InicioPoderLa ciudadanía que se retira

La ciudadanía que se retira

Publicado el

Por Fernando Crivelli Posse. 

“Cuando los ciudadanos capaces se retiran de la vida pública, el poder no queda vacío: queda disponible.”

Es relativamente sencillo observar la política desde afuera y concluir que siempre aparecen los mismos nombres, que las estructuras se reproducen, que los partidos terminan protegiendo sus propios intereses y que las opciones electorales se reducen, con demasiada frecuencia, a elegir entre dirigentes que ya han gobernado, fracasado o demostrado suficientemente sus limitaciones. Mucho más incómodo resulta formular la pregunta siguiente: ¿cómo llegamos a aceptar que la administración de aquello que pertenece a todos quede, una y otra vez, en manos de un círculo cada vez más profesionalizado en conservar el poder?

La conclusión no  puede recaer sobre el ciudadano en su totalidad. La propia política ha construido mecanismos capaces de desalentar a quien intenta aproximarse sin pertenecer previamente a sus estructuras. Participar exige tiempo, relaciones, recursos, tolerancia al desgaste y una paciencia extraordinaria frente a organizaciones que muchas veces parecen premiar más la obediencia que la capacidad. Quien llega con una profesión, una actividad independiente, una vocación cívica o simplemente con buenas ideas descubre rápidamente que deberá competir con personas que han hecho de la vida partidaria su ocupación permanente y conocen perfectamente sus códigos, jerarquías y mecanismos de supervivencia.

Así se produce una selección silenciosa. Algunos se cansan, otros regresan a sus trabajos y muchos concluyen que involucrarse no vale el costo personal. Permanecen entonces quienes mejor se adaptaron al sistema y, con el tiempo, esa permanencia empieza a confundirse con experiencia política. No necesariamente sobreviven los más preparados para administrar una sociedad compleja; sobreviven, muchas veces, los más preparados para sobrevivir dentro de la política.

El resultado lo conocemos. Cambian las elecciones, las alianzas y los discursos, pero numerosos protagonistas reaparecen. Dirigentes que hace pocos años explicaban por qué el país debía seguir un rumbo regresan más tarde para explicar por qué ahora necesita exactamente el contrario. Funcionarios que administraron deficientemente una determinada área pueden reaparecer en otra y partidos que prometieron renovarse terminan recurriendo nuevamente a aquellos mismos nombres que habían presentado como parte de una etapa superada.

Frente a esa realidad solemos reaccionar con indignación, pero también con resignación. Desde nuestras casas diagnosticamos con bastante precisión aquello que está mal, nos quejamos de los impuestos, de los servicios, de la inseguridad, de la educación, de la corrupción y de la distancia entre la política y la vida cotidiana. Sin embargo, cuando los tiempos requieren ciudadanos dispuestos a comprometer horas, conocimiento, prestigio personal o simplemente constancia para modificar algo, nuestra participación suele encontrar rápidamente un límite.

No es cobardía ni indiferencia en todos los casos. Existe cansancio, existen obligaciones y existe un sistema que sabe desgastar las buenas voluntades. Pero tampoco podemos transformar esas razones en una explicación permanente que nos absuelva de toda responsabilidad. Una ciudadanía que se retira termina dejando libre precisamente el espacio del que después se queja.

Allí aparece una contradicción difícil de admitir. Exigimos una renovación política, pero quienes podrían protagonizarla muchas veces consideran irracional abandonar temporalmente su profesión, su empresa, su oficio o su actividad para ingresar en un terreno que perciben degradado, hostil o cerrado sobre sí mismo. Y cuanto más degradado parece ese terreno, menos personas valiosas están dispuestas a ocuparlo; cuanto menos ingresan, más endogámico se vuelve el sistema y mayores son las posibilidades de que permanezcan quienes ya conocen sus códigos, sus mecanismos y sus formas de supervivencia. La ecuación termina siendo tan simple como perversa: la permanencia comienza a confundirse con capacidad, cuando muchas veces demuestra apenas supervivencia dentro de la estructura, no eficiencia en el ejercicio del poder.

Se forma así un círculo perfecto de resignación.

La política expulsa o desalienta a quienes podrían renovarla y luego utiliza la ausencia de alternativas para presentarse nuevamente como la única opción disponible. El ciudadano observa que “son siempre los mismos”, pero cada elección termina encontrándose frente a una oferta construida, en buena medida, por esas mismas estructuras. Entonces vota al menos malo, castiga al anterior, vuelve al que alguna vez rechazó o deposita su esperanza en quien promete destruir todo aquello que lo precedió.

Pero una República no puede depender eternamente de esa alternancia entre decepción y esperanza.

La ciudadanía tampoco consiste en que todos debamos convertirnos en candidatos. Sería absurdo. Una sociedad necesita médicos, comerciantes, trabajadores, docentes, científicos, empresarios, abogados, ingenieros y ciudadanos dedicados a miles de actividades diferentes. Precisamente por eso la participación política debería ser capaz de incorporar temporalmente ese conocimiento social sin exigir que quien desea aportar termine transformándose en un profesional de la estructura partidaria.

El problema comienza cuando la distancia entre sociedad y política se vuelve tan grande que administrar lo público termina pareciendo una profesión reservada casi exclusivamente para quienes aprendieron a circular dentro de ella.

Y nosotros contribuimos a esa distancia cuando reducimos nuestra participación a la queja.

Nos indignamos desde la poltrona, escribimos contra aquello que nos molesta, comentamos la entrevista de un dirigente o celebramos que otro haya quedado expuesto en televisión, pero pocas veces sostenemos durante meses una demanda concreta, seguimos un presupuesto, exigimos información, participamos de una organización vecinal, reclamamos por un servicio o acompañamos a quien intenta construir una alternativa distinta.

El problema no es la falta de indignación. De eso tenemos suficiente. Lo que muchas veces falta es transformar la indignación en perseverancia.

Porque el aparato político sabe esperar. Sabe que la noticia cambia, que el escándalo envejece, que el ciudadano se cansa y que aquello que durante una semana parecía intolerable puede convertirse pocos meses después en una anécdota. La indignación episódica amenaza poco a un sistema construido para sobrevivir durante décadas.

Mucho más incómodo sería un ciudadano que recuerde. Que pregunte qué ocurrió con aquella denuncia cuando desapareció de los medios, que compare una promesa con su resultado, que exija conocer cuánto costó una política pública, que reclame por aquello que paga y no recibe y que se niegue a cambiar su criterio simplemente porque cambió el partido responsable.

Ésa es la ciudadanía que verdaderamente altera los incentivos del poder. No la que grita más fuerte, sino la que abandona la resignación.

Tal vez por eso deberíamos dejar de preguntarnos solamente por qué siempre aparecen los mismos políticos y empezar a preguntarnos qué condiciones hemos construido para que alguien diferente quiera, pueda y consiga reemplazarlos. Si participar significa atravesar estructuras cerradas, soportar años de desgaste y aceptar códigos que buena parte de la sociedad rechaza, no debería sorprendernos que muchas personas capaces prefieran permanecer lejos.

Pero tampoco podemos conformarnos con esa conclusión. Si todos los que consideran degradada la política deciden abandonarla, la degradación deja de ser solamente un diagnóstico y empieza a convertirse en una profecía que nosotros mismos ayudamos a cumplir.

Los momentos de transformación histórica nunca fueron producidos únicamente por ciudadanos satisfechos observando desde sus casas. En algún punto necesitaron personas dispuestas a abandonar una porción de su comodidad, organizarse y sostener aquello que consideraban necesario aun cuando el resultado no fuera inmediato.

Una democracia puede sobrevivir con ciudadanos descontentos. Lo que difícilmente puede hacer durante demasiado tiempo es renovarse con ciudadanos resignados.

Y quizá allí se encuentre una parte del problema argentino que preferimos atribuir exclusivamente a quienes gobiernan: nos quejamos de que la política se ha apropiado de demasiadas cosas, pero demasiadas veces también hemos dejado de disputárselas.

Mientras nosotros nos retiramos, las estructuras permanecen; mientras las estructuras permanecen, los nombres se repiten; y mientras seguimos eligiendo entre aquello que esas mismas estructuras nos ofrecen, el mundo cambia mucho más rápido que nuestras discusiones.

Ese último problema merece una reflexión propia. Porque quizá no sólo estemos dejando la política en manos de los mismos.

Quizá el mayor riesgo ya no sea llegar tarde al futuro, sino entregárselo a ideas que pertenecen a un mundo que ya terminó.

Continuará…

últimas noticas

El deseo de los otros

Por José Mariano. «¿Realmente queremos lo que decimos que queremos?» — Mark Fisher, Deseo poscapitalista. Las...

Ciudades inteligentes IV

Por Marcela Zadoff. Gobernanza, la infraestructura invisible “La planificación a largo plazo no es pensar en...

DE REMATE. AR

Por Enrico Colombes. Hay noticias que parecen lejanas hasta que alguien explica qué está realmente...

La democracia tiene administrador

Por Fabricio Falcucci.  Once días antes de la primera vuelta en Brasil, Meta suspendió la...

Más noticias

El deseo de los otros

Por José Mariano. «¿Realmente queremos lo que decimos que queremos?» — Mark Fisher, Deseo poscapitalista. Las...

Ciudades inteligentes IV

Por Marcela Zadoff. Gobernanza, la infraestructura invisible “La planificación a largo plazo no es pensar en...

DE REMATE. AR

Por Enrico Colombes. Hay noticias que parecen lejanas hasta que alguien explica qué está realmente...