Por Aníbal D’Auria.
Entrega 1 de 3.
A veces un film no habla sólo de la época que lo vio nacer, sino de todas las épocas que siguen. Lifeboat, de Hitchcock, es uno de esos casos. Lo que empieza como un naufragio termina siendo una radiografía del liderazgo, del miedo y de la fascinación política. Así empieza esta lectura en tres entregas.
LIFEBOAT, UNA ALEGORÍA ACERCA DE LA AUTORIDAD POLÍTICA.
“¿Qué es la política, por lo tanto, si cualquier conversión y defección puede ser admitida y la versatilidad puede pasar por honorable? ¡Qué campo abierto al charlatanismo, a la intriga, a la traición! ¿Qué Estado podría subsistir en condiciones tan disolventes? Desde que se constituye, el Estado ya lleva su principio de muerte en la contradicción de su idea. ¡Extraña creación, donde la lógica queda impotente mientras sólo la inconsecuencia parece práctica y racional!”
(Pierre-Joseph Proudhon)
I
En 1943 Alfred Hitchcock rodó Lifeboat (literalmente, bote-salvavidas), película difundida en el mundo hispanoparlante como Náufragos o A la deriva. En plena guerra mundial, el film fue recibido con duras críticas por el público de los países aliados, especialmente en Estados Unidos. Lo que molestaba a los espectadores, según el propio Hitchcock explicaría a Truffaut muchos años después, era que se presentara a un alemán como “superior” a los otros personajes. Sin embargo, la intención de Hitchcock había sido llamar la atención de los demócratas para unificarse contra el nazismo:
“Quisimos mostrar que en aquel momento estaban presentes en el mundo dos fuerzas, las democracias y el nazismo. Las democracias estaban en completo desorden, mientras que los alemanes sabían a dónde querían ir. Se trataba pues de decir a los demócratas que les era absolutamente necesario tomar la decisión de unirse y agruparse, de olvidar sus diferencias y divergencias para concentrarse sobre un solo enemigo, particularmente poderoso por su espíritu de unidad y de decisión”.
En realidad, la intención manifiesta de Hitchcock está más que lograda, y no hace falta demasiada sutileza para comprender la película en ese sentido contextualizado por la Segunda Guerra Mundial. Pero yo creo en Lifeboat hay mucho más que esa confrontación coyuntural entre democracia y nazismo. En verdad, desde que la vi por primera vez nunca pude evitar hallar en ella una aguda visión crítica del culto de la personalidad carismática, del liderazgo político en general y de la alienación de las personas a la voluntad de un gobernante; y estos temas, sin duda no constituyen exclusivamente aspectos particulares del nazismo, sino que, con diferencias de grado, están en la base de todo sistema de gobierno, inclusive el de las democracias representativas. Sé que con esta interpretación voy mucho más lejos de lo que su director pretendió decir; pero estoy en mi derecho, pues como se sabe, una obra de arte siempre expresa mucho más de lo que su autor quiso expresar. Y más aún cuando esa obra se vuelve un clásico.
II
El film comienza con la imagen parcial de un buque mercante hundiéndose (sólo se ve su chimenea). Inmediatamente se muestran los restos del naufragio flotando en el mar. Mientras la cámara recorre esos restos, entre los que destaca un cajón con la inscripción Great Britain, se oyen voces de personas que tratan de encontrarse y reunirse. Obviamente, los restos del naufragio y las voces en off de la gente perdida en el mar representan a Gran Bretaña, es decir, a la democracia en descomposición que Hitchcock pretende contraponer al totalitarismo nazi. Pero desde una perspectiva más amplia, como la que propongo, también podría representar a toda la sociedad moderna en su conjunto, fragmentada, alienada y desprovista de lazos comunicativos. En efecto, entre los restos del naufragio se observan cosas tan fútiles como naipes y dinero.
Lo último que la cámara muestra antes de pasar a otro plano es el cuerpo de un marino alemán que flota boca abajo. Este cuerpo ya anticipa lo que el espectador se enterará unos pocos minutos después: que antes de ser hundido, el buque mercante logró a su vez hundir al submarino alemán que lo torpedeó. Ahora bien, ese cuerpo puede ser el cadáver real de un alemán, pero también puede ser el cuerpo del alemán que se sumará luego a los náufragos, y que por el momento simula estar muerto. Si este fuera el caso, entonces, podría interpretarse que un futuro y eventual Führer (conductor) siempre inicia y hace su carrera de gobernante simulando, engañando, ocultando, mintiendo.
Luego ya sí, la cámara se dirige al interior de un bote salvavidas donde se encuentra Constance Porter, una periodista famosa y sensacionalista, siempre ansiosa de éxito editorial y económico. Porter fuma elegantemente un cigarrillo y está vestida como para asistir a una fiesta. Su única preocupación es que se le ha corrido una media. Cuando advierte que otro náufrago se acerca nadando al bote para salvarse, toma rápidamente su cámara para fotografiarlo. Es Kovak, un operario de la sala de máquinas del buque hundido. Antes de subir al bote salvavidas, Kovak toma dinero que flota en el mar. De inmediato ambos oyen otra voz que se acerca en la oscuridad del océano. Kovak hace un movimiento rápido para ayudar al nuevo visitante y hace caer al agua la cámara fotográfica de Porter, quien se enoja por haber perdido valiosos documentos periodísticos. El nuevo náufrago que se suma al bote es Stanley, un marino de la sala de radio del buque hundido. Apenas sube, Stanley se muestra preocupado por la suerte corrida por la señorita McKenzie, una enfermera militar que conoció a bordo. Pero enseguida aparecen en una balsa improvisada la señorita McKenzie, Gus Smith (un marinero muy mal herido en una pierna) y el famoso magnate capitalista Rittenhouse. Porter ya conocía a Rittenhouse, y mientras ellos hablan de los bienes materiales que perdieron o que lograron salvar, Kovak, Stanley y McKenzie se dedican a atender a Gus. Pero aún restan sumarse otros personajes. Joe, un camarero negro, profundamente religioso, viene nadando a duras penas remolcando a una mujer con su bebé. Cuando suben al bote, McKenzie constata que el niño está muerto, pero la madre no se da cuenta y se lo dejan en sus brazos. Por último, se suma al bote otro náufrago que saluda y agradece en alemán: es sin duda un tripulante del submarino que los torpedeó.
No sé si Hitchcock, que era consciente del valor simbólico de cada uno de estos personajes, era asimismo plenamente consciente del valor simbólico de esa escena que podría interpretarse desde una rica perspectiva cultural clasista (y que, como veremos, se repite en otras escenas posteriores). Rittenhouse (capitalista) y Porter (periodista ambiciosa y exitosa) se interesan por los bienes materiales, y cuando ayudan lo hacen por buena educación o cortesía de alta burguesía; Stanley (oficial de radio) y McKenzie (enfermera) expresan una suerte de humanitarismo propio de la clase media; Kovak y Gus (ambos marineros de bajo rango) expresan solidaridad de clase obrera; Joe (camarero negro y marginado total de la sociedad) expresa la caritas cristiana. Tengamos presente estas caracterizaciones clasistas para entender las diversas posiciones de los personajes en los sucesivos debates que se producen entre ellos.
Por último, el alemán representa al extraño, al misterioso, quien no pertenece a ningún grupo social y que, por eso mismo, en el transcurso del film podrá unificarlos a todos, ilusoriamente, bajo su conducción política.
Cierre de la Entrega I
El bote ya está lleno, pero todavía no hay dirección. Todos creen estar a salvo porque están juntos, pero nadie se pregunta quién va a pensar por ellos cuando llegue la noche.
En la próxima entrega veremos el momento exacto en que un grupo desesperado deja de buscar tierra firme y empieza a buscar un capitán.
Ahí es donde nace el poder. Y donde empieza el naufragio de verdad.
