por Facundo Vergara.
¿A quién representan nuestros representantes?
Luego del episodio vivido este miércoles 7 de mayo en el Senado de la Nación, donde fue rechazado el proyecto de “Ficha Limpia” que buscaba impedir que los candidatos a cargos públicos con condenas confirmadas por delitos contra la administración pública pudieran postularse, quedó manifestada, una vez más, la persistencia de ciertos representantes que priorizan intereses personales o sectoriales que se alejan de las demandas sociales actuales. El mensaje es contundente: cuestiona al sistema democrático.
Con el “diario del lunes” la cuestión en torno a la ficha limpia sigue en una nebulosa. Entre “roscas”, negociados y desacreditaciones surgieron reclamos y denuncias cruzadas entre oficialismo y oposición. Nada nuevo bajo el sol, pero la sociedad argentina continúa bajo los rayos de ese sol a la espera de respuestas que no llegan. Así, el descrédito de todo lo que tiene que ver con la praxis de la política sigue alimentándose y vulnera nuestra democracia.
En Argentina la política viene sosteniendo, no sin sobresaltos, más de cuatro décadas de democracia ininterrumpida. Venimos de una historia plagada de rupturas institucionales, de golpes militares, de censura, represión y desapariciones, por lo que sostener un sistema democrático durante tanto tiempo, a pesar de las crisis económicas, los escándalos políticos, las fracturas sociales y el descreimiento colectivo, debería ser motivo de celebración. Sin embargo, luego de esa continuidad, aún quedan muchos vacíos. ¿Qué tipo de democracia hemos construido? ¿Qué aprendimos como sociedad tras cuarenta años de elecciones libres? ¿Qué mensajes damos a quienes nacieron ya bajo el amparo del sistema democrático?
Las generaciones que experimentamos vivencias bajo gobiernos de facto tenemos una relación más emocional con la democracia: la celebramos como conquista. Somos conscientes que hubo un antes marcado por el miedo, la censura y el autoritarismo. Pero los nacidos en democracia, que hoy son la mayoría, no vivieron ese contraste. Para ellos, la democracia es un punto de partida, es lo que viven cotidianamente. ¿Qué aprenden de su funcionamiento? ¿Qué mensajes dan nuestros representantes a la sociedad en general?
En su texto El buen gobierno, Pierre Rosanvallon advierte que las democracias actuales sufren una crisis de legitimidad debido al mal desempeño de sus actores. Sostiene que la representación formal ha perdido parte de su poder simbólico: votar no alcanza para sentir que el Estado representa, escucha y cuida. Y cuando esa brecha crece, aparecen síntomas de desafección: apatía, cinismo, desconfianza, o incluso atracción por soluciones autoritarias que prometen orden y eficiencia. Entonces cuidado. Argentina no escapa a esta lógica. Si bien se celebran elecciones libres, periódicas y competitivas, si bien existen libertades básicas garantizadas, la percepción social respecto al sistema político muestra frustración y desencanto.
Hay una idea generalizada y fundada de que la política en Argentina está más preocupada por cuidar los intereses particulares o sectoriales de quienes ejercen la función pública que por resolver los problemas de la gente. Mariana Gené, en La rosca política, retrata este mundo cerrado de negociaciones, pactos implícitos y lógicas internas que muchas veces se alejan de los intereses ciudadanos. Esta dinámica genera un tipo particular de malestar: no el rechazo a la política en sí, sino a su forma de operar.
Frente a esto, Rosanvallon plantea que la democracia debe reinventarse en términos de “presencia” y “responsabilidad”. No alcanza con tener instituciones representativas; es necesario que los gobernantes encarnen valores de imparcialidad, proximidad y ejemplaridad. Deben ser justos, estar cerca de la sociedad y mostrar coherencia ética. De lo contrario, el poder se vuelve ilegítimo, incluso si ha sido obtenido legalmente.
En Argentina, aunque la democracia formal se preserva, la democracia sustantiva está en constante disputa; y esto no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que debilita el contrato democrático en sí.
Así las cosas cabe preguntarse qué mensaje transmite nuestra democracia a quienes nacieron y crecieron dentro de ella. ¿Les enseña que el voto importa, o que todo sigue igual gane quien gane? ¿Les enseña que la política es un espacio de transformación colectiva, o un sistema de acomodos y privilegios? ¿Les enseña que se puede confiar en el Estado, o que hay que resolver todo por cuenta propia.
A cuarenta años del retorno democrático, el gran desafío no es solo preservar el sistema, sino dotarlo de sentido, como propone Rosanvallon. Para ello es necesario gestos políticos que reconstruyan el vínculo deteriorado entre ciudadanía y poder. Se requiere más transparencia, más escucha, más ética pública, más capacidad de respuesta. Como sociedad democrática no podemos exigir menos que eso.