Por Valentín Garcia.
Lo que vemos no siempre es lo que mira dentro nuestro.
René Magritte.
Siempre pensé que el ser humano nace con una necesidad casi biológica de pertenecer. Somos, por instinto, animales de grupo. Queremos sentirnos parte de un entorno, de una mirada, de una tribu. Y muchas veces, para lograrlo, uno termina adaptándose o transformándose en algo que no es. Esa presión silenciosa genera modas, tendencias y códigos sociales que te juzgan sin piedad cuando quedás fuera. Si no sos quien debés ser, enseguida caés en el ojo de la crítica colectiva. Y ese juicio constante despierta en muchos —me incluyo— una ansiedad profunda: la de tener que encajar en un molde que no elegimos, una presión que daña el mundo interno y nos empuja a desarrollarnos hacia lo que debemos ser, no hacia lo que realmente somos.
A veces uno cambia cosas de sí mismo que no quería cambiar. Miradas, gestos, modos de hablar. Y lo hace porque el entorno cultural actual te observa desde arriba cuando te desviás del camino marcado por las tendencias del momento. Esto puede ser especialmente peligroso para quienes son inseguros, aunque la verdad es que nos toca a todos en alguna medida. Quienes logran escapar de esa presión descubren algo muy reconfortante: una libertad interior que te permite actuar desde tu esencia y dejar de vivir en función de expectativas ajenas. Esa sensación —tan simple, tan difícil— fue la que me llevó a agarrarme del surrealismo.
Me aferro a esta corriente porque su manifiesto sostiene que el artista debe crear “sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Esa frase me marcó. La parte que dicta “ajeno a toda preocupación estética o moral” es la que me dio permiso para hacer esta crítica a la sociedad. Mi deseo, al terminar de escribir esto, es que cada uno pueda hacerse preguntas incómodas: ¿Quién soy realmente? ¿Quiero ser quien soy? ¿O vivo bajo una versión impuesta de mí mismo? Quizás esas preguntas no aparezcan al cerrar esta columna, sino más tarde, en silencio, antes de dormir o en medio de una crisis de identidad. Pero tarde o temprano aparecen, porque muchas personas viven la mayor parte de su vida actuando un papel que no quieren interpretar. Y eso, con los años, duele.
El surrealismo siempre rodeó su práctica de herramientas de liberación interior. Estaba fuertemente influido por las ideas de Freud sobre el inconsciente, ese territorio oculto donde guardamos todo lo que la razón no deja salir. Los surrealistas dejaron de darle prioridad a la estética y pusieron el foco en el mensaje, en la emoción cruda, en el impulso. Una de las técnicas más importantes fue el automatismo: apagar la parte racional y dejar que el subconsciente guíe la creación. Fue el método preferido de Miró, quien desarrolló gran parte de su obra a partir de ese gesto instintivo. Y es lógico: sin automatismo, el surrealismo no podría haber existido. Los artistas encontraban una imagen, un impulso, y lo explotaban hasta revelar todo su potencial simbólico.
Una de las cosas más hermosas que nació de ese espíritu es el cadáver exquisito, un juego que todos deberíamos hacer al menos una vez. Consiste en escribir lo primero que surge sin filtro, doblar la hoja para que nadie vea lo anterior, y pasarla. Al final se lee todo junto. Lo mismo con el dibujo: alguien hace un trazo, otro lo continúa, y así hasta que aparece una obra colectiva. Es un ejercicio que libera, que rompe el juicio, que abre rincones del pensamiento que la cultura actual —obsesionada con la productividad, la eficiencia y el rendimiento permanente— suele reprimir.
Yo lo hice con mis amigos, y fue una de las mejores experiencias que tuvimos en mucho tiempo. Veníamos de reuniones idénticas: jugábamos a lo mismo, hablábamos de lo mismo, repetíamos las mismas escenas semana tras semana. Era una costumbre que ya no tenía brillo. Pero con el cadáver exquisito la dinámica cambió. La reunión se volvió distinta, espontánea, divertida. Hablamos de temas que nunca surgían. Fue una pausa en el mundo automático. Una noche que recordamos justamente porque nos dejó salir de la repetición y nos devolvió algo de autenticidad.
Pienso mucho en esto cuando miro las redes sociales. Allí todo es imagen. Todo es representación. La gente muestra una versión idealizada de sí misma, usa filtros para tapar imperfecciones, actúa escenas de una vida que no vive. El problema no es tener una buena imagen; el problema es cuando la imagen contradice a la persona. Ahí se convierte en máscara. Y cuando sostenés una máscara demasiado tiempo, empezás a perder de vista quién eras antes de ponértela.
Esta necesidad de encajar genera una especie de dictadura de personalidades. Algunas son celebradas y premiadas; otras, rechazadas o ridiculizadas. Y eso obliga a muchos a adaptarse a lo que es socialmente aceptado, incluso si eso implica traicionarse. Uno de los mayores daños es la pérdida del potencial. Mucha gente no se atreve a seguir sus deseos por miedo al juicio ajeno. Renuncian a su vocación, a su rareza, a su verdad. Y terminan siendo espectadores de su propia vida.
Me gusta mucho pensar este fenómeno a través de El hijo del hombre, de Magritte. Un autorretrato donde el artista muestra casi todo, pero tapa el rostro con una manzana. Parece alguien que se muestra, pero solo hasta donde no duele. Como nosotros: mostramos partes, ocultamos otras, dejamos que los demás vean apenas un fragmento, nunca el total. Es un modo de defensa. Una forma de no exponerse del todo.
Por eso también el cadáver exquisito es anónimo: para que nadie se sienta observado mientras piensa. Para que la libertad verdadera tenga una oportunidad.
Y después de recorrer todo este camino, solo puedo llegar a una conclusión: debemos ser un poco más surrealistas. Soltarnos más. Permiternos actuar desde la autenticidad y no desde el miedo a no encajar. Una sociedad más libre y más justa solo será posible cuando dejemos de juzgar a quienes se muestran tal cual son. Hay que volver a darle valor a las actividades sin propósito productivo, permitirnos aburrirnos, frenar un poco el impulso de ser máquinas de rendimiento.
En definitiva, debemos redescubrir nuestra esencia y vivir con la confianza del propio Dalí, esa seguridad inesperada que fue parte de su éxito mundial.
Todos debemos ser un poco más Dalí e imitar menos a los influencers moldeados por lo que el algoritmo premia.
Y como diría Salvador: “La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.”
