Precariado

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Por Emma Goldstein.

«¿Cómo pueden perseguirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo?»

— Richard Sennett, La corrosión del carácter.

El trabajo dejó de ofrecer la seguridad alrededor de la cual durante generaciones fue posible imaginar una vida.

La vieja afirmación de que el trabajo dignifica contenía algo más que una valoración moral del esfuerzo. Expresaba una organización completa de la existencia. Se estudiaba para ejercer una profesión, se ingresaba a un oficio, a una empresa o al Estado, se adquiría experiencia, se progresaba, se construía una casa, se formaba una familia, se ahorraba, se envejecía. El trabajo ocupaba una parte enorme de la vida porque también permitía ordenar aquello que ocurría fuera de él.

Esa continuidad se quebró.

La inseguridad laboral, la discontinuidad de los ingresos y la pérdida de las protecciones asociadas al empleo dieron forma a una condición social que conocemos como precariado. Pero la precariedad contemporánea desborda el contrato de trabajo. Ha penetrado la experiencia cotidiana hasta convertirse en una manera de relacionarnos con el tiempo.

También puede ser precario quien tiene un empleo estable.

La planta permanente, el nombramiento, la antigüedad o la estabilidad jurídica no eliminan necesariamente la incertidumbre. En determinados espacios del Estado, conservar un trabajo puede implicar aceptar obligaciones que nunca estuvieron escritas en ninguna descripción del puesto. Se contrata a un abogado para ejercer como abogado, a un contador para trabajar como contador, a un arquitecto para desempeñarse como arquitecto. Pero existen momentos en los que la pertenencia laboral exige además presencia política: asistir a un acto, participar de una marcha, acompañar una gestión, mostrarse, responder a una convocatoria, ocupar un lugar en una fotografía. Darle like o repostear una publicación.

La asistencia deja de medir únicamente la presencia en el trabajo. También puede medir la lealtad.

El contrato dice una cosa. La dependencia puede exigir otra.

Allí aparece una forma menos visible de precariedad. El empleo permanece formalmente asegurado mientras alrededor suyo se instala una red de obligaciones implícitas. Nadie necesita explicar demasiado las consecuencias de incumplirlas. Precisamente por eso funcionan. La estabilidad existe, pero está acompañada por la sospecha de que toda seguridad puede contener condiciones que exceden aquello para lo que fuimos contratados.

La precariedad contemporánea funciona de ese modo: se reconoce y al mismo tiempo se procura no mirarla demasiado.

Porque mirarla obliga a reconocer cuánto de nuestra vida está construido sobre cosas que pueden desaparecer.

Un ingreso. Un alquiler. Una cuota. Una cobertura médica. Una escuela. Un proyecto. Un viaje. Una profesión. Una posición alcanzada después de años de formación. La inestabilidad laboral nunca permanece encerrada dentro del horario de trabajo. Se derrama sobre todo aquello que depende de ella.

Por eso el problema central del precariado no es exclusivamente económico. Es temporal.

Durante buena parte de la modernidad, el trabajo permitió establecer una relación relativamente previsible entre presente y futuro. Trabajar hoy hacía posible proyectar mañana. Esa promesa estuvo siempre distribuida de manera desigual y nunca alcanzó a todos, pero organizó una expectativa social poderosa. El futuro podía pensarse como continuidad.

Ahora debe administrarse como riesgo.

Aprender, actualizarse, reconvertirse, generar contactos, mantener redes, adquirir nuevas competencias, mostrarse disponible, aceptar condiciones, anticipar transformaciones. Una parte creciente de nuestra energía se utiliza para impedir que aquello que hemos construido pierda valor demasiado rápido.

Cuando las instituciones dejan de ofrecer continuidad, también se vuelve difícil construir una narración coherente de la propia vida. Una biografía hecha de trabajos sucesivos, contratos breves, reconversiones, mudanzas, plataformas y capacitaciones permanentes comienza a organizarse alrededor de una sospecha: esto también puede terminar.

La inteligencia artificial acaba de extender esa sospecha hacia lugares que durante mucho tiempo parecían protegidos.

Abogados, arquitectos, diseñadores, programadores, periodistas, docentes, contadores, traductores, investigadores. Profesiones construidas alrededor de años de formación descubren que el conocimiento tampoco garantiza estabilidad. Una herramienta aprendida puede volverse obsoleta. Una competencia especializada puede automatizarse. Una profesión puede transformarse antes de que termine una carrera universitaria.

La transformación más profunda ya comenzó: millones de personas empiezan a preguntarse durante cuánto tiempo seguirá teniendo valor aquello que saben hacer.

La precariedad ha dejado de identificar únicamente a un sector de trabajadores.

Se convierte en una sensibilidad de época.

Vivimos intentando asegurar el presente mientras desconfiamos de su duración. Seguimos trabajando, estudiando, pagando, formando familias, iniciando proyectos y haciendo planes. La vida continúa bajo una sospecha persistente: la continuidad no está garantizada.

Cuando toda la inteligencia se concentra en adaptarse al próximo cambio queda cada vez menos disponible para decidir hacia dónde queremos cambiar. Cuando cada individuo debe administrar por su cuenta la incertidumbre, el futuro deja de ser una construcción compartida y se fragmenta en millones de estrategias personales de supervivencia.

La precariedad comenzó describiendo determinadas condiciones de trabajo. Hoy organiza decisiones, vínculos, proyectos, expectativas y formas de obediencia.

La precariedad ha terminado por ocupar el tiempo entero. Trabajamos, obedecemos, nos adaptamos y seguimos haciendo planes sobre una continuidad que nadie puede garantizarnos.

Hemos aprendido a vivir con la posibilidad permanente de perder la vida que construimos.

 

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