La política tucumana hierve. No hay candidaturas confirmadas, los partidos están rotos y la posibilidad de que se prorrogue el calendario electoral suena cada vez con más fuerza. El desconcierto reina. Sin embargo, entre el caos, una tendencia silenciosa empieza a hacerse notar: la campaña algorítmica.
Aunque suene a jerga técnica o algo propio de Silicon Valley, se trata de una estrategia concreta que ya se está desplegando en la provincia. Cristian Monteverde, asesor político y consultor en comunicación política, lo explica con claridad. Con experiencia en campañas de medio término en Santiago del Estero, Salta y Jujuy —y hoy pisando fuerte en Salta—, Monteverde sostiene que Tucumán está entrando en una nueva fase de comunicación política: una etapa de prueba digital, donde las redes sociales son el nuevo territorio de disputa.
“Hoy los posibles candidatos están compitiendo algorítmicamente”, explica Monteverde. ¿Qué quiere decir? Que se están midiendo en plataformas digitales según la interacción, el alcance y la aceptación del mensaje en distintos núcleos sociales. “No es solo marketing político, es una lectura fragmentada del territorio donde cada discurso se adapta a nichos muy específicos”, aclara. Tucumán se suma así a un modelo de comunicación política profundamente postmoderno, que se aleja de las estructuras tradicionales y abraza la lógica de la viralidad.
El PJ tucumano está roto. Radicalismo, en crisis. La Libertad Avanza, en disputa interna. Todos corren sin cabeza visible. Pero en el fondo, todos están apostando al mismo juego: el algoritmo decidirá.
Esta nueva lógica no se instala desde una estrategia técnica, sino desde una lectura sociológica. “Cuando la sociedad no está lista para votar estratégicamente, se dilata la campaña. El miedo a perder fuerza política hace que los partidos empiecen a testear a sus figuras desde la medición digital”, afirma Monteverde. De ahí los rumores (tal vez útiles, tal vez plantados) sobre una posible prórroga electoral. No porque falten boletas, sino porque faltan nombres con respaldo popular real o percibido.
Desde Salta ya se vivió un anticipo. La Libertad Avanza irrumpió con fuerza en zonas donde el oficialismo era inamovible. Según Monteverde, esto fue posible por una militancia digital espontánea, no orgánica: “Milei no convenció con ideas, conectó emocionalmente con los núcleos más vulnerables. Esa conexión generó una militancia digital gratuita, que replicaba su discurso desde TikTok, reels o comentarios en redes”.
Las campañas algorítmicas no son necesariamente más baratas, pero sí más efectivas si se logran adaptar al pulso emocional del electorado. Son campañas de corto plazo, hipersegmentadas, con discursos moldeados para cada target.
¿Qué significa esto? Que, aunque no lo veamos en afiches, actos o recorridas de barrio, la campaña ya empezó. Se está gestando en TikTok, en Instagram, en Twitter. Cada político, cada alfil de cada espacio, está siendo testeado en función del impacto digital que logra en audiencias segmentadas. “Ya no se trata de una campaña de masas, sino de llegar al nicho correcto con el mensaje justo”, aclara Monteverde.
Esto no es solo una novedad estética: implica una mutación profunda en la forma de hacer política. La vieja lógica territorial empieza a convivir —y en algunos casos, a ser desplazada— por la lógica algorítmica. Los territorios ya no se recorren solo a pie; ahora también se mapean a través de métricas: likes, compartidos, comentarios, tiempo de reproducción. Todo eso define si un perfil crece o se hunde.
Monteverde insiste en que “lo que se está midiendo es el grado de aceptación o rechazo que generan ciertas figuras en determinados núcleos sociales”. Esta segmentación permite ajustar discursos, diseñar identidades políticas a medida, y testearlas sin comprometer aún una candidatura oficial. Es un laboratorio constante. “Se está viendo qué nombre prende y en qué sector”, remarca.
El fenómeno no es nuevo a nivel nacional. Javier Milei es el ejemplo más extremo: construyó su capital político desde las redes, generando una comunidad digital antes que una estructura territorial. La diferencia es que ahora esa lógica comienza a replicarse en provincias como Tucumán, donde la política tradicional parecía inmune a las disrupciones tecnológicas.
Pero esto no implica el fin de la militancia, sino su transformación. Monteverde lo dice sin rodeos: “La militancia territorial no desaparece, pero muta. Hoy se combina con microinfluencers políticos, con voceros digitales, con jóvenes que no militan en partidos, pero reproducen contenidos con potencia electoral”.
En ese nuevo ecosistema, el carisma no alcanza. Se necesita estrategia, datos, inversión en pauta digital, lectura fina del humor social. Y sobre todo, una narrativa que funcione en 30 segundos, que se adapte a cada plataforma, que viralice sin perder densidad. Difícil, pero no imposible.
Así, Tucumán se prepara para una campaña que tal vez no veamos venir, pero que ya está en marcha. Una campaña que no arranca con un acto, sino con un reel. Que no se mide en caminatas, sino en views. Que no necesita una estructura, sino un buen equipo creativo y una narrativa poderosa.
El juego cambió. Y aunque muchos no lo notaron todavía, Tucumán ya está adentro.