Por Daniel Posse.
Entrevista a Magui Montero Riccardo
D.P. — Magui, un eje muy fuerte en tu literatura es romper con los silencios y los mandatos familiares, algo muy palpable en tu novela «Legado de silencios». ¿Qué te impulsó a convertir el silencio en el motor de tus historias?
M.M.R—El silencio siempre fue un elemento trascendente en todo lo que escribo. Quizás porque provengo de una generación, en que las historias que se gestaron en otra época, eran comentadas en voz baja. En lo personal nunca tuve problemas con eso, en mi hogar nos inculcaron que no había temas tabú, todo debía ser hablado. Se relataban hechos y sucesos de gente que había vivido situaciones difíciles y que marcaron a una familia o a una sociedad toda, especialmente a principios del siglo XX e incluso hasta las últimas décadas. Si alguien se enamoraba de una persona que no tenía (a criterio de sus padres) igual rango social, si tenía tez oscura, si era golpeada por su esposo o había tenido amoríos, la mujer quedaba marcada y por supuesto que eso se silenciaba. En algunas partes de la novela traté de reproducir costumbres o pautas sociales que existían cuando era niña o adolescente.
También juego con la temática de los silencios en mis poemas, porque por naturaleza, me cuesta compartir o hablar de lo que me sucede; tristeza, enojos, rebeldías o pensamientos los expreso a través de lo que escribo. Las palabras silencio, callar, se reiteran en mi poesía o metáforas que aluden a lo mismo: por ejemplo “atragantar la memoria”. Es más sencillo hacerlo así. Siento que hay una carga emocional importante que me une al lector. Creo que es por eso que les llego con mayor facilidad, aun a través de lo metafórico.
D.P. —En tus textos poéticos solés explorar el desamor, el deseo y la pasión de una manera muy cruda. ¿Cómo lográs equilibrar esa intensidad emocional sin caer en los clichés del romanticismo tradicional?
M.M.R. —No es lograr un equilibrio, esa intensidad emocional existe en mí. El desamor, la pasión y el deseo están en todas las personas, quizás tengo mayor facilidad para expresarlo, no lo callo, que es lo que la mayoría hace, lo morigera. Siento que el romanticismo tradicional, donde se exaltan los sentimientos, la subjetividad y la pasión parten de figuras retóricas que tienden a evocar la belleza y la sensibilidad pero son como un espejo azogado, algo que se escribe “porque queda bien”. Todos tenemos algo romántico, ilusiones y sueños, pero no es lo que se expresa abiertamente. Yo lo hago como algo que nace de mis tripas, como un grito, no busco que sea bonito, sino que llegue, Quiero que al leerme o escucharme, puedan percibir el clamor, la vehemencia de mi aflicción, mi dolor o mis ansias.
D.P. —Has mencionado que tu poesía también funciona como una «queja» ante las injusticias, tocando temas tan sensibles como el hambre y el desamparo social. ¿Creés que la literatura en Santiago del Estero tiene el deber de ser política y social?
M.M.R. —No pienso que la literatura tenga encasillarse en una provincia o región como un “deber ser” política y social. El hambre, el desamparo, la drogadicción, las desigualdades y tantos otros hechos a los que refiero en mis poemas, cuentos y novelas, suceden en todas partes. Mi pensamiento es que puedo tomarlos o no. Yo elegí escribir sobre lo que la gente vive y sufre en lo regional, nacional o universal. Mi prójimo existe, es, donde sea que viva y esté. Probablemente haya otros escritores que lo visibilicen de otra manera, pero no es mi caso.
D.P. —Tu sección de textos titulada «Rebeldías» aborda realidades complejas como las adicciones. ¿Qué tan difícil resulta para una escritora sumergirse en realidades tan oscuras y dolorosas para darles una forma bella o poética?
M.M.R. —Es tremendamente difícil. Los escritores somos seres humanos y no estamos exentos de esas vivencias que a diario nos golpean. Nuestra lucha es dar visibilidad a este tipo de situaciones, el sufrimiento, el dolor y los vicios o las carencias afectivas, no son ajenos a nosotros. Sin embargo, debemos a la par de la percepción, bajarnos al llano y tratamos de hacer que se distinga que estamos entregando consuelo o poniendo un manto de misericordia. De esta forma no se deja de expresar, pero al mismo tiempo, no se demuestra una crueldad innecesaria.
D. P. —Sos una autora que transita con total naturalidad entre la narrativa de una novela y la síntesis de un poema. ¿Cómo decidís que una idea debe convertirse en un poema (como en «Hasta partir el alma») o expandirse en una ficción larga?
M.M.R. —No es mi decisión, cada cosa nace porque sí y en ese momento escribo lo que sale, algunas veces, es un poema, otras un cuento, o una reflexión. Con la novela es diferente, tengo historias que me dan vueltas en la cabeza y sé que son demasiado largas para ser contenidas en un cuento, siguen ahí, es un proceso más largo, hasta que inicio el bosquejo, que es la parte previa. Sin embargo, con la poesía, ciertas veces ocurre que son como una explosión en mi cabeza y la hago de un solo tirón, luego las dejo “en maceración” unos días, y al volver a leerlas, recién corrijo.
“Hasta partir el alma” es un poemario que nació simultáneamente a la escritura de “Legado de Silencios” porque ciertos personajes eran tan intensos, que para poder zafar de su energía o su vehemencia, me relajaba escribiendo lo que ese personaje me había hecho sentir, porque si tienes respeto por el lector, debes compenetrarte con los sentimientos o pensamientos de ese protagonista para ser verosímil.
D.P. —Alguna vez expresaste que no te gusta encasillarte bajo una sola etiqueta, ya sea como «poeta» o como «escritora». ¿Por qué te resulta importante mantener esa libertad creativa y qué desafíos te plantea?
M.M.R. —Es cierto, me niego a encasillarme en una de las dos. Pienso que es porque ambas me atrapan, porque sigo aprendiendo y estudiando para eso. Además me expreso en forma diferente, en cada una. La poesía me permite decir con pocas palabras lo que percibo, veo, o siento, sintéticamente, compendiado. En cambio en los cuentos y en las novelas, tengo una historia que me permite desarrollar más, jugar con la trama, las descripciones son amplias y los escenarios y paisajes fluyen de forma distinta.
D.P. —Naciste, te formaste y vivís en Santiago del Estero. ¿De qué manera el paisaje santiagueño, su ritmo, su soledad o sus tardes de silencio moldean tu rutina de escritura?
M.M.R—Indudablemente, que el paisaje, la soledad, el silencio y el ritmo lento en que transcurren las horas en esta provincia, que es mi amado refugio, han moldeado mi forma de trabajar y mi rutina. Soy santiagueña de pura cepa, y confieso que bastante dormilona, por lo que escribo habitualmente desde la siesta hasta bien entrada la noche. Pongo música instrumental, suave y bajita, cigarrillos, mate o café, y no me doy cuenta del paso de las horas. Cuando escribo, no percibo el cansancio, ni tengo sueño, hasta que la espalda me avisa que debo dejar la tarea.
D.P. —En una entrevista afirmaste que «nos convertimos en escritores cuando somos valorados por el público». ¿Cómo es tu relación con los lectores santiagueños y qué comentarios de ellos te han marcado más en estos años?
M.M.R. —Diría que mi relación con los lectores santiagueños (y de otros lugares) es demasiado buena, tengo a diario grandes satisfacciones. Los comentarios y las devoluciones que recibo me hacen sentir que estoy logrando lo que me propongo cada vez que edito. Mis libros se venden bastante bien, con los años van disminuyendo mis miedos e inseguridades (que siempre tengo) y es una carga difícil de sobrellevar. Me sorprendo, cuando me halagan o cuando veo que los ejemplares se agotan rápidamente y tengo que hacer reimprimir; aunque nunca hago ediciones grandes (por cuestiones económicas), pero vender doscientos libros o más, en un tiempo muy acotado, y andar corriendo para hacer una nueva tirada a las pocas semanas, como me ha ocurrido, es bastante inusual, al menos para mí.
D.P. —En tus redes te definís como una mujer que ama la soledad y el silencio. ¿Es la soledad tu estado ideal para crear, o a veces el caos de la vida cotidiana también te inspira?
M.M.R—Mi estado ideal para crear es la soledad, porque me permite pensar, reflexionar y escribir. El caos de la vida cotidiana, no me altera, más de lo que puede hacerlo con cualquier otro. Habitualmente en esos momentos no puedo inspirarme o crear. Sí, corregir algo, o pasar en limpio lo que está hecho. Pero la soledad y el silencio son imprescindibles en mí, para la inspiración, la creación o la lectura de textos.
D.P. —Con novelas y poemarios ya publicados y presentados en espacios culturales clave de la provincia, ¿cuál es el próximo desafío literario o la nueva historia que ya está empezando a rondar por tu cabeza?
M.M.R. —Tengo varios poemas ya escritos en este último tiempo, también estaba iniciando otra novela inspirada en una bruja del siglo XIX, pero decidí parar. La idea es ver si dentro de un año o algo más puedo editar un libro de cuentos cortos, porque el último que publiqué fue alrededor del 2015 y si bien, tengo uno que otro que aparecen en antologías y libros colectivos de narrativa, creo que es el momento adecuado para volver a trabajar en eso, y por supuesto, poner énfasis en presentar en otras provincias, encuentros literarios y publicitar mi novela de reciente aparición “Legado de Silencios”. Soy del grupo de escritores que piensan que no hay que publicar más de una obra cada año y medio o dos como mínimo, porque todo libro necesita su maduración, su tiempo. Mi criterio no es publicar solo por hacerlo para contabilizar cuántos voy sacando al mercado, si luego los voy a tener guardados, sin que nadie los lea. Este oficio nos exige también otro trabajo, la promoción de lo que tienes hecho, antes de editar el próximo. Además tengo un libro inédito con reflexiones y pequeños ensayos literarios, pero sigue ahí, guardado, sin poder terminar de aceptar si es momento de darlo a conocer o no. Solo el tiempo dirá, como sigue esto; la fiebre creativa no pasa, solo se da un descanso.
