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Ciudades inteligentes IV

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Por Marcela Zadoff.

Gobernanza, la infraestructura invisible

“La planificación a largo plazo no es pensar en decisiones futuras, sino en el futuro de las decisiones presentes.” 

—Winston Churchill.

Para aprender acerca de ciudades inteligentes debemos tomar en cuenta las palabras de referentes en la materia. En Córdoba contamos con Eduardo Salonia, experto reconocido en foros internacionales. En su trayectoria de más de tres décadas, abrazó dos pasiones: gestionar y enseñar. Hoy muestra su expertise en el canal de Youtube “Agrupación Mejoremos Córdoba” para llegar a más personas y concientizar al ciudadano en lo que define como “smart citizens”. 

Según estrategias de planificación urbana, gobernanza inteligente y gestión de ciudades, ha diseñado modelos de diagnóstico urbano, metodologías de evaluación de infraestructura crítica y sistemas de gestión basada en evidencia, que son aplicados en Argentina y en América Latina. El desarrollo incluye encuentros y congresos que en cada edición muestran avances concretos. 

La idoneidad para la gestión es imprescindible, una idea que por fin está calando hondo en los ciudadanos que volverán a las urnas en 2027. La diferencia entre los funcionarios que llegan a cargos por pertenencia a un espacio partidario y aquellos que se preparan para ejercer su rol con conocimientos es abismal. Un dirigente formado tiene herramientas para elaborar estrategias de gobernanza aplicables a cada ciudad. Forma equipos fomentando el liderazgo y la participación de todos, mediante la escucha activa de nuevas ideas para los problemas de cada ciudad.

Salonia tuvo a cargo proyectos de modernización del Estado en su rol de consultor en ciudades inteligentes y coordinador de equipos técnicos en procesos de transformación de ciudades. Su enfoque está centrado en la gobernanza como núcleo de la inteligencia urbana: la capacidad de un gobierno para diagnosticar, planificar, sostener y evaluar políticas públicas con continuidad. Entonces la política tropieza al mover el eje de lugar, hacia la militancia en lugar de la inteligencia. Es tiempo de reunirnos y crecer en propuestas concretas para que la política deje de tropezar y progrese hacia los ideales que ayuden a mejorar la vida de todos. 

Eduardo Salonia desarrolló un método propio de diagnóstico que releva más de 500 factores urbanos para construir un mapa objetivo del estado real de una ciudad. Infraestructura crítica, drenaje pluvial, transporte, energía, residuos, seguridad, conectividad, equipamiento comunitario. “Una ciudad inteligente empieza por un diagnóstico honesto. Si no sabemos dónde estamos, no podemos decidir hacia dónde ir”, sostiene.

A lo largo de su vida ha sumado reconocimientos y se vinculó a entidades que ponderan y comparten sus saberes, ha dictado conferencias, cursos y asesorías en instituciones públicas y privadas, llegando a ser una referencia insoslayable cuando se trata de gestión, evidencia, planificación estratégica y modernización urbana.

Nada de lo mencionado se construye en soledad, por lo cual a la par de dirigentes capacitados una ciudad invita a que seamos smart citizens: ciudadanos capaces de participar, comprender, decidir y sostener políticas públicas basadas en evidencia.

Es decir: la inteligencia de la ciudad depende de la inteligencia cívica de quienes la habitan. Estamos convocados a dejar de ser pasivos, a escuchar las campanadas de quienes advierten que la misma escalera puede ser usada para subir y para bajar. Un ciudadano inteligente plantea verdadera transparencia en la información, interpreta los datos para analizar la gestión y cómo las decisiones de un gobierno influyen sobre su vida, exige participar desde instituciones (entendidas como espacios de interrelación ciudadana). Un deber ser que Salonia resume: “Los datos explican el problema, pero la ciudadanía define la prioridad.”

Los publicistas fomentan la fascinación por los dispositivos: sensores, cámaras, plataformas, tableros de control. Sin embargo, la inteligencia de una ciudad no empieza por la tecnología, sino por la capacidad de gobernar con evidencia. “La gobernanza es el corazón de una ciudad inteligente. Sin gobernanza, la tecnología es apenas un decorado”, afirma. 

El diagnóstico revela gestión y en ese sentido es una radiografía política. Permite identificar prioridades, urgencias y cuellos de botella. Detecta las necesidades y postula  planificar para no jugar a la fachada vacía de quienes compran tecnología sin saber para qué, solamente para aparentar. En Córdoba, como en otras capitales de provincias, la obra pública es cosmética, como en aquella novela de Gabriel García Márquez… 

En El otoño del patriarca, el dictador llega al pueblo y monta escenografías para simular prosperidad, orden y grandeza. Es sólo una puesta en escena para vender ilusión con fachadas de cartón piedra, cortinas sobre paredes derruidas y el montaje de un decorado teatral.

“…las fachadas de cartón piedra levantadas de prisa para que el poder no viera la ruina…”

“…la ciudad maquillada para la visita, como un cadáver recién peinado…”

Para Salonia, la gobernanza inteligente exige una visión a 10 o 15 años, definida antes de cualquier inversión. “La tecnología no define la ciudad. La ciudad define qué tecnología necesita”, explica. La frase desmonta un hábito extendido en la región: confundir ciudad inteligente con catálogo de gadgets aislados, tecnología sin política pública, sin lograr una solución. Son dispositivos que se instalan sin diagnóstico, sin integración y sin capacidad de gestión. Resultan cosmética sostenida con propaganda estatal: una colección de objetos que aparentan innovación, pero no transforman la vida urbana.

Una gobernanza sólida, en cambio, establece metas claras: movilidad sostenible, reducción de emisiones, eficiencia energética, seguridad preventiva, gestión de residuos, digitalización de trámites. La tecnología aparece después, como herramienta a tales fines.

La capacidad de gestión es el punto donde fallan las ciudades latinoamericanas. Salonia es contundente: “El 57% de los proyectos de ciudades inteligentes en América Latina fracasan por falta de gobernanza”. No es un problema de presupuesto, sino de estructura. Equipos técnicos insuficientes, ausencia de métricas, falta de continuidad administrativa, proyectos que dependen de una gestión y mueren con la siguiente.

“La gobernanza es la capacidad de sostener lo que se implementa. Instalar es fácil. Gestionar es difícil”, resume.

En su enfoque, una ciudad inteligente no es la que se limita a inaugurar sensores, sino la que mantiene, evalúa y mejora sus sistemas en el tiempo.

Respecto de cómo articular la relación entre lo público y la iniciativa privada, plantea la cooperación con reglas claras. Salonia no romantiza la tecnología privada ni demoniza la intervención estatal. Propone una articulación madura: “El sector privado aporta innovación. El Estado aporta rumbo. La gobernanza coordina a ambos”. Sin esa coordinación, las ciudades quedan fragmentadas en soluciones aisladas que no dialogan entre sí. La gobernanza inteligente, entonces, es un sistema de reglas, prioridades y protocolos que ordena la innovación y evita la dispersión. 

La ciudad recauda mediante tasas municipales e incluso sumando porcentajes en las facturas de servicios públicos esenciales, carga donde somos clientes cautivos de diversos monopolios que las municipalidades regulan pero tercerizan. A cambio de dicha recaudación se debe ocupar de brindar servicios.  Los servicios municipales son el termómetro real de la gobernanza: recolección de residuos y limpieza urbana, mantenimiento de espacios verdes y arbolado, iluminación pública, bacheo y veredas, drenaje pluvial, transporte y control de tránsito, centros de salud, programas sociales, seguridad urbana, inspecciones comerciales, gestión ambiental y atención al vecino. Cuando estos servicios funcionan de manera integrada, medidos y sostenidos, la ciudad se vuelve inteligible y gobernable. 

Entonces es cuando transitar una ciudad limpia y ordenada, iluminada y segura, que no se inunda en cada tormenta y que no te deja varado deja de ser un “sueño de una noche de verano” y nos permite pensar fuera de la caja, en la mejora continua. 

Es cuando el ciudadano puede participar, cuando logra ingresar a los edificios donde se dictan leyes y ordenanzas. Los legisladores a nivel provincial y municipal tienen que estar en contacto permanente con los ciudadanos, porque, en palabras de Salonia: “La participación ciudadana es parte de la gobernanza. Los datos explican el problema, pero la ciudadanía define la prioridad”, afirma.

La gobernanza inteligente exige transparencia: mostrar indicadores, explicar decisiones, justificar inversiones. Una ciudad inteligente no es solo eficiente: es legítima.

La inteligencia pública como condición de la inteligencia urbana es la piedra basal. La conclusión de Salonia es simple y desafiante: “Una ciudad no es inteligente porque tiene tecnología. Es inteligente porque sabe gobernarse”. La gobernanza aparece, así, como la verdadera infraestructura invisible: la que permite que todo lo demás funcione.

En tiempos en que la palabra “smart” se usa como etiqueta, Salonia devuelve la discusión a su centro: la inteligencia urbana no es un dispositivo, sino una forma de gobierno. Y sin esa forma de gobierno, cualquier ciudad —por más sensores que instale— seguirá siendo apenas una ciudad que se mira en el espejo de la modernidad sin llegar a ser moderna.

 

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