartir experiencias, discutir ideas y descubrir que aquello que creíamos estrictamente personal también le ocurre a otro. Pueden ayudarnos a reconocernos.
Por eso, después de ocho semanas escribiendo sobre baches, desidia, instituciones inaccesibles, ciudadanía privatizada, política, excepciones y justicia, todavía encuentro una razón para la esperanza. Todavía podemos verlo, nombrarlo, sentarnos alrededor de una mesa y tratar de comprender por qué vivimos de esta manera.
Fuga nació más o menos así, como una conversación. Una charla de café, algunas personas intentando entender qué estaba pasando alrededor suyo y la necesidad de poner esas ideas en circulación. La semana que viene llegaremos a la edición número 70. Al mirar hacia atrás, aquella conversación empieza a parecerse a otra cosa. Quizás estemos construyendo un pequeño relato de época, situado, incompleto, escrito desde este lugar del mundo, desde las calles que transitamos, las instituciones que conocemos, los libros que leemos, las conversaciones que tenemos y las contradicciones que nos atraviesan.
No estamos afuera de la época que intentamos comprender. También esquivamos el bache, buscamos el contacto, nos cansamos, participamos del espectáculo, consumimos sus imágenes y repetimos sus palabras. Estamos hechos de ella y por eso necesitamos pensarnos, para recuperar algún margen de libertad frente a aquello que hacemos sin saber ya por qué lo hacemos.
Después de estas ocho editoriales no tengo una conclusión. Tengo algo que me interesa más: la sensación de que todavía podemos conversar, que una experiencia puede encontrarse con otra y mostrar algo que ninguna veía por separado, que una idea puede corregir a otra, que alguien puede leer estas líneas, estar en desacuerdo y obligarnos a pensar nuevamente. Pensar juntos aumenta nuestra capacidad de comprender el mundo que hemos construido.
Eso intenta hacer Fuga, no decirle a nadie qué debe pensar, sino crear un lugar donde todavía sea posible hacerlo.
A partir de la próxima edición vamos a mover la mirada. Quedan las tecnologías, el deseo, el trabajo, las imágenes, el consumo, los algoritmos, la inteligencia artificial, los vínculos, el tiempo. Queda casi todo. La trama continúa.
Y antes de seguir quería volver por un momento al lugar donde empezamos. El bache probablemente siga allí. Mañana volveremos a esquivarlo. Pero ahora sabemos algo que antes quizás no sabíamos: podemos detenernos a pensar por qué seguimos haciéndolo. Y mientras podamos hacer eso, todavía podemos imaginar mundos posibles.
Esto es Fuga.
Edición 69.
