Por Clara Rosenfeld.
«Jamás ha habido experiencias tan desmentidas como las estratégicas por la guerra de trincheras, las económicas por la inflación, las corporales por el hambre, las morales por el tirano.»
— Walter Benjamin, Experiencia y pobreza (1933).
La inflación se ha convertido en una forma de organizar la vida cotidiana. Está presente en las conversaciones familiares, en las decisiones de consumo, en la administración de los ingresos y en la manera en que imaginamos el futuro. Los argentinos hemos aprendido a convivir con precios que cambian, salarios que pierden capacidad de compra y expectativas económicas que deben revisarse permanentemente. Esa convivencia ha producido una experiencia particular: conocemos el valor de las cosas, pero hemos perdido buena parte de nuestra capacidad para anticipar cuánto costarán mañana.
Los indicadores económicos describen una realidad que muchas veces parece distante de la experiencia cotidiana. Según el INDEC, la inflación de agosto de 2026 fue del 1,7%. Durante ese mismo mes, la canasta básica alimentaria y la canasta básica total aumentaron un 2,6%. Los datos pertenecen al mismo organismo y describen movimientos diferentes de una misma economía. La desaceleración del índice general puede representar una mejora macroeconómica mientras determinados gastos esenciales continúan aumentando por encima del promedio.
La diferencia adquiere otra dimensión cuando se observa desde la economía doméstica. Una familia que destina buena parte de sus ingresos a alimentos, vivienda, transporte y servicios públicos experimenta la inflación de acuerdo con la composición de sus gastos. El promedio estadístico permite conocer el comportamiento general de los precios, pero ninguna familia vive exactamente dentro de ese promedio. Cada hogar enfrenta una inflación particular, determinada por sus necesidades, sus ingresos y sus posibilidades de sustituir consumos.
La macroeconomía observa grandes variables: inflación, crecimiento, déficit fiscal, reservas, tipo de cambio y tasas de interés. Su importancia resulta indiscutible para comprender el funcionamiento de un país. Sin embargo, sus resultados no se trasladan automáticamente a la vida cotidiana. Una economía puede alcanzar cierta estabilidad monetaria mientras sus habitantes continúan ajustando consumos, postergando decisiones y reorganizando prioridades. Los tiempos de recuperación de los indicadores y los tiempos de recuperación de las condiciones de vida pueden ser profundamente diferentes.
En esa distancia se desarrolla buena parte de la experiencia económica argentina. Los salarios se negocian mirando la inflación pasada y anticipando la futura. Los comerciantes calculan el valor de reposición de sus mercaderías antes de establecer precios. Los profesionales actualizan honorarios tratando de preservar ingresos que se deterioran entre una contratación y su cobro. Los jubilados administran recursos cuya suficiencia depende de gastos que difícilmente puedan reducir. Cada decisión supone una interpretación del presente y una apuesta sobre lo que todavía no ocurrió.
A esta dinámica se suma la particular relación de la economía argentina con el dólar. La moneda estadounidense funciona como referencia de valor, instrumento de ahorro y parámetro para la formación de numerosos precios. Incluso actividades que se desarrollan íntegramente en pesos incorporan expectativas cambiarias al momento de calcular costos y márgenes comerciales. El precio de reposición, la posibilidad de una devaluación y la necesidad de preservar capital intervienen en decisiones que terminan trasladándose al consumidor.
Existe, además, una dimensión frecuentemente relegada: el dólar también experimenta inflación. Su poder adquisitivo disminuye cuando aumentan los precios en Estados Unidos y los bienes comercializados internacionalmente pueden encarecerse en dólares por variaciones en sus costos, su demanda o sus condiciones de producción. Esto significa que la estabilidad del tipo de cambio argentino no garantiza, por sí misma, la estabilidad de todos los precios internos. Los bienes importados pueden aumentar su costo internacional, mientras los servicios y los productos nacionales responden a sus propias estructuras de costos. La formación de precios reúne variables que exceden ampliamente la cotización diaria de una moneda.
La economía argentina ha desarrollado, además, una sensibilidad particular frente a las expectativas. Una posible devaluación puede influir sobre los precios antes de concretarse. La incertidumbre acerca del costo de reposición puede llevar a los comerciantes a incorporar márgenes preventivos. Las decisiones individuales, comprensibles desde la necesidad de preservar una actividad económica, pueden contribuir colectivamente a reproducir aquello que intentan anticipar. La expectativa se transforma así en una fuerza capaz de intervenir sobre el presente.
Esta relación entre precios y expectativas permite comprender por qué la inflación también constituye un problema de confianza. El dinero funciona sobre una convención social que requiere cierta estabilidad. Aceptamos una remuneración por nuestro trabajo porque confiamos en que conservará una capacidad razonable de intercambio. Ahorramos porque suponemos que el esfuerzo presente podrá convertirse en una posibilidad futura. Celebramos contratos porque esperamos que las obligaciones pactadas mantengan alguna correspondencia con las condiciones económicas en las que fueron asumidas.
Cuando esas referencias se vuelven inestables, la confianza comienza a deteriorarse. El dinero deja de ofrecer una medida suficientemente previsible y las decisiones económicas incorporan mecanismos permanentes de protección. La sospecha sobre el valor futuro termina formando parte de las relaciones presentes. Cada operación exige nuevos cálculos, cada compromiso requiere previsiones adicionales y cada ingreso parece contener una fecha de vencimiento.
Walter Benjamin advirtió que la inflación podía desmentir la experiencia económica acumulada. Su reflexión adquiere una resonancia particular en sociedades que han atravesado reiteradas crisis monetarias. La experiencia supone cierta continuidad entre aquello que aprendimos y aquello que podemos hacer con ese conocimiento. Durante generaciones, trabajar, ahorrar y administrar prudentemente los recursos constituyeron enseñanzas transmitidas como condiciones para construir una vida. La inflación persistente altera esas referencias. El esfuerzo realizado durante años puede perder parte de su valor y las decisiones que parecían razonables bajo determinadas condiciones dejan de serlo cuando esas condiciones cambian.
También nuestra memoria se organiza alrededor de los precios. Recordamos cuánto costaba una comida, un libro, un automóvil o una vivienda. Comparamos ingresos de distintas épocas y descubrimos que las cifras, por sí mismas, han perdido buena parte de su capacidad explicativa. La memoria económica argentina está atravesada por sucesivas monedas, devaluaciones, congelamientos, crisis y promesas de estabilidad. Cada generación incorpora esas experiencias a su manera de comprender el dinero, y esa transmisión termina influyendo sobre las decisiones de quienes todavía no han vivido una crisis semejante.
La inflación modifica igualmente nuestra relación con el tiempo. Proyectar exige imaginar alguna continuidad entre el presente y el futuro. Comprar una vivienda, iniciar un emprendimiento, estudiar una carrera o formar una familia supone calcular recursos, establecer prioridades y confiar en determinadas condiciones de estabilidad. Cuando esas condiciones resultan inciertas, los horizontes se acortan. Las decisiones comienzan a organizarse alrededor de necesidades inmediatas y el futuro se convierte en una sucesión de contingencias que deben resolverse antes de que aparezcan.
Esta experiencia tiene consecuencias sociales desiguales. Quienes disponen de patrimonio, instrumentos financieros o ingresos capaces de actualizarse con rapidez cuentan con mayores posibilidades de protección. Quienes dependen de remuneraciones fijas, jubilaciones o actividades de márgenes reducidos enfrentan restricciones diferentes. La inflación distribuye sus efectos de manera desigual y puede profundizar distancias económicas preexistentes. Su impacto sobre la vida cotidiana depende de la posición que cada persona ocupa dentro de la estructura social.
Por eso resulta insuficiente interpretar la estabilidad económica exclusivamente a partir de indicadores agregados. La disminución de la inflación constituye un avance relevante, pero sus consecuencias sociales dependen también de la evolución de los ingresos, el empleo, el crédito, los servicios y las posibilidades concretas de consumo. Una mejora estadística puede ser verdadera y, al mismo tiempo, resultar todavía imperceptible para una parte importante de la población. Reconocer esa diferencia permite comprender con mayor precisión el alcance de las transformaciones económicas.
La inflación persistente termina produciendo una cultura de la adaptación. Aprendemos a comparar precios, adelantar compras, modificar hábitos, buscar refugios de valor y reorganizar nuestros proyectos. Desarrollamos habilidades para desenvolvernos en condiciones cambiantes y terminamos considerando naturales comportamientos que surgieron como respuestas a la inestabilidad. Esa adaptación tiene un costo difícil de registrar en las estadísticas: el tiempo y la energía que destinamos a proteger nuestra vida de una incertidumbre permanente.
La estabilidad económica comienza a adquirir sentido social cuando permite recuperar algo de ese tiempo. Cuando un ingreso vuelve a representar una posibilidad reconocible, cuando ahorrar recupera su relación con el esfuerzo y cuando las decisiones pueden tomarse sin la necesidad de anticipar constantemente una nueva pérdida.
La inflación se mide en porcentajes, índices y variaciones mensuales. Sus consecuencias permanecen en la memoria, en la confianza y en los proyectos que una sociedad consigue realizar. Una economía puede mejorar sus indicadores mucho antes de que sus habitantes recuperen la capacidad de imaginar su futuro. Esa distancia también forma parte del precio de la incertidumbre.
