Por Marta Ofelia Valoy.
El lenguaje es el espejo de una sociedad. Lo que prohíbe, lo que oculta, lo que inventa.
Ana María Shua
En 1943 se prohíbe el lunfardo en las radios. Por resolución de la dependencia de Radiocomunicaciones N.º 06869, el gobierno de facto del general Pedro Pablo Ramírez prohíbe el uso del lunfardo y la difusión de temas musicales que contuvieran palabras de ese origen. La medida obligó a la modificación —a veces ridícula— de las letras de algunos tangos y a la mofa de los chuscos porteños, que dieron en rebautizar “La ladrona” a la céntrica calle Larrea.
Cuando Juan Perón acababa de triunfar en las elecciones de febrero de 1946, fue visitado por una delegación de poetas y escritores encabezada por Homero Manzi y Alberto Vacarezza, quienes pretendían que el nuevo gobierno reviera la absurda medida. Fueron recibidos afablemente por el presidente electo, que saludó en primer lugar a Vacarezza:
—¿Cómo le va, don Alberto? Me enteré de que lo pungaron en el bondi.
Con lo que quedó todo dicho.
El entonces presidente, en ese comentario jocoso, legitimó la jerga desacreditada y la sacó de la oscuridad marginal que le habían dado los conservadores. La anécdota revela sin duda que la discusión refería más a una cuestión ideológica que lingüística, habida cuenta del contexto político en el que devino la prohibición y desde donde surgió la reivindicación.
Antes de adentrarnos en el análisis de este fenómeno, es pertinente establecer su origen, evolución, expansión y consecuencias, para ponerlo en el contexto histórico-social y lingüístico desde donde es posible —y necesario— su abordaje. Uno de estos contextos es, sin duda, la sociolingüística.
La sociolingüística, un ancho espacio donde anida el lunfardo
Podemos definir la sociolingüística como el estudio del lenguaje en relación con la sociedad. De aquí en más interpretaremos este fenómeno desde esta perspectiva, donde cabe la lengua viva, esquiva y actuante, que puede aportar mucha luz al análisis de este argot.
El desarrollo de la sociolingüística se dio principalmente a fines de los años 60 y comienzos de los 70. Lo cual no quiere decir que los estudios que relacionan lenguaje y sociedad no tuvieran ya una importante tradición. Lo realmente nuevo fue el interés generalizado por los fenómenos sociales que atraviesan al lenguaje en su uso concreto. Es decir, emerge con fuerza cuando el lenguaje se piensa en actos de habla. Entonces fue muy importante apelar a la sociolingüística para iluminar la complejidad del uso y los usuarios.
Al igual que otras disciplinas, la lingüística tiene una parte empírica —la lingüística teórica— que manda a recolectar datos, contrastarlos y compendiarlos; y la sociolingüística, que nos manda al sillón a observar los datos recolectados y actuar. Resumiendo: la sociolingüística difiere de la lingüística general en que esta última considera solo la estructura del lenguaje, excluyendo el contexto social en el que se aprende y se enseña el lenguaje. En esa asepsia elabora las normas que lo rigen. En cambio, la sociolingüística estudia los puntos en los que tales reglas entran en contacto con la sociedad, como la selección de alternativas de expresión según variables como franja etaria, condiciones del medio geográfico, etc.
Sin embargo, no todos los estudiosos del lenguaje son proclives a compartir estos conceptos. Tanto la lengua como el habla son puro comportamiento social, por tanto es imposible no tomarlas en cuenta al momento de priorizar las alternativas de la gramática, donde entran a jugar los usos concretos de la lengua y la intención comunicativa.
Origen y evolución
Para reseñar y entender el nacimiento de este argot, es necesario conocer la situación política y social de la Argentina en el último tercio del siglo XIX, época en la que se forma esta variedad que nace marginal y de carácter críptico.
La clase política del ’80 entendió que era necesario llevar adelante lo que decía Juan Bautista Alberdi: “Gobernar es poblar”. El extenso territorio hacía imperiosa la necesidad de alentar la inmigración siguiendo esa línea de pensamiento. No olvidemos que nuestro Preámbulo abre las puertas a “…todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, y que el art. 25 establece que el Gobierno Federal “favorecerá la inmigración europea y no podrá restringir ni limitar ni trabar con tributos el ingreso al territorio argentino de los extranjeros que vengan a trabajar el campo, a mejorar la industria y a introducir la ciencia y el arte”.
La difusión en Europa de esta necesidad de población y de las bondades de la Argentina determinó que muchos extranjeros se volcaran a nuestro país en grandes oleadas, buscando una vida más amable y holgada que la que vivían en sus lugares de origen.
Cuando llegaron, la realidad fue muy diferente. Aunque muchos se afincaron en el campo, la mayoría se quedó en la ciudad y pobló los suburbios, amontonándose en viviendas precarias llamadas conventillos, con serias dificultades para conseguir trabajo. Todo esto, unido a la xenofobia local, los destinó a un lugar subalterno en la vida social.
El aluvión inmigratorio planteó una situación caótica, especialmente en los arrabales de Buenos Aires, donde se afincaron mayoritariamente. La necesidad imperiosa de comunicarse entre los grupos introdujo una forma de hablar mezcla de lengua nativa y extranjera, especialmente el italiano, que provenía de la mayor inmigración llegada al país a fines del siglo XIX (eran el 37 %, o sea, la mitad de la población extranjera). Aparecieron lenguas de contacto como el cocoliche —mezcla de italiano y español reflejada en el sainete y el grotesco—. Ese argot cayó en desuso, pero algunos vocablos permanecieron y se incorporaron luego al lunfardo.
Si tenemos que determinar su origen primitivo, hay que aclarar que fue una variedad marginal que, por su carácter críptico, pasó rápidamente a ser una lengua usada por delincuentes para comunicarse sin que la policía conociera sus intenciones. Se dice que nació en la Cárcel de Buenos Aires, en cuyos alrededores vivían mayoritariamente inmigrantes pobres con pocas posibilidades de trabajo. Muchos no adquirieron esa forma de vida en nuestro territorio, sino que ya venían con esas habilidades delictivas desde su país de origen.
Paulatinamente este argot incorporó palabras y expresiones provenientes de diversos orígenes: la germanía (lengua de malvivientes en la Península Ibérica), el caló (variante del romaní hablado por los gitanos), el argot francés, algunos indigenismos y anglicismos. Estos fueron reemplazando paulatinamente palabras del español sometidas a procesos de transformación o resemantización (adquisición de nuevos sentidos). Así, botón pasó a significar policía o delator; tira, policía de rango superior.
El lunfardo dejó de ser solo un repertorio de palabras sueltas. Incorporó frases verbales, locuciones adverbiales —a la marchanta, a la bartola, al voleo, al divino botón, a los ponchazos— y figuras retóricas, como metonimias (reja por cárcel, botón por policía) o metáforas (cortao por alguien sin dinero, pechazo para favores, especialmente de dinero).
Fueron, sin duda, el grotesco criollo y el sainete las primeras manifestaciones artísticas que popularizaron esa jerga de los delincuentes, al tiempo que daban cuenta de la vida poblada de privaciones de estas primeras oleadas de inmigrantes. Pero quien le confirió músculo y lo sacó definitivamente de ese acotado espacio marginal fue el tango. Lo incorporó a sus letras hasta que pasó a ser la esencia de ese género musical, que le dio jerarquía y lo instaló definitivamente como parte de nuestra identidad lingüística. A partir de entonces, su influencia y crecimiento fueron imparables, y como dice el tango El choclo: “Nació del sórdido barrial buscando el cielo”. Ese cielo fueron los países de la región hasta que cruzó el mar y llegó a Europa.
De esta manera fue permeando en otras clases sociales y se hizo transversal a todas ellas. Claro que pasó bastante tiempo —por la tradición patriarcal de nuestro país— para que lo hablaran las mujeres, porque estaba muy mal visto que una señorita usara ese lenguaje arrabalero. También en determinado momento se decía que el lunfardo, como el tango, era propio de los adultos, pero fue ganando a los jóvenes hasta que el tango pasó a ser música de todos y el lunfardo argentino se hizo de uso imprescindible. Ambos fueron nuestro sello de identidad.
Hoy, muchas palabras lunfardas como conventillo, malevo, pibe, atorrante tienen espacio en el diccionario de la RAE (Real Academia Española) como argentinismos legitimados. Sin embargo, el volumen de lunfardismos y expresiones adverbiales (más de 7000 palabras entre sustantivos, verbos y adverbios) mereció un diccionario especial y una academia: la Academia Porteña del Lunfardo, cuyo primer presidente fue José Gobello. La fundó junto a León Benarós y Luis Soler Cañas el 21 de diciembre de 1962 para estudiar y revalorizar el lunfardo y la cultura popular porteña, siendo él mismo una figura clave en su estudio durante décadas.
No faltaron los puristas que les salieron al cruce diciendo que el lunfardo no tenía rango de idioma ni siquiera de dialecto, porque en su repertorio carecía de conectores como artículos o preposiciones que permitieran formar oraciones sin acudir a préstamos del castellano. Ya sea jerga, argot o variedad sociolingüística, lo cierto es que en su evolución consiguió un reconocimiento en el uso, la música y el teatro como ningún otro argot conocido hasta hoy.
El lunfardo y la censura
Era inevitable que, por su carácter popular y transgresor, los gobiernos conservadores y las dictaduras se metieran con el lunfardo para proscribirlo y sancionar su uso. Estas medidas fueron como dictar la sentencia de muerte a infinidad de tangos y obras costumbristas que se volvieron imposibles de ejecutar en lengua formal, fuera de la fuerza expresiva del lunfardo, como anticipé al comienzo de este artículo.
La resistencia fue tan fuerte como la censura. Quienes se resistieron fueron los autores de letras y cantantes de tango, así como quienes escribían obras teatrales cuyo insumo principal era el lunfardo. Con el tiempo, estos episodios que desataron mucha bronca en su momento, en tiempos democráticos movieron a risa por lo torpes y ridículos. Las traducciones del lunfardo a la lengua culta, tal como se exigían, son piezas cómicas.
Se comparten algunos ejemplos en el texto original, entre ellos la versión “culta” del tango Chorra de Discépolo y la de la “percanta del barrio fule”.
A modo de conclusión
En realidad, fue el pueblo el protagonista de la supervivencia de esta jerga, ya que encontró en ella un potente apoyo comunicativo y pintoresco. Al ser una variedad lingüística viva, está en permanente transformación. Los letristas tangueros hablaban de la pobreza, la marginalidad, la vida en la ciudad, las angustias y los desamores. El rescate de los vocablos que servían para construir las canciones fue finalmente el reflejo de este diccionario paralelo que nació en la calle y que convive silenciosamente con nosotros todos los días. Por eso se renueva y se amplía permanentemente para su supervivencia y para que el lenguaje popular conserve su potencia expresiva.
El lunfardo está incorporado a la comunicación cotidiana de tal forma que, a veces, ni nos damos cuenta de que lo usamos. Hay lunfardismos muy antiguos que están presentes en las interacciones cotidianas a tal punto que los hablantes no saben que lo son. Pienso en palabras como laburo, guita, chabón, garpar, engrupir, piola, bondi, mina, trucho. El lunfardo debe entenderse como un modo de expresión popular oral sin buscarle academias. Hoy lo entendemos como un repertorio léxico integrado por palabras y expresiones de diversos orígenes, utilizadas en alternancia con el español estándar y difundidas transversalmente en todas las capas sociales y centros urbanos de la Argentina.
Aunque nació y creció principalmente en Buenos Aires, logró extenderse a todo el país hasta ser parte indisoluble de la idiosincrasia argentina, acompañando al tango hacia otros países de la región y, más tarde, cruzando el mar hacia Francia, Inglaterra, Dinamarca y Japón.
Nadie, sea cual sea su clase social, profesión u oficio, puede escapar a su uso —sobre todo cuando quiere ajustar su expresión a un significado que la lengua culta no aporta—. Tener fiaca no es exactamente tener pereza; es, como afirmaba González Lanuza, “una transición de ese pecado capital al placer de no hacer nada”. Afanar tampoco es lo mismo que robar o hurtar, porque en lunfardo contiene la carga de una acción torpe, rápida y violenta. Chamuyar no es charlar, sino envolver al interlocutor tratando de convencerlo de algo.
Y nadie escapa a su sortilegio cuando aparece el vesre (invertir el orden de las sílabas): mionca, sapa, garpar, garca, ñoba. O sustantivos como pibe, chango, macana, laburo, mina, guita, chabón, bondi; adjetivos como trucho, gil, garca —y sus aumentativos gilandrún, gilazo—; verbos como engripir, apolillar, embolar, bardear, garronear, cargar, ensartar, deschavar, getonear, currar, joder. Estos son solo algunos ejemplos de los lunfardismos que el colectivo popular utiliza a diario.
Se supone que por año se incorporan alrededor de 70 palabras nuevas, mientras otras van pasando de moda y se consideran arcaísmos: bacán, fifi, pelandrún, raposo, percanta, paica, grela, quemera, amurao, chucheta, entre otras.
Como se examina en esta exposición, tanto el tango como el lunfardo —además de reflejar la identidad del argentino, sobre todo de quienes viven en las urbes— son un claro ejemplo de las influencias y procesos de (trans)formación cultural generados a principios del siglo XX mediante el intercambio transatlántico entre América Latina, Europa, Estados Unidos y Asia. Ese intercambio reformuló no solo el paisaje demográfico del país, sino también su identidad nacional, a través de un proceso de asimilación cultural diferente al esperado por las élites hegemónicas regionales.
