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Nuestro mundo acontece

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Por Ezequiel Aráoz Martínez.

¿Podemos empatizar con criaturas no humanas? ¿Podemos sentir compasión por una especie fuera de la nuestra? ¿Es posible enternecernos por algo sin humanizarlo?

Hay, en nosotros, algo que nos habita. Algo que, a partir de una magia eléctrica, química, anatómica y psicológica, nos hace sentir cosas.  Nos hace emocionarnos. Nos hace reaccionar ante el peligro y llorar ante la desolación. Algunos credos llamarán a ese algo espíritu, alma. Podríamos hablar de miles de nombres para ese algo desde la ciencia, desde la religión o desde otras disciplinas más esotéricas. Pero en su conjunto, es una suerte de emocionalidad. Es una característica, quizá no exclusivamente humana, habrá que ver, que nos permite sentirnos interpelados por algunas cosas que ocurren a nuestro alrededor. 

Mi preocupación acerca de esta emocionalidad podría ser ¿Qué cosas nos interpelan? Pero quiero reducir la pregunta a un sentido que está más cercano a la moral que a la estética. Kant habla de lo sublime cuando la naturaleza nos impacta de tal forma que la sensación es admiración y temor a la vez. Como contemplar un gran glaciar, capaz de aplastarnos con su inmensidad o emocionarnos con su belleza. Freud nos habla de lo siniestro cuando algo es lo suficientemente familiar como para producirnos incomodidad, como una muñeca recostada sobre el sillón. Cuanto más humano nos parezca su rostro, la familiaridad con nuestra especie en sus facciones es lo que nos lleva a tener ese perturbador sentimiento de que podría moverse en cualquier momento. Pero la visión estética de algo, de una obra de arte o de un evento, a partir de estas u otras categorías, no es suficiente para explicar lo conmovedor de una madre abrazando a su hijo después de una profunda separación. ¿Es bello? Si lo es ¿Lo es en el mismo sentido que el glaciar? No parece ser el caso.

Cuando hablamos de situaciones humanas, aunque podríamos asociarlas con belleza, lo que experimentamos cala más profundo. Quizá porque nos identificamos con la situación, aunque podría no ser el caso, puesto que no todos somos madre o no todos experimentamos la distancia con un ser querido. Tal vez es el compartir con la especie un algo común, o es el equivalente al contagio de una enfermedad, una sensación que se extiende más allá del sujeto y atraviesa a quien contempla el momento. Sin embargo, no parece ser una interpelación que sea particularmente solo por otras criaturas de la misma especie.

Hay gente que no puede ver películas de perros, sobre todo si tienen finales tristes porque no solo se conmueven, si no que se angustian. ¿Es esto solo posible porque humanizamos a los canes? ¿O hay algo más? ¿Podemos sentirnos interpelados o empatizar no porque lo humanicemos sino porque consideramos que aquel otro, ajeno incluso en especie sufre, o se alegra, o se enfurece? ¿Podría ser con algo incluso no vivo?

Cuando me acostumbro a una cama, a un sillón ¿No me produce calma encontrarme con aquello que me es familiar? ¿No me entristecería ver destruido un mueble que he cargado en todas mis mudanzas? ¿Qué razón existe para pensar que incluso puede interpelarnos algo que ni siquiera tiene vida?

Mi preocupación inicia cuando de repente comienzo a ver Pluto, la serie animada de ficción del creador de Astroboy. La serie comienza con un robot asesinado.

Al comenzar la serie me hizo ruido que se utilizara el término “asesinado” en lugar de “destruido”. No parecía correcto. Pero a lo largo de la serie vemos que este robot construía casas, apagaba incendios, jugaba con los niños y admiraba la vida. Parecía, en la serie que este robot “deseaba” un mundo mejor. Cabe pensar ¿Qué desean los perros? ¿los muebles? ¿los robots? ¿las personas? ¿Es el deseo que no pudo ser lo que me produjo tristeza a medida que la serie me contaba su historia?

A pesar de lo trunco, de aquello que jamás se consiguió, de aquel futuro descartado, lo que me entristeció fue que aquella entidad que hubiera hecho posible todo eso, haya desparecido para siempre. No por el futuro que no fue, sino por lo que si fue. Porque terminó. Porque el final de un acontecimiento es la muerte de un tiempo al que quizá no prestamos la suficiente atención para ver su inicio. Es como si fuese un fenómeno del mundo y la agencia no dependiera de la vida o la especie de la entidad que la genera sino el lugar que ocupa en el tiempo y el espacio.

Se me ocurre pensar que cuando algo nos interpela es porque le dimos lugar a la existencia del acontecimiento en el ambiente del que formamos parte. Compartir el mundo con algo o con alguien no es igual cuando no está. Tampoco parece que sentirse interpelado sea una consecuencia del temor al cambio, puesto que no es necesariamente temor lo que se experimenta.

Cabe pensar entonces que quizá no sea necesario humanizar entidades para sentirnos interpelados sino pensar cada existencia como un acontecimiento y al conectarse con algún mundo de cualquier tipo, produce algo y ese algo, esa reacción parece ser la emoción que sentimos. Spinoza plantea la existencia de las entidades como acontecimientos y para Deleuze y Guattari estos acontecimientos que son las entidades se mueven por un deseo hacia una posibilidad de acoplarse con otro, produciendo así una realidad de flujos. Pero simplificar la realidad a flujos de deseo no parece igual a pensar en las entidades como existencias que son acontecimientos porque el acontecimiento engloba algo más profundo para nosotros. Supongo que ambas ideas pueden coincidir, pero la consecuencia podría ser que la humanización no debiera ser necesariamente la primera explicación que nos permita comprender que sentimos por algo o alguien que no es humano. La convivencia con ese algo es posible porque su existencia nos produce cosas y aceptarlo es asimilar que el mundo importa más allá de nosotros.

Pensar en un mundo que nos interpela más allá de cuan humano es, es poder pensar en un mundo más diverso, al que intentamos pertenecer, que nos es menos ajeno y por tanto nos aleja de la idea de destruirlo, porque podría llevarnos a pensar que también somos un acontecimiento en un flujo que existe e interpela a quienes están alrededor y se vuelve moral porque de repente toda “destrucción” podría ser un “asesinato” de una parte de uno mismo y quizá es por ello que logré entender, creo, por qué aquella carcaza de metal dibujada y animada por computadoras puede entristecerme tanto como la muerte de la mascota de un amigo. 

Cuando una persona se vea atravesada por una situación que la supera y nos cueste comprender por qué, sobre todo pensando en cuánto puede afectarle a alguien algo que tiene que ver con un mueble, un perro o un robot, y pensemos “ni que fuera una persona”, hagamos el ejercicio de comprender que una vez que algo acontece en un mundo, forma parte de él y si mi lógica es correcta, si algo pasa en ese mundo, les afecta a todos sus habitantes.

La contracara de sentirse interpelado por una entidad de cualquier tipo, en mayor o menor medida, es el no sentirse interpelado si no es por algo semejante y podríamos arrancar por la especie e ir reduciendo el espectro cada vez más hasta llegar al individuo. La discriminación y la segregación se crea por añadidura junto a una identidad simbólica que se reduce en la medida que alejo a otro de mi mundo por la diferencia que representa conmigo.

Este efecto se manifiesta continuamente, pero para nosotros como argentinos hay un fenómeno particular que tiene que ver con la distinción de lo que nos representa en el mundo. Elegimos a Messi con todo lo que representa para ser parte de nuestra identidad. Elegimos a Messi por el fútbol, por los colores de la camiseta que usa, por los partidos con el equipo que nos representa y porque en el fondo creemos que su habilidad es la nuestra, que su fortuna es la nuestra, que su color de piel es el nuestro, que nuestro mundo y el suyo se tocan en el concepto de la palabra “argentina”, aunque no siempre haya sido así. Hubo un momento que Messi se alejaba de la argentinidad porque lo que se entendía como argentino era “ser pasional” y Messi no parecía pertenecer a esa clase, a ese mundo, por tanto, era menos argentino que ahora para muchos.

Las entidades que nos interpelan se cuelan en nuestro mundo si las dejamos pertenecer. Esta semana, además de la despedida de Messi, se estrenó por parte de la productora argentina “Bellolandia” el primer episodio de la serie Electro Andes donde se presentan a Cal y Pietro, dos personajes que pertenecen a una versión cyberpunk de la zona andina de nuestro país, particularmente del norte. La serie, con gran esfuerzo y con el pulmón de un equipo de trabajo muy comprometido, incorpora la cultura mitológica de la zona andina con un universo hipertecnologizado y golpeado por la desigualdad y la injusticia. Pese a que podríamos esperar frases como “another coronación de gloria” tan propia de nuestra estirpe se producen cuestionamientos y controversia. Algunos cuestionamientos podrían considerarse genuinos cuando hablamos en términos estéticos si por ejemplo nos refiriéramos al guion o a la animación, pero la controversia tiene que ver con lo que significa ser argentino y eso tiene que ver con una interpelación ética y/o política como venimos señalando. ¿Se puede ser argentino sin ser blanco? ¿Si el doblaje es porteño puede representar a todos los argentinos? ¿Hablamos de crisol de razas si las razas no son europeas? El mundo que una parte quiere mostrar es un mundo hijo de Europa y alejado de Latinoamérica, pero el norte nos conecta con una comunidad ancestral que geográficamente está necesariamente ligada a nuestro país, pero la negación de esto tiene que ver con no querer sentirse parte de un mundo que podría parecerme ajeno y que si decido aceptar se acopla conmigo. No hay diversidad posible en la otredad profunda, en cualquier término. Raza, clase, especie, sexualidad… No es la primera vez que el espíritu argentino pretende separarse del espíritu latino, nos paso con los vítores y adoración a la internacionalización de nuestra música con Catriel y Paco en el Tiny Desk y con la controversia del mismo evento en el caso de Milo J.

¿Es posible que un robot me interpele, pero no pueda ser interpelado por el éxito de mi propia especie, incluso de un sujeto propio de mi misma geografía, o de un producto que habla de raíces de un pueblo que habito? Prefiero reconocerme en los flujos del deseo y en un rizoma caótico de identidades diversas que incluya el ambiente. El único temor real es la pérdida de la propia identidad en lo común, pero nos debería caber reconocer que lo común es parte de nuestra identidad, mutable; nuestra identidad, es un mundo que acontece, y los acontecimientos pasan, más allá de nosotros, más allá de la humanidad.

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