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La pintura como resistencia

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Por Virginia Calvi. 

Artista Seleccionado: Daniel Herce

Hay obras que no se ofrecen como relato, sino como vibración. En el trabajo de Daniel Herce no se entra buscando una escena ni una historia, sino una tensión: color, gesto, pulso. Sus pinturas parecen sostener una energía contenida que no termina de estallar, como si el trazo respirara antes de decir algo definitivo.

Daniel trabaja desde pocas premisas, casi mínimas, y a partir de allí deja que la pintura encuentre su propio orden. En muchas de sus series no hay figura ni narración explícita, sino una presencia que se despliega en la materia misma. El color no ilustra: actúa. Se vuelve táctil, corpóreo, capaz de producir una experiencia sensorial antes que una interpretación.

Cuando aparecen sus personajes antropomórficos —figuras que ya forman parte de su universo— no lo hacen como identidades cerradas, sino como huellas de una humanidad imposible de abarcar. Cada cuerpo parece condensar algo de lo irrepetible y, al mismo tiempo, de lo innumerable: las personas que cruzamos sin conocer, las vidas que existieron antes de nosotros, la multitud silenciosa que sostiene el mundo.

En un tiempo saturado de imágenes veloces y manipuladas, la pintura de Herce insiste en la lentitud, en el cuerpo presente, en el error y en la pausa. Pintar, en su caso, no es reproducir una imagen, sino resistir al ruido, dejar que la materia conserve memoria y que lo visual vuelva a respirar.

Desde ese lugar —entre el gesto, la emoción y el color— se despliega esta conversación.

Breve biografía

Artista visual. Su obra se desarrolla principalmente en el campo de la pintura, explorando la relación entre color, gesto y materia. Trabaja a partir de series donde la abstracción convive con la aparición de figuras antropomórficas, construyendo un universo visual atravesado por la corporalidad, la emoción y la experiencia sensible. Su práctica se sostiene en el trabajo con el trazo, la textura y la presencia física de la pintura como forma de resistencia frente a la saturación visual contemporánea.

Instagram: @danielherce

https://www.instagram.com/danielherce?igsh=MW14M2kyZWoxcW1wbg==

Entrevista

Tu obra se despliega entre el color pleno y la presencia de esos pequeños personajes antropomórficos que ya son parte de tu universo. ¿De dónde nace ese impulso creador: de la memoria, de la intuición o de algún territorio que aún no tiene nombre?

Parto con pocas premisas: tal tamaño, determinado color… Generalmente desarrollo series; suele no haber figura, ni relato, ni escena. Hay, más bien, la presencia de una vibración que se despliega. Busco una tensión dinámica entre un orden, un pulso y una emoción contenida en el trazo y en el color.
Una afirmación que me gusta mucho de un amigo poeta dice: “el color perfuma las flores”.
El personaje antropomórfico fue mi primera imagen propia. Siempre me llamó la atención la existencia de tantas personas, de que cada ser humano es único en rostro, vivencias y personalidad, y lo inabarcable de conocer. Cada día te cruzás con más personas que nunca viste, y al mismo tiempo convivís con una mayoría a la que nunca conocerás. Ni hablar de toda esa humanidad que, desde tiempos remotos, ya dejó de existir, y cada uno era un ser irrepetible.

En tus pinturas aparece un color vibrante y una energía expresiva que casi parece danzar. ¿Qué lugar ocupa lo gestual en tu proceso? ¿Y cómo reconocés el momento en que una obra finalmente alcanza su forma definitiva?

En mis obras hay una clara presencia del gesto: las pinceladas dejan una piel rugosa, un borde ligeramente irregular, una capa de materia que el pincel deposita sin medir, como quien respira. Es un color táctil, corpóreo. Una experiencia sensorial.
Una obra alcanza su estado final cuando deja de pedir, cuando la tensión encuentra su forma justa: cuando la materia —color, textura, soporte— logra contener la energía sin sofocarla y lo visual respira por sí solo. Allí aparece una calma vibrante, una quietud que sigue latiendo.

Muchas de tus figuras parecen habitar un mundo intermedio, un espacio que no es del todo real ni completamente simbólico. ¿Cómo pensás esa frontera? ¿Es un territorio que buscás de manera consciente o surge de forma natural mientras trabajás?

En ese mundo intermedio no hay un plan deliberadamente prefijado, sino un espacio que emerge del trabajo, de la materia y del instinto. Las figuras no son retratos exactos ni símbolos rígidos: son vestigios, sugestiones, huellas.
Me interesa que lo real —lo cotidiano, lo vivido— se desplace y se funda con lo emocional, lo subconsciente. Es una frontera difusa, permeable, abierta a posibles resonancias. Me atrae lo que queda suspendido entre lo visible y lo sentido.

Hoy la pintura convive con tecnologías que producen imágenes infinitas y vertiginosas. ¿Qué significa para vos trabajar con la materia real —el color, la textura, el trazo, el cuerpo presente— en un tiempo tan saturado de visualidad manipulada?

Seguir pintando, trabajar con materia, con trazo, con textura, en un mundo inundado de imágenes fugaces, instantáneas y digitales, es un acto de resistencia. La pintura exige lentitud, cuerpo, presencia. Permite que una imagen respire, que un trazo conserve su huella, que lo táctil, lo imperfecto, lo humano sobreviva al ruido mediático.
Es otorgar valor a la pausa, al error, al accidente. En un mundo saturado, la pintura pone en primer plano lo que somos: seres corpóreos, emocionales, vulnerables.

Si tuvieras que elegir una emoción o unas palabras esenciales que atraviesan tu obra —algo que esté en el origen de cada cuadro, más allá de la técnica—, ¿cuál sería?

“Obedezco a mis impulsos creativos. Toda regla me entristece; creo en mis entrañas.”
A través de la abstracción, exploro la relación entre el cuerpo, la emoción y el color, creando un espacio pictórico donde convergen mis vivencias con la música, la danza, la gastronomía y la estética.

7 COMENTARIOS

  1. @danielherce
    ¡Un genio absoluto!
    Sus obras, cargadas de color, nos transportan de inmediato a una dimensión festiva.
    Además del color, revelan interesantes texturas que dejan en evidencia la dedicación, el tiempo y la libertad que el autor se concede sin prisa alguna.
    Porque es él —antes que el espectador— quien se sumerge plenamente en este universo: su propio universo, al que todos estamos invitados a ingresar para vibrar internamente en armonía con su obra.

  2. Daniel Herce nos invita a entrar en un mundo de vibraciones en el que el color es protagonista, pero donde también parece encerrar el sonido del mundo. Un color que grita cuando se expande y nos regala su lenguaje vegetal: translúcido, límpido u opaco, puro y fuerte, que crece y se impone.

    En la obra de Herce, el color nos transforma y nos muestra una realidad que existe, pero que debe enfrentarse a la caótica cotidianidad, donde las miserias humanas no siempre permiten que la luz se expanda.

    Herce desafía los augurios oscuros y crea atmósferas que resisten la mediocridad y los sentimientos mezquinos de quienes intentan imponer el caos.

    En esa insistencia, en la valentía de perdurar a pesar de las limitaciones inevitables de una existencia contradictoria, en ese creer profundo en lo que va creando —como un grito constante que no claudica—, reside su gran mérito. Su obra construye un lenguaje de alcance universal, capaz de resistir el paso del tiempo y la crítica de quienes intentarán apagarla.

    Enfrentar la oscuridad implica riesgos, pero es una elección consciente y valiosa: el camino desde el cual Herce intenta dar sentido a su propia existencia.

  3. La obra de Daniel Herce se construye desde una tensión contenida. No busca el gesto heroico ni la explosión expresiva: su fuerza está en la persistencia, en la insistencia de estructuras que parecen simples pero nunca lo son del todo.

    Sus pinturas se organizan a partir de tramas, campos cromáticos y modulaciones rítmicas que remiten a una arquitectura interna. Hay una voluntad clara de orden, pero ese orden no es rígido: está siempre levemente desplazado, como si algo respirara debajo de la superficie. No hay simetría complaciente; hay equilibrio inestable.

    El color en Herce no es emocional en el sentido inmediato. Es pensado, construido, trabajado por capas, con variaciones mínimas que exigen una mirada atenta. Sus paletas suelen moverse en gamas restringidas —azules, grises, negros, ocres, blancos— donde cada diferencia importa. Nada es casual, pero tampoco cerrado: el ojo puede entrar y quedarse.

    Lo abstracto en su pintura no es decorativo ni lírico, sino estructural. Hay una relación fuerte con la tradición de la abstracción geométrica y constructiva, pero sin nostalgia. No cita: dialoga. Sus obras no explican, sostienen. No cuentan una historia, proponen un estado.

    Hay también algo muy propio en su trabajo: una ética del hacer. Se percibe el tiempo, la repetición, la paciencia. No hay urgencia ni espectáculo. La obra se afirma desde la coherencia, no desde el impacto.

    Por eso su pintura funciona especialmente bien en series: cada pieza parece parte de un sistema mayor, como fragmentos de un pensamiento visual que se va desplegando lentamente.

    La pintura de Daniel Herce no quiere convencer: quiere permanecer.

  4. Quiero felicitarlos el medio es hermoso! Inspirador, con mucho contenido consistente, Poético, contemporáneo y jugado …..es una bella sorpresa!!! Me encanta que sean de Tucumán y logren algo tan poderoso y más interesante que la mayoría de los medios porteños…. Todo lo que este en mis manos apoyaré!!!!.les tiene que ir estupendo, lo merecen… se agradece el cuidado, la originalidad y la frescura del medio….y aprovecho para enmendar mi olvido en la publicación Ph Bea Fresno.

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