Por Fabián Soberón.
La máquina de Leibniz
Leibniz fue un racionalista extremo que confió en el poder absoluto de la razón. La razón tenía para el alemán un poder creador: el alma descifra el mundo a través del cálculo. Leibniz creía que los dilemas de los seres humanos se podían convertir en una fórmula. Sostenía, además, que se podría inventar –en el futuro cercano– una máquina que pudiera calcular y resolver los problemas del mundo. En este sentido, Leibniz prefiguró –sin saberlo– la máquina de la IA. ¿Acaso la IA no es el sueño cumplido de este alemán?
Las personas del mundo contemporáneo le entregan el poder de calcular a la IA. Usan poco su capacidad racional. Delegan la potencia de producción a la máquina.
En nuestro mundo, el yo (de muchos) prefiere no pensar (como Bartleby, prefiere no hacerlo). Ciertas personas creen que la IA piensa y confían en el criterio de una máquina. Por definición, las máquinas no tienen criterio. Solo repiten una fórmula.
De cualquier manera, el problema del mundo contemporáneo no se relaciona sólo con la producción sino con la creación de sentido. ¿Cómo le damos sentido a la vida?
Lo indefinible
La felicidad, el tiempo y la muerte son indefinibles o son difíciles de definir. La felicidad, el tiempo y la muerte no pueden ser definidos por la razón. Si entendemos el arte de vivir como una manera de mejorar nuestra vida se podría decir que no puede haber tal arte. Antes de pensar un arte que enseñe a vivir debemos definir lo que queremos enseñar. Y si no podemos definir no podemos enseñar. Podemos tomar a la filosofía no como un instrumento para mejorar la vida sino como un modo de vida ligado al pensamiento y la creación.
La filosofía no es una herramienta de cálculo –según la aspiración de Leibniz– ni una máquina productiva; puede ser pensada como un modo de vida, es decir, como una posibilidad de actividad vital. Y que sea una actividad significa que es un tipo de vida. La actividad consiste en dotar de sentido. No es una herramienta sino una actividad que le da un sentido diferente al sentido anquilosado. Aunque la filosofía no puede ser un arte que enseñe a vivir –ya que no puede definir racionalmente la felicidad, el tiempo y la muerte– sí puede convertirse en una forma de actividad vital.
Ni el bien ni la felicidad ni el placer ni la tristeza mayor pueden ser abarcados en términos racionales. En este sentido, una parte de la vida no puede ser controlada por la razón y escapa de la filosofía pensada como actividad racional.
La felicidad o el placer no pueden mejorarse o encontrarse racionalmente. En todo caso, la vida así entendida desborda la racionalidad. Lo indefinible forma parte de la vida. La construcción del sentido va más allá de lo decible o lo definible.
La filosofía como modo de vida no consiste en la búsqueda de conceptos sino en una forma de creación de sentido a partir de preguntas y cuestionamientos. Ese modo de vida no es una preparación para la muerte –la muerte es un misterio y nada puede definirla.
Catarsis
La felicidad, la muerte y el tiempo son experiencias que exceden el marco del pensamiento racionalista. Son aporías, podríamos decir así: son caminos sin salida para la investigación intelectual.
Sin embargo, en los tiempos en los que amplios ámbitos de la vida han sido absorbidos bajo el parámetro de la mercancía, la filosofía puede ayudar con la creación de sentido: desactiva la alienación provocada por el exagerado consumismo contemporáneo. La filosofía puede tener una función catártica o purificadora. La purificación no es ascética. Frente a la alienación consumista, el tiempo de la creación intelectual interrumpe el deseo consumista y conecta la existencia con el hedonismo del pensamiento. No se trata de un camino obligatorio. Es una posibilidad de goce en este mundo veloz y en el que la fugacidad parece atrapar el deseo en su red simplificadora.
La máquina y el sentido
Lejos de la utopía de Leibniz, el problema de nuestro tiempo no radica en reducir las operaciones de cálculo que produce la máquina o en optimizar la producción de contenidos de la IA. La máquina de la IA no piensa porque no crea sentido, sólo procesa información.
La máquina acumula y combina datos y descripciones de las cosas. El pensamiento propone hipótesis, preguntas nuevas y respuestas posibles frente a los problemas de la realidad: crea sentido.
Las actividades ligadas a la información agregan datos y cálculos. La máquina no duda, no crea, no inventa: sólo reproduce, acelera, mezcla información. La máquina no muere y no tiene conciencia: por eso no puede pensar. Para una máquina no existe el problema del sentido de la vida y de la muerte.
El pensador inventa o crea una respuesta que no existe en la realidad. Propone una teoría, es decir, crea una hipótesis, agrega algo que la propia realidad no ofrece a través de los datos que llegan desde el mundo exterior.
Un científico experimental realiza pruebas que le permiten producir una teoría. Un carpintero desarrolla un conocimiento a partir de la relación práctica que mantiene en su oficio. La máquina de IA no inventa a partir de la experiencia. La máquina de la IA no genera experiencia sino que acumula datos, los combina y produce información, no brinda hipótesis nuevas a partir de la experiencia. La experiencia surge en la relación entre un sujeto y la realidad. La máquina de la IA no es un sujeto: opera con datos y los combina.
Creación
El pensamiento es por definición crítico. Es un oxímoron llamar crítico al pensamiento. Si no es crítico no es pensamiento. El pensamiento es creativo. Pensar implica crear. Cuando se piensa en un problema se crea una hipótesis. Es decir, para resolver un problema debemos inventar algo que no existe antes de haber pensado en una hipótesis. La hipótesis trae una novedad creada por el pensamiento. El pensamiento propone algo que hasta ese momento.no existía. El pensamiento crea sentido.
Nuestro dilema sigue siendo la falta de sentido o la negación del sentido (el consumismo extremo tiende a tapar la cuestión del sinsentido). En la época de la pereza intelectual, la filosofía puede tener un rol clave. El pensamiento es fundamental para tomar decisiones éticas, estéticas y políticas. La consideración de la creación y el pensamiento son claves para el disfrute hedonista y como preparación para la acción moral, la experiencia estética y la intervención política.
La vida filosófica implica una ruptura con el sistema controlador y asfixiante de la inteligencia artificial. Dedicar tiempo a pensar es, en cierta medida, ir en contra de la IA. Supone una revuelta frente a su imperio creciente. Las herramientas de la IA reproducen por otros medios el modo de vida hiper productivo. La máquina de la IA no se rige por el tiempo del ocio creativo. La IA se rige por el mecanismo de la reproducción del capital y por eso mismo no piensa.
Pensar implica romper con las rutinas relacionadas con las exigencias habituales. La reflexión implica poner en juego las emociones en una deriva incontrolable. No se piensa en un laboratorio sino según las condiciones materiales del cuerpo y de las emociones. La IA no parte de emociones y por eso no puede pensar.
El pensamiento y la creación son actividades que van en contra del uso del tiempo entendido como un bien del mercado. Pensar implica entregarse a una deriva sin dirección, sin punto fijo, sin anclaje moral, incluso. El pensamiento es amoral, en cierto sentido. Nadie sabe lo que puede el pensamiento que no rechaza el cuerpo, diremos en una paráfrasis de la idea de Baruch Spinoza.
