Por Aníbal D’Auria.
Quiero contraponer la construcción ideológica y literaria del gaucho y del gringo en dos textos gauchescos muy diferentes: el Martín Fierro (1872 y 1879), de José Hernández, y el folleto anarquista de Juan Crusao (alias de Luis Irineo Woollands), Carta gaucha (1922).
En diferentes contextos epocales, ambos textos tienen un carácter eminentemente político: más o menos encubierto en el poema de Hernández, pero explícito en el folleto de Crusao. Esos textos construyen dos versiones diferentes, tanto del gaucho como del gringo, y tal vez ello se debe, en gran parte, a las muy diferentes procedencias sociales de los autores: estanciero, federal y criollo el primero; acriollado hijo de inmigrantes, anarquista y campesino, el segundo.
La figura del gringo es claramente despreciada en el poema hernandiano, pero es ensalzada en al folleto de Crusao. Por otra parte, la figura del gaucho es presentada en ambos texto como víctima, pero de manera diferente en uno y en otro. Para Hernández, el gauchaje es víctima de las políticas modernizadoras del Estado, no sólo de la política de fronteras con el indio, sino también del proyecto inmigratorio. En cambio, ya hacia 1922, el “problema del indio y el desierto” ha desaparecido, pero el flujo inmigratorio se halla más fuerte que nunca, dando lugar a una fuerte reacción nacionalista y xenófoba entre las mismas clases dirigentes que antes habían alentado la inmigración. En ese contexto, y a contrario de la literatura chauvinista dominante, el gringo que pinta Crusao no es un privilegiado inútil que viene a desplazar al criollo, como en Hernández, sino un compañero del cual el gaucho puede aprender. Esta idea de que el inmigrante trae consigo cierta educación para las masas criollas, parece reeditar la tesis alberdiana, pero hay una diferencia fundamental entre Alberdi y Crusao: para este último los gringos no sólo “enseñan” hábitos de trabajo, sino fundamentalmente hábitos de organización para la lucha contra la opresión social.
Creo que es un gran error creer que el Martín Fierro expresa la voz, el sentir y el ser del gauchaje. ser del gaucho. Más bien expresa los intereses de ciertos estancieros que se veían privados de mano de obra campesina por la levas del ejército que llevaban gauchos a la frontera; que también rechazaban el proceso de formación del Estado nacional, que venía a terminar con la sociedad semifeudal de la campaña, y que también rechazaban las políticas públicas de escolarización formal y de inmigración masiva. Como ejemplo, pueden releerse las estrofas II 23-28 del famoso poema hernandiano. En ellas el lector se encuentra con una suerte de utopía feudal del patrón bueno y paternalista: un ideal político decadentista que veremos resurgir con el nacionalismo populista del siglo XX y su apotegma de “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y su slogan de conciliación de capital y trabajo.
Por otro lado, es cierto que Fierro termina rebelándose contra la autoridad y anhelando una libertad que irá a buscar entre los indios. Pero no es menos cierto que Fierro quiere ser respetuoso de la autoridad, es racista (respecto de los indios, los negros y los extranjeros) y es profundamente religioso. Es decir: nuevamente, tras el personaje aparentemente rebelde y libertario subyacen los prejuicios ideológicos del estanciero Hernández. En ese sentido, pueden releerse las estrofas III 80-81, III 102, IV 128, VII 199 y VII 224. En esos versos queda muy claro que, para el gaucho Martín Fierro (que no es otra voz que la del estanciero Hernández), matar a un indio es “obra santa”, hay que obedecer a la autoridad siempre que no nos perjudique personalmente y los negros son obra del diablo. No estoy diciendo que los apologistas de la modernización carecieran de prejuicios similares; simplemente digo que, en todo caso, los defensores del orden semifeudal vigente no diferían demasiado de aquéllos en estos puntos: sólo que a la moderna dicotomía de civilización/ barbarie (o progreso/ atraso) de los primeros, éstos anteponían o superponían la medieval dicotomía de cristiano/no cristiano (diabólico, hereje, impío, infiel, etc.).
Y dentro de todo ese mismo arco de prejuicios hay que ubicar la imagen que Hernández construye del gringo inmigrante: el gringo es bruto, torpe, inútil, cobarde, amarrete, ladrón, delicado, marica. Ni siquiera parece “cristiano”. Y lo peor: va desplazando al criollo. Reléase ahora las estrofas V 142-144, V 146 y V 148-155. El rechazo a la autoridad del gobierno no es tal, sino a la autoridad de un gobierno que es tildado de no criollo; es decir, el problema para el estanciero Hernández no es el autoritarismo del gobierno, sino que ese autoritarismo esté orientado a la transformación del mundo criollo-feudal en vez de estar orientado a su conservación. Lo gringo viene a ser el Estado nacional, la modernidad misma. El gringo es presentado como algo peor que el diablo, pues viene a terminar con aquel mundo encantado, poblado de ángeles y demonios. Si el indio y el negro son demonios, y si el criollo es “crestiano”, del gringo, por su parte, ni se sabe qué es (“tal vez no juera crestiano”). Es este mundo gringo, que irrumpe vertiginosamente, el que terminará llevando a Fierro y a Cruz a unirse con sus antiguos “otros”, los indios, los “infieles”, los “salvajes”. Antes del Estado nacional (en tiempos de Rosas, podemos suponer) la autoridad era criolla (es decir: “crestiana”), y naturalmente, “lo otro” de la autoridad feudal, criolla y cristiana era el indiaje infiel. Ahora parece que la cosa está cambiando aceleradamente, y es todo aquel mundo criollo-indígena, cristiano-infiel, el que se ve amenazado por la autoridad del Estado moderno y el proceso inmigratorio.
Dicho todo esto, entonces, no debe extrañar que esta misma imagen del gaucho contra el gringo haya sido luego retomada más de treinta años después como arquetipo de la argentinidad por los sectores dominantes que, luego del proceso de modernización llevado a cabo y ya en un contexto socio-político muy distinto, comenzaron a mostrarse contrarios o refractarios a ciertas consecuencias “no deseadas” de la inmigración. En efecto, en 1912, Lugones eleva esa imagen del gaucho, xenófobo y racista, al rango de arquetipo de la argentinidad. Esto es lo que se ha llamado “operativo Lugones”, sintetizado en su famoso El payador, donde se erige al Martín Fierro como libro nacional. Y así, el poema de Hernández encuentra finalmente su destino ideológico chauvinista.
En cambio, la Carta gaucha de Crusao, es la contracara de aquella imagen hernandiana negativa y recelosa del gringo. Este escrito está fechado en 1922, tiempos de plena vigencia de la transparencia electoral de la Ley Sáenz Peña, de los gobiernos radicales y de la Argentina opulenta. No es un poema, ni una novela, ni un folletín; es un folleto de difusión anarquista escrito en lenguaje gauchesco para concientizar al hombre de campo de su situación de explotado. De entrada, se ve que es un gaucho quien está hablando a otros gauchos para explicarles que, en la sociedad actual, ellos son tan extranjeros como los gringos. El desprecio del gaucho al gringo es producto de su propia ignorancia. El gringo por lo menos, a diferencia del gaucho, sabe organizarse para defenderse de los explotadores. Es claro que Crusao está aludiendo a la organización de los obreros en sindicatos y sociedades de resistencia:
“¡Amigos! Cuando me acuerdo de aquellos hombres, me da vergüensa llamarles gringos… D’ellos aprendí que los verdaderos gringos somos los pobres de cualquier nasión, y que los argentinos d’inorantes que somos los despresiamos. ¡Somos bárbaros los hijos d’esta tierra, y atrasaos! Nos creemos saber todo y somos más redondos que argoll’elaso; no tenemos más que mala boca pa insultar a los trabajadores y pa rairnos de lo que no sabemos. Y somos más desgrasiados q’ellos, porq’ellos siquiera se defienden de las picardías de los ricos y nosotros, ¡ni eso!”
Luego, el gaucho narrador cuenta, a modo de una experiencia personal, cómo al juntarse casualmente con los gringos, comenzó a entender su situación de explotado y marginado. Aprendió de ellos muchas cosas oyéndolos discutir amigablemente; pero, sobre todo, comprendió la cuestión social y su propia situación en ella. Ellos lo motivaron a aprender a leer y a escribir. Claro, esos gringos no eran cualquier gringo: eran anarquistas, gente muy especial y difamada sistemáticamente por los políticos, los curas y las autoridades.
“Entonse jué cuando aquellos hombres me aconsejaron que liera y escribiera. Con ellos aprendí a formar las letras, porque yo era un redondo p´estas cosas. ¡Y hay que ver la pasensia que tenían! Como eran tan entendidos en todo, daba gusto como l´enseñaban a uno. Al mes ya leía de corrido y escribí´algo, despúes a juersa de costansia y afisión m´hise un escribano, hecho y derecho. Todas las noches, con lus, meta pluma y meta ler. ¡Y tenían cada libro!… Ah, pero les voy a´lvertir: aquellos hombres que tanto me enseñaron y que m’hisieron el mayor servisio qu´he resibido, eran anarquistas.
“Yo al prinsipio les desconfiaba. ¡Se desían tantas barbaridades de los anarquistas!… Pero después, ¡qué diablos! si eran los hombres más buenos que había conosido en mi vida. En la carpa d´ellos todo lo que había era de todos, era del COMUNISMO, como ellos desían; no había que pedir permiso p´agarrarlo y no les gustaba tampoco que uno anduviese con cumplidos. Por eso les créia más, porque lo qu´ellos desián que harían despúes de la revolución, lo hasían allí mismo, ¡no había tutía! Eran hombres de una sola piesa y sin revés. Desd´entonse yo no tengo a menos llamarme anarquista y hasta teng´orgullo e serlo. Y también digo que después de saber todo lo que les cuento, únicamente los sinvergüensas y los ricos pueden hablar mal de los anarquistas, porque es claro, no les conviene que los pobres abran los ojos. Si no, el día que los trabajadores se hagan anarquistas y les griten: ¡Aquí estamos!, ese día los cogotudos van a tener qu´hinchar el lomo si quieren comer, porque nadies v´a a ser tan sonso pa seguir manteniendo a sánganos. Los anarquistas, amigo, no quieren tener gobierno, porque disen que cada cual debe gobernarse a su gusto y que nadie tiene derecho a mandar a los demás, porque los hombres somos iguales, es desir, somos hombres lo mismo unos que los otros. Y eso se ve bien claro: nadies presisa del gobierno para poder comer y haser las demás necesidades; lo que sabe uno desde que nase. Por falta de gobierno no vamos a dejar de comer y vestirnos, ¡no hay miedo! Y tan lindo que andamos, con gobierno y todo, los pobres: desnudos y muertos de hambre. Así es qu´el día que falten esos señores, no los vamos a estrañar mucho. Que nos dejen d´historias esa manga de sinvergüensas, que se pasan la vida gorda con el cuento de que hay que gobernar al páis porque si no, se acabaría el mundo; que hay que respetar el orden, las leyes, la religión de los curas y ¡qué sé yo! El caso es qu´ellos, con esas matufias tienen todo embarullao y viven del sudor de los que trabajan. ¡Para eso sí les tengo fe! Y vean lo qu´es: el gobierno quiere que los pobres guarden el orden y respeten la propiedá e los ricos; mientras tanto él no respeta ni siquiera la vida de los trabajadores, y por cualquier cosa, basta que los trabajadores se junten en la calle, pa que les haga cáir con su milicada, que no anda con chicas cuando la mandan dar palos o tirar a los pobres. ¿Y qu´es la propiedá e los ricos?… Es todo lo que han conseguido sin trabajar, robando con el cuento susio del negosio. Porqu´es así: los que han trabajao toda su vida no tienen nada; y los que no han hecho nunca más que rascarse y mandar, esos son los que lo tienen todo, todo: más ovejas y vacas que buenas intensiones y campos más grandes que la misma mar. Y eso no es justo aunqu´el gobierno lo apruebe; lo justo sería que los que trabajan pudieran comer un poco mejor. Pero eso únicamente se podrá conseguir cortándoles las uñas a los que se roban todo amparaos por el gobierno. Si los pobres no juésemos tan infelises, ya les habríamos atajao el pasmo a esos señores gobernadores y los habríamos mandao a descular hormigas, qu´es pa l´único que pueden servir.
La construcción que Crusao (Woolands) hace de las relaciones entre el gaucho y el gringo son diametralmente opuestas a cómo las postulaba Hernández. Para Crusao, el gaucho no sólo no debe ser enemigo del gringo, sino que debe reconocerse a sí mismo también como gringo en sentido amplio, es decir, como extranjero, es decir, sin patria ni propiedad. Pero no sólo eso: el gaucho tiene mucho que aprender de estos gringos, lo que nos lleva a un último punto.
Al parecer, la construcción teórica de Crusao referida a la acción educativa del gringo sobre el gaucho coincide y retoma las intuiciones modernizadoras de Alberdi. Sólo que lo hace con una pequeña pero fundamental diferencia (y esta constituye, quizá, una ironía). Esa acción educativa y civilizadora no se da en el sentido previsto por Alberdi en Bases (“Multiplicad a la población seria, y veréis a los vanos agitadores, desairados y solos, con sus planes de revueltas frívolas, en medio de un mundo absorbido por ocupaciones graves”), sino más bien en un sentido bien contrario. En efecto, la Carta gaucha de Crusao termina con un llamado al gauchaje a alistarse en las filas de la revolución social, con la confianza en que los gringos combatirán junto a ellos (pues, al fin y al cabo, todos, gauchos y gringos pobres, son igualmente extranjeros en la situación actual).
“¡Gauchos, paisanos míos, compañeros de desdichas: preparen los facones que v’empesar la yerra! No se me quede ninguno. Hagan coraje si no quieren que los tratemos de mulitas y les cortemos las orejas. Vamos a la revolusión, aunque sea con una lansa el que no tenga otr’arma. ¡Adelante!, que los gringos nos darán una manito.
“¡Viva la revolusión!
“¡Viva la revolusión anarquista y la libertá de los gauchos!”
