Por José Mariano.
«¿Realmente queremos lo que decimos que queremos?»
— Mark Fisher, Deseo poscapitalista. Las últimas clases.
Deseamos lo que otros desean. Después olvidamos de dónde vino ese deseo y lo defendemos como si fuera nuestro. Construimos una identidad alrededor de aspiraciones heredadas y llamamos libertad a la posibilidad de elegir entre ellas. Queremos determinados cuerpos, objetos, experiencias, formas de reconocimiento. Nos convencemos de que sabemos lo que queremos porque lo sentimos profundamente. Hemos aprendido a confundir la intensidad de nuestros deseos con su autenticidad.
El deseo tiene una historia que preferimos ignorar.
Aprendemos a querer mirando, imitando, comparando. Incorporamos expectativas ajenas hasta volverlas íntimas. Deseamos ser reconocidos por quienes admiramos, admiramos aquello que otros reconocen y terminamos persiguiendo una vida que alguien más nos enseñó a considerar deseable. Lo extraordinario es nuestra capacidad para olvidar ese aprendizaje. Defendemos nuestras aspiraciones con una convicción feroz, incluso cuando apenas conocemos su origen.
El capitalismo comprendió hace tiempo que la insatisfacción es un negocio extraordinario. Produce imágenes de felicidad, fabrica necesidades y vende las condiciones para satisfacerlas. Nos promete singularidad mediante objetos fabricados en serie. Nos invita a diferenciarnos mientras uniforma nuestros deseos. Hasta la rebeldía tiene precio. Compramos lo que creemos que necesitamos para convertirnos en aquello que imaginamos que deberíamos ser. Y cuando finalmente lo conseguimos, ya estamos deseando otra cosa.
La satisfacción dura poco. El deseo sobrevive a sus conquistas. Corremos detrás de aquello que nos falta, acumulamos lo que conseguimos y escondemos nuestras incertidumbres mostrando lo que tenemos. La exhibición se ha convertido en una forma sofisticada de ocultamiento. Administramos nuestra felicidad como una imagen pública y aprendemos a necesitar la mirada ajena para confirmar nuestra propia existencia.
Hemos conseguido que incluso nuestra imaginación obedezca. Podemos elegir entre miles de productos, experiencias e identidades, pero nos cuesta imaginar una vida organizada alrededor de otros valores. Trabajamos para sostener necesidades que nos dejan cada vez menos tiempo para vivir. Consumimos para compensar el agotamiento de trabajar y volvemos a trabajar para financiar aquello que consumimos. Conocemos el mecanismo. Seguimos participando.
Hasta construimos máquinas capaces de anticipar nuestros deseos. La inteligencia artificial comienza a reconocer nuestras preferencias, interpretar nuestros hábitos y ofrecernos aquello que probablemente queramos. Podemos terminar habitando un mundo que satisfaga nuestros deseos antes de que consigamos interrogarlos. Una existencia perfectamente adaptada a nuestras preferencias, incapaz de sorprendernos con algo verdaderamente distinto.
Hemos convertido la existencia en una experiencia estética permanente. Diseñamos nuestra imagen, administramos emociones, consumimos ambientes y buscamos experiencias capaces de distinguirnos. Todo debe resultar atractivo, singular, memorable. Incluso la intimidad termina organizada alrededor de aquello que podemos mostrar. Nunca tuvimos tantas posibilidades de elegir cómo vivir y, sin embargo, seguimos reproduciendo las mismas formas de vida.
La abundancia de experiencias comienza a revelar una pobreza de imaginación. Podemos cambiar de objetos, de lugares, de identidades y continuar deseando lo mismo. La insatisfacción que alimenta el consumo también deja al descubierto sus límites. Hay algo profundamente agotador en perseguir indefinidamente aquello que otros nos enseñaron a querer.
Reconocer ese agotamiento puede ser el comienzo de una desobediencia. Abandonar deseos que alguna vez consideramos indispensables, interrumpir la necesidad de reconocimiento, recuperar el tiempo que entregamos a sostener una vida que apenas elegimos. La imaginación conserva la posibilidad de abrir caminos que todavía no conocemos.
Reconocer cuánto de lo que deseamos pertenece a otros puede ser el comienzo. Después tendremos que aprender a desear aquello que todavía no sabemos imaginar.
Esto es Fuga.
Edición 71.
