Circunstancia

Publicado el

por Florencia Nougues.

La claridad no es un don: es un combate.

María Zambrano.

Hay épocas en las que la palabra realidad se vuelve una amenaza. Una textura áspera que se pega a la piel. Una luz demasiado blanca que no deja lugar para el respiro. Ortega sabía algo sobre esto cuando escribió que el hombre es él y su circunstancia, y que si no la salva a ella no se salva él. Intuía que la intemperie no es un accidente: es el escenario donde se prueba la dignidad de estar vivos.

Hoy, en esta Argentina exhausta y brillante, esa frase vuelve como un arma. Una advertencia. Una brújula enterrada bajo los escombros.

Porque nuestra circunstancia no es neutra: arde.

Arde en la inflación que devora su propio nombre.
Arde en los discursos que se vuelven espuma y entretenimiento.
Arde en la soledad conectada que promete compañía y fabrica desierto.
Arde en la política convertida en un reality show sin guion.
Arde en los jóvenes que buscan futuro en un país que insiste en hablarles con voz prestada.
Arde en las pantallas que reemplazan la experiencia por el simulacro.
Arde en la velocidad que nos arrastra, donde la noticia dura menos que el tiempo que tarda en cargar.

Y, sin embargo —o por eso mismo—, la circunstancia nos llama.

Nos exige un gesto.
Un quiebre.
Una interrupción.

No para salvar el país en abstracto, ni para fabricar consuelos metafísicos, sino para rescatar lo único que siempre nos pertenece: la capacidad de mirar de frente. La capacidad de no entregar la sensibilidad a cambio de un algoritmo. La capacidad de decir no cuando todo empuja hacia el automático. La capacidad de pensar cuando pensar parece un lujo.

Nuestra circunstancia hoy es un torbellino: precariedad laboral, ansiedad digital, un cansancio sin nombre, la sensación de que la historia se aceleró tanto que dejó de pertenecernos. Pero también es una rebelión silenciosa: gente que no quiere acostumbrarse, que sigue preguntando, que se rehúsa a vivir dentro de una narrativa ajena.

La circunstancia no es un paisaje: es una responsabilidad.
Y salvarla no es un deber moral: es una urgencia vital.

Porque si no la salvamos —si no la habitamos, si no la interrogamos, si no la desobedecemos— quedamos a merced de quienes sí pretenden moldearla: los dueños del relato, los dueños del tiempo, los dueños del miedo.

Salvar la circunstancia hoy es aceptar que vivimos en una época liminal, en una frontera entre un mundo que terminó y otro que todavía no sabemos nombrar. Es reconstruir la mirada para que no la secuestre el vértigo. Es recuperar el derecho a sentir sin que nos etiqueten. Es plantar una duda como quien enciende una chispa en un cuarto oscuro.

Yo escribo esto porque quiero creer —aunque a veces cueste— que todavía podemos salvarla. Que siempre queda un gesto mínimo: pensar distinto, hablar distinto, mirar distinto. Y ese gesto, frágil pero obstinado, es la resistencia.

La circunstancia está en llamas.
Entramos igual.
Para salvarla, para salvarnos.

 

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