Por Elina Ibarra.
En 1963, Erich Fromm, el popular pensador vinculado a la Escuela de Frankfurt, publicó un breve y profundo ensayo titulado “La desobediencia como problema psicológico y moral”. Allí, Fromm ve en la figura de Adolf Eichmann, un símbolo (lamentable) de nuestro tiempo. En llamativa coincidencia con Hannah Arendt, que aquel mismo año publicaba Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Fromm veía en el nazi que había enviado a la muerte a miles de personas, el producto de una larga tradición cultural y política que había estigmatizado la desobediencia como mal y ensalzado a la obediencia ciega como virtud (Arendt, 1999: 434).
Esa cultura acendrada de la obediencia dócil resulta terrible en una era atómica. Para Fromm, más allá del impresionante desarrollo de la tecnología, aún vivimos emocionalmente en la edad de piedra, es decir, obedeciendo órdenes sin pensar, incluso las que ponen en peligro la propia vida de quien las obedece. Y la razón es que se obedece respondiendo a “pasiones arcaicas de temor, odio y codicia” y a clichés que las alimentan, como “soberanía”, “honor”, “nación”, “revolución”, etc. Así, la obediencia ciega e irracional es alentada abiertamente tanto en los totalitarismos (Fromm se refiere a la entonces Unión Soviética) como, más sutilmente, en los países del “mundo libre”.
Según mitos de culturas y religiones diversas, el origen de la humanidad se habría debido a algún acto de desobediencia fundacional. Por ejemplo, el robo del fuego de Prometeo a Hefesto para dárselo a los hombres representa el abandono de la animalidad y el inicio de la capacidad técnica del ser humano; y el mito de la expulsión de Adán y Eva del paraíso por desobedecer la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, significa el ejercicio de un primer acto de libertad y en consecuencia el inicio de la historia humana. ¿No es irónico, entonces, que la desobediencia sea estigmatizada como vicio y que la obediencia ciega sea elevada como virtud? ¿Y no es también irónico que, si la desobediencia constituye la fundación mítica de la humanidad, la obediencia ciega pueda significar, en la era atómica, el fin de la misma?
Pero más allá de los mitos, lo que llamamos “progreso” también ha sido resultado de quienes se han atrevido a contradecir las hegemonías, las tradiciones y los cánones dogmáticos. Los grandes descubrimientos y avances del conocimiento han tenido lugar gracias a actos de desobediencia de lo establecido; por ello mismo la tradición y los poderes vigentes, políticos o económicos, asumen siempre a la obediencia como virtud y a la desobediencia como vicio, porque esto es condición de posibilidad de su permanencia.
Pero el propósito de Fromm en su ensayo, si bien busca poner en valor a la desobediencia, no es invertir simplonamente aquella asignación valorativa tradicional. Para él, tanto una como la otra son necesarias; pero consideradas aisladamente y absolutizadas, son ambas un vicio. Obedecer siempre es esclavitud, o sea, una actitud incompatible con lo humano. Desobedecer siempre es rebeldía sin causa, o sea, una actitud incompatible con la vida en comunidad (lo que también es inhumano, en otro sentido). Lo acertado sería pensar en términos dialécticos la relación entre obediencia y desobediencia: no es posible hablar de obediencia o desobediencia puras o absolutas.
En función de ello, y trayendo a colación el caso de Antígona, Fromm cree necesario distinguir entre “obediencia heterónoma” (se obedece la voluntad de “otro” relegando la propia) y “obediencia autónoma” (se obedece a la propia voluntad). Ahora bien, el “otro” de la obediencia heterónoma puede ser externo o interno, por lo que es preciso distinguir también dos tipos de conciencia:
- En la conciencia autoritaria se expresa un imperativo que, por temor o por placer, estamos ansiosos por obedecer. Sus órdenes y prohibiciones han sido internalizadas.
- En la conciencia humanística, en cambio, se expresa una “voz” presente en todo ser humano y que es indiferente a las sanciones o recompensas que pueda obtener. Dice Fromm: “se basa en el hecho de que como seres humanos tenemos un conocimiento intuitivo de lo que es humano e inhumano, de lo que contribuye a la vida y de lo que la destruye” (Fromm, 1981: 13). Es decir, la conciencia humanística nos remite a nosotros mismos, de modo que en un acto reflexivo reconozco mi propia humanidad al mismo tiempo que me reconozco en el otro.
Por otro lado, también dentro de la obediencia heterónoma, es necesario distinguir la que es de tipo racional de la que es irracional:
- La obediencia heterónoma racional es una relación de complementariedad en que ambas partes se benefician mutuamente; si bien hay asimetría, esa misma asimetría es en beneficio del obediente. El ejemplo que da Fromm es la relación maestro-alumno.
- La obediencia heterónoma irracional, en cambio, es una relación asimétrica en la que impera el interés del que manda a costa del perjuicio y la cosificación del que debe obedecer. El ejemplo que da Fromm es la relación amo-esclavo.
La pregunta planteada por Fromm entra en la tradición iniciada por La Boétie: “¿por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer?” (Fromm, 1981: 15). Plantearse esta cuestión es imperioso por cuanto lo que abunda son las obediencias irracionales, entre las cuales la de Eichmann resulta ser un claro y terrible ejemplo; es un símbolo del “hombre-organización”, esto es, del burócrata tan alienado que sólo puede ver a los seres humanos como números en un formulario administrativo. Y lo más alarmante es que está convencido de su inocencia, sin ver que ahí mismo es donde su alienación no le permite ver su responsabilidad: no asume que, al obedecer, en realidad, ha decidido obedecer. Llama “actuar por deber o de buena fe” a actos de absoluta inhumanidad fundados en las órdenes recibidas más atroces. Para Fromm, Eichmann es un hombre que perdió la capacidad de desobedecer, tanto que ni siquiera se da cuenta que decidió obedecer y que eso lo hace cómplice de quienes dieron las órdenes.
En fin, para Fromm ese tipo de obediencias heterónomas, antihumanistas, no conscientes e irracionales, hallan su explicación psicológica en los siguientes factores:
- da la sensación de protección porque se percibe a la autoridad obedecida como omnisciente (porque me vigilia y controla) y omnipotente (porque puede castigar);
- crea la idea de participación en el poder que ordena;
- aumenta la percepción de la propia fuerza al sentirse parte de la fuerza que se obedece;
- se autoexime de la responsabilidad de las acciones, porque no se es quién ha dado las órdenes;
- se siente infalible, porque al no decidir reduce el margen de error, y si hubiera error en la autoridad (cosa que es muy difícil), no se considera responsable de haberlo cometido;
- no hay sensación de soledad, ya que se forma parte de algo superior a sí mismo; y
- al emparentarse a sí mismo con la autoridad, con el “bien supremo” al cual se sirve, se autolegitima en los castigos que inflige sobre otros seres humanos.
Por todas estas razones, Fromm concluye que para desobedecer hace falta coraje, pero no exclusivamente. Es preciso también que el individuo se haya desarrollado de modo tal que pueda tener la “capacidad de pensar y de sentir por sí mismo” (Fromm, 1981: 16). Sólo así tendrá “el coraje de decir ‘no’ al poder”. Sólo esta capacidad de desobedecer permite a una persona llegar a ser verdaderamente libre en las elecciones que realiza. Por lo que hay una estrecha relación entre la libertad y la desobediencia: ambas son condiciones de posibilidad de la otra. Son capacidades inseparables: si temo a desobedecer, temo a ser libre. Por eso es necesario el coraje de quedarnos solos a veces, y el coraje para asumir el error. Pero también es necesario que seamos capaces de ejercer la duda y la crítica. Porque está claro que hombres como Eichmann pueden llevarnos al fin del mundo, pero también está claro que podríamos hacerlo cualquiera de nosotros.
