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El silencio del derecho frente a la voz de las máquinas

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Por Alberto Dollera Albarracín. 

La Inteligencia Artificial del tipo Generativa, cada vez está más incorporada en nuestro día a día. Las personas las utilizan para cualquier tarea que te imagines. Son de fácil acceso, aunque a veces haya barreras de pago o limitaciones de hardware, cualquier usuario que tenga un celular y lo maneje medianamente bien, puede utilizarlas con simples palabras. 

Nuevas tecnologías, provocan nuevos tipos de conducta. Hay IA en las publicidades, propagandas políticas, memes, e incluso fotos, audios, o videos de personas realizando cosas que no hicieron. Aquí radica la importancia de la situación. Este uso de herramientas, indiscriminado algunas veces, ¿está afectando a la sociedad en la que vivimos?. 

Los datos se cargan, la información fluye, y los servidores almacenan. 

Músicos dicen que es plagio, periodistas redactan sus artículos, abogados escriben demandas, el particular la utiliza de psicólogo. Las imágenes de un ser querido, las que vos compartís, están siendo utilizadas para entrenar un algoritmo. 

El derecho, la ley, los legisladores, en silencio.

Estos comportamientos nuevos, no son malos por sí solos. Pero como sabemos bien, las herramientas no siempre son utilizadas para fines buenos, o lícitos. 

Derechos personalísimos, como la identidad, pueden ser vulnerados sin repercusión alguna. 

La legislación no comprende estos casos, no se encuentra atento a la actualización. El asincronismo del derecho con la realidad tecnológica puede perjudicarnos. Puede perjudicarte. 

Los jueces deben pronunciarse, los letrados prepararse, y los legisladores escuchar. 

La evolución tecnológica ya no está lejos, está respirando en nuestra nuca, y el sistema judicial no se encuentra preparado para tantos cambios en un periodo de tiempo tan corto. 

Las máquinas están lejos de rebelarse. Pero los humanos siempre lo hicieron, siempre lo harán, y cómo hay personas que realizan el bien, hay personas que buscan realizar el mal. 

El camino de la regulación excesiva tampoco debe ser el correcto, los extremos no son buenos. Pero una educación temprana en la temática, más de nuestros operadores jurídicos, podría prevenir antes que curar. 

Los beneficios existen, los peligros también. La conciencia colectiva es lo que debe despertar. 

Hemos creado una de las herramientas más poderosas de nuestra historia. No permitamos que el asombro nos inmovilice cuando llegue el momento de actuar.

 

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