Por Sofía de la Vega.
Lo extraordinario no está en los hechos, sino en la mirada.
Julio Cortázar.
Hay dudas que duran un segundo y sentencias que duran una vida. Cuando terminé de escribir este texto, pensé: ¿qué puede tener de extraordinario una historia como esta? Por un instante creí que debía incluir amor, anarquía, sexo, peligro, drogas, arte deliberadamente torcido. Creí que lo extraordinario era una cuestión de volumen, de exceso, de escándalo. Pero la convicción llegó como una defensa instintiva: este relato es extraordinario, me dije. No porque sea grandilocuente, sino porque ahí, en lo cotidiano, en lo que parece mínimo, se esconde la vida empujando desde atrás.
Los nervios habían llegado días antes de la exposición, cuando recordé que el congreso de filosofía del derecho en la Universidad Católica estaba a la vuelta de la esquina. Había trabajado semanas en un texto sobre la ideología de la reforma del Código Civil. Y sin embargo, lo que realmente me inquietaba no era el tema, sino el territorio. La metafísica católica —ese intento de unir eternidad con derecho positivo— siempre me resultó un monstruo conceptual. Algo híbrido, bello para algunos, siniestro para mí.
Hacer esa exposición en la universidad pública era una cosa; hacerla ahí, en la Catedral del Derecho Natural, era un rito extraño, una misa invertida. Sabía que mis palabras, cargadas de marxismo, sospecha y estructura, caerían como un meteorito en un salón habituado a las certezas. Sentía que me estaba arrojando a una discusión donde las convicciones no buscan ser discutidas sino defendidas como reliquias.
Había trabajado con el maestro V., un filósofo agustiniano-kantiano de más de ochenta años, calvo y luminoso como un invierno soleado. Su figura tenía algo de manuscrito antiguo, algo de reloj suizo, algo de santo pagano. Caminaba con una vitalidad casi insultante para su edad y hablaba con la precisión de alguien que ha pasado una vida entera discutiendo con libros y venciendo a casi todos.
La noche anterior me había sorprendido a mí misma emborrachándome entre flores y lecturas, conversando con una mujer hermosa que me prestó su presencia con la paciencia de alguien que sabe que está escuchando más que palabras. Hablamos de ideología, derecho, contradicciones, fragilidad, y en un momento la conversación se convirtió en una deriva dulce. Al despertar, cerca del mediodía, encontré una nota: “Qué suerte la gente como vos que no trabaja de verdad. Enseñales a mentir esta tarde y que te aplaudan. Besos. A.” Reí sola. A veces, una frase ajena es el espejo de nuestra propia duda.
Pasé por V. a las cinco. Exponía a las siete. Todavía tenía el pulso tibio del alcohol, pero también esa seguridad extraña que aparece cuando ya no hay nada más que perder. Él bajó agitado, como si hubiese estado discutiendo consigo mismo durante horas. A mitad de camino me detuvo, me tomó del brazo y me dijo:
—Lo que vas a decir no importa. Eso ya lo dijiste. Lo importante es lo que van a preguntarte. Si sabés responder lo que no está en tus hojas, ganaste.
Entonces, con la calma de quien revela un secreto antiquísimo, me anticipó las dos preguntas fundamentales. No lo que “podían” preguntarme: lo que iban a preguntarme.
Al llegar a la universidad, el aire olía a madera vieja, a incienso seco. Crucé los pasillos como si caminara dentro de una idea que no era mía. En el anfiteatro, dos expositoras hablaban de bioética con una convicción que parecía venir de otro siglo. Yo casi no las escuchaba. Sólo pensaba en las posibles preguntas, en el público, en la mirada difícil de ese lugar donde la fe y la ley se abrazan como dos enemigos que se necesitan.
El profesor E., con su perfume denso y ligeramente fúnebre, me tocó el hombro y dijo:
—Te están llamando.
Subí. Desde mi lugar de expositora podía ver todo: los trajes impecables, las sonrisas disciplinadas, los cuadernos abiertos como si fueran armas blancas. Entre todas las miradas, una sola me sostuvo: una mujer rubia, joven, con el cabello ensortijado, que irradiaba luz sin querer. Por un segundo, la tensión se aflojó. El deseo tiene formas de salvarnos que la filosofía no entiende.
Empecé a hablar. Hice reír. En un congreso de filosofía del derecho, eso ya es una victoria improbable. Terminé. Y entonces empezó lo verdaderamente importante.
La primera pregunta: exactamente la que V. había anunciado.
Lo miré. Me guiñó el ojo. Contesté citando a Santo Tomás, Parte I-IIae, Cuestio 94, como él me había indicado. Una respuesta que mezclaba dogma, ironía y juventud.
La segunda pregunta: también la suya. La acusación de marxismo.
V. asintió. Respondí hablando de ideología, de Zizek, de Aristóteles, de la dialéctica del amo y el esclavo. El auditorio se tensó. Yo seguí.
Las demás preguntas fueron ruido de fondo. Sombras. Acompañamientos. Nada más importaba ya.
Los aplausos llegaron como una ola lenta, casi suspendida. V. me dedicó una mueca que era mitad sonrisa, mitad sabiduría antigua. Personas desconocidas empezaron a acercarse. Ese momento siempre me resulta extraño: la gente se acerca con una calidez que no termina de tocarme, mientras yo siento que todo en mí permanece hacia adentro, recogido, como si aún estuviera contestando algo.
Pero lo único que pensaba, lo único que realmente importaba, era esto:
¿Cómo lo supo?
¿Cómo pudo anticipar exactamente las preguntas?
¿Era experiencia, intuición, destino, diablo o simplemente sabiduría?
No lo sé. Tal vez nunca lo sepa.
Lo extraordinario sucede así: sin alardes, sin gritos, sin efectos especiales. Sucede cuando alguien —un maestro, una mirada, una mujer rubia, una frase escrita en un papel— nos hace ver que el mundo ya estaba preparado antes de que nosotros llegáramos.
Y que lo ordinario, si uno se atreve a mirarlo, es siempre un portal.
