Por Patricio Berreta.
El fútbol en Argentina es mucho más que un deporte. Es religión, es patria, es familia y es también un terreno donde se ponen en juego las emociones más intensas y, a veces, más oscuras. La pasión nos une y nos da identidad, pero también nos arrastra a exigir, insultar, presionar y hasta desear lo peor para los rivales o para nuestros propios jugadores cuando no cumplen nuestras expectativas.
Como hinchas solemos pensar que nuestra entrega en la tribuna nos da derecho a reclamarlo todo. “Si yo aliento los 90 minutos, ellos tienen que dejar la vida en la cancha”. Esa lógica, repetida hasta el cansancio, esconde un capricho: le pedimos a once desconocidos que sacrifiquen cuerpo y mente por algo que en realidad es nuestro deseo, nuestra necesidad de triunfo. Y cuando la derrota llega, lo vivimos como si se tratara de un fracaso personal.
El fanatismo nos pone en un lugar incómodo. Creemos que amamos, pero en realidad muchas veces condicionamos. Exigimos fidelidad, garra, entrega absoluta. No toleramos la derrota porque sentimos que atenta contra nuestra propia existencia. En ese marco, ¿qué diferencia hay entre alentar y presionar?
El hincha argentino lleva esta paradoja tatuada en la piel. Festejamos los goles como si fueran victorias de guerra, lloramos las derrotas como si hubiéramos perdido a un ser querido, nos juramos fidelidad eterna a una camiseta aunque el club esté en ruinas. Esa intensidad es lo que hace al fútbol tan único, pero también lo que nos vuelve peligrosos. Porque el límite entre la pasión y la violencia, entre el aliento y la amenaza, a veces es más delgado de lo que quisiéramos reconocer.
Diego dijo alguna vez: “la pelota no se mancha”. Pero la verdad es que, muchas veces, sí se mancha. Se mancha con la violencia de las tribunas, con la intolerancia hacia el rival, con la presión desmedida sobre jugadores que apenas pasan los veinte años. Se mancha cuando el juego deja de ser juego y pasa a convertirse en un campo de batalla simbólico donde solo importa ganar a cualquier costo.
La historia nos devuelve un espejo incómodo. En 1942, Adolf Hitler amenazó a los jugadores de la Selección de Alemania con enviarlos al frente de batalla si perdían un partido clave contra Suecia. Alemania cayó 3-2 y el Führer cumplió su palabra: disolvió el equipo y mandó a los futbolistas a la guerra. El ejemplo histórico es extremo, pero advierte algo esencial: cuando el fútbol deja de ser un juego y se convierte en cuestión de vida o muerte, lo humano desaparece.
Como hinchas, no tenemos el poder de mandar a nadie a la guerra, pero sí replicamos esa lógica en pequeña escala. Cada vez que gritamos “¡corré o no te pongas la camiseta!”, cada vez que insultamos a un pibe de 20 años porque “esconde la patita”, cada vez que pedimos que se “maten en la cancha”, estamos repitiendo, con nuestras palabras, la misma exigencia deshumanizante.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos es incómoda pero necesaria: ¿qué amamos más, el fútbol o la victoria? Porque si lo único que queremos es ganar a cualquier precio, entonces nuestra pasión se parece demasiado a un mandato autoritario. Y si seguimos por ese camino, corremos el riesgo de que la tribuna se convierta en un cuartel y la pelota en un arma.
Lo escribo como un futbolero de pura cepa. Amo la pelota, la tribuna y la camiseta, pero justamente por eso creo que tenemos que cuidarlas. Porque si no, el fanatismo no solo mancha el fútbol: lo destruye.
