Por Sergio G. Lizárraga.
…»la cumbre es toda silencio / un oído del cielo que espera»… estos versos sintetizan el estilo del poeta: la montaña, el camino, el cielo, todo lo que en ellos habita, no se constituyen en un mero espacio exterior, sino construyen un paisaje que despliega una voz propia, un sujeto que escucha y dialoga. Melnik convierte el silencio en materia audible y el territorio en su interlocutor.
La intemperie, la memoria, la sed son tópicos en esta selección de poemas, pero también son estados de un alma capaz de sentir lo sonoro, lo táctil, lo visible y componer una exquisita pieza con la música del paisaje que se abre a lo íntimo.
Como lo sostiene Mikus, “el paisaje figura como alteridad dinámica del sujeto poético, entredós al decir de Dominique Combe, doble en cuerpo y espíritu.”
Cumbre
La montaña pregunta a cuatro aguas y espera.
La cumbre mira al cielo y es toda silencio.
La noche, el día, se desviven en mí.
¿Qué me trae a visitar estas alturas
este quedarse a secas, sin desvelo
este abismo que late en el pecho
y se vuelve senda en la voz?
Me dejaría estar en el aire
ser el viento en la piedra
la estrella que arde a ciegas
y se derrumba en el horizonte.
Pero la cumbre es toda silencio
un oído del cielo que espera
y a cuatro aguas se sumerge en mi voz.
Cochuna
a Franco Rivero, poeta litoraleño
Con los oídos de la noche
en la intemperie que no duerme
aún sigo buscando tu rugido de espuma
entre las voces que trae el viento.
En los abismos del día
tus latidos que no hacen sombra
tu cauce en mi sed y en el camino
que se remonta.
Soy aún el silencio de tu arcilla blanda
el verde de tu yunga hace eco en mi voz
y tus nacientes de hielo y lluvia
aún me sientan como esos últimos horizontes
que se van con tus aguas lejos
demorando la luz del atardecer
Vicuñas
Como hijas dilectas de la altura
que va bajando con el viento
como hijas dilectas de la luz
que cruje entre las piedras
infatigables de puna
las vicuñas remontan el abismo
casi almas de ojos llorosos
de miradas que levitan en la hondonada
de latidos curvos y pendientes
casi ubicua la huella que las nombra
sus sombras salpicadas en la sequedad sonora
en el fulgor soleado del mediodía.
Aguas que se llevan las llamas del ocaso
el tiempo escarchado del liquen y la piedra
buscan sus volúmenes tangibles en la bruma
crecer entre esos latidos aromados
en sus estrellas de sonidos quietos y sedientos
buscan la tierra lenta
que galopa dormida la memoria del silencio
escuchar su savia en un susurro
cruzar al río de la noche
y en un umbral más luz quedarse y más espiga.
Con esta voz, con este silbido
fatigar el fulgor de esas almas
y remontar sin pena el camino
al corazón de la montaña
a toda esa vigilia sin nombre que en lo profundo
del pecho sucede y quema.
El poema en la memoria
a Eva Wittemann
Como se diluye la luz en el horizonte añejo
así se diluye el poema en la memoria
buscando renacer en otra luz
en otro tiempo.
Tratando de emerger desde el latido al silencio
y así decir lo que siempre queda por decir
como dice el horizonte añejo
de los ojos que lo ven.
Ensoñación
La luna pasa por los alisos dormidos.
Esas copas que la mirada sujeta son grietas en el tiempo que abre la sed de la madera. Si yo fuera de esas alturas sería el aire pálido que se deja llevar por la luz, me filtraría entre poros de silencio hasta hacer pie en el vacío, me volvería sombra, un nombre que marchita y reverdece, sería uno con el abrazo que crece desde la tierra firme a la hondonada del cielo.
La luna pasa y me lleva lejos por esas grietas de tiempo. La mirada no duerme. Es otra vez una semilla, la espera de un latido en el surco polvoriento y azul, en la lejanía que trae el viento, en el abrigo de una música verde y ocre que humedece la piel y la voz.
Esas copas son puras grietas en el tiempo.
¿Los alisos cuando duermen saben que tienen abierto el corazón?
A la sombra de un algarrobo
a los Hermanos Díaz y Atahualpa Yupanqui
Con qué punta de ovillo seguir estos acordes
para definir un lugar
buscar con la mirada del ayer un canto
que pena por las ausencias.
Cómo apuntar entre el arenal y el viento
todo esto que amasa el tiempo.
Desde qué rincón de la voz y el pecho
andar nombrando querencias, traer añoranzas
de tierra adentro con sus ocasos y madrugadas.
Qué soledades andar ahuyentando, mitigando
conforme el canto se enrama
entre estos acordes buscando reposo, sustento.
Qué fulgores andar buscando
lejanías que se han quedado sin nombre
entre apagones del amor y la vida.
Cómo es que alguien siempre planta
estos rasguidos adentro como esa sombra tibia
bajo la copa del árbol para entrever
que allá a lo lejos queriendo volverse horizonte
uno anda buscando siempre algún camino olvidado.
Mario Melnik
Nació en 1958 en Concepción, Tucumán. Es traductor y ha ejercido la docencia del inglés. En los años ochenta formó parte de la asociación JOETUC (Jóvenes Escritores Tucumanos) y del grupo literario Polymnia con los cuales realizó numerosas actividades que marcaron mis inicios en la poesía. Fue incluido en las antologías “Espacios y Espejos” (SM de Tucumán, Ediciones JOETUC, 1987) y “Amanecer de esquinas” (SM de Tucumán, Grupo Literario Polymnia, Ediciones JOETUC,1988), “Poetas de Tucumán, 1960-1990” (Humanitas, UNT, 2021). Es autor de los libros “Palabrara” (Magna, SM de Tucumán,1999), “De sentido en sentido” (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2008), “Un latido en la voz del viento” (Alción Editora, Córdoba, 2014), “Invención del horizonte” (Alción Editora, Córdoba, 2020) e “Urdimbre de luz y canto” (Ediciones Puerta Roja, SM de Tucumán, 2024). Referencias a su obra se encuentran en diversas páginas de internet y en redes sociales.
