Por Fernando M. Crivelli Posse.
“Cuando el fútbol deja de ser un juego y se convierte en refugio del poder, el problema ya no es deportivo: es social.”
La AFA no es un problema de fútbol: es un problema de poder. Y como todo problema de poder en la Argentina, se explica menos por lo que se ve en la cancha que por lo que sucede fuera de ella. Durante años se la trató como una “asociación civil” pintoresca, un club de clubes, un ente deportivo casi folklórico. Esa ingenuidad (real o fingida) permitió que se consolidara como una estructura paralela al Estado, con vínculos profundos y persistentes con la política partidaria, con los gremios más influyentes y con un poder judicial que, lejos de actuar como contralor, muchas veces terminó siendo parte del decorado o del engranaje.
La AFA es un caso de estudio perfecto de corrupción estructural: no depende de una persona, ni de una gestión puntual, ni siquiera de una ideología. Funciona porque el sistema entero la tolera, la utiliza y, cuando conviene, la protege.
El fútbol argentino mueve dinero, prestigio, lealtades y miedo. Mucho miedo. Por eso la política nunca estuvo ausente: intendentes, gobernadores, legisladores y funcionarios nacionales han entendido desde hace décadas que el fútbol es una herramienta de construcción territorial más eficaz que cualquier comité. Los gremios, por su parte, encontraron en los clubes y en la AFA un espacio ideal para extender poder, negociar favores y blindar intereses.
El poder judicial, que debería ser el último bastión de independencia institucional, aparece demasiadas veces cruzando líneas que no debería cruzar: jueces y fiscales integrando comisiones, consejos disciplinarios, tribunales deportivos o estructuras “honorarias” dentro de estas asociaciones civiles. El decoro institucional, bien gracias. La imparcialidad, archivada. El único color que deberían defender -celeste y blanco- queda relegado frente a la pasión por los colores del club, las relaciones personales o los beneficios simbólicos y materiales que ofrece el ecosistema del fútbol.
Pero si la AFA ya resulta preocupante, la FIFA eleva el problema a una escala todavía más inquietante. ¿En qué momento aceptamos como normal que un organismo internacional esté, en la práctica, por encima de la soberanía nacional? ¿Cómo se explica que no se pueda investigar a fondo, como a cualquier persona física o jurídica, a las organizaciones del fútbol sin que aparezca la amenaza de sanciones, intervenciones o expulsiones?
La FIFA se presenta como guardiana del deporte, pero opera como un Estado sin territorio, con reglas propias, tribunales propios y una capacidad de presión que pocos gobiernos se animan a desafiar. No se trata de teorías conspirativas: se trata de hechos. Cada vez que un país intenta avanzar seriamente sobre las estructuras del fútbol, la respuesta es la misma: “autonomía”, “no injerencia”, “riesgo de sanción”. Un eufemismo elegante para decir: no se metan.
La pregunta incómoda no admite eufemismos: ¿qué esconde el deporte que mueve más pasiones en el mundo? ¿De verdad es casual que una actividad con semejante penetración emocional, social y mediática se haya convertido en una de las autopistas menos vigiladas -y por eso más eficaces- para el lavado de activos provenientes de las prácticas ilícitas más diversas?
El fútbol es el camuflaje perfecto para lo indecible: contratos obscenamente inflados, triangulaciones opacas, retornos, favores cruzados, disciplinamiento social y dinero que entra sucio y sale “legitimado” por un gol. Todo envuelto en camisetas, himnos, épica y relatos edulcorados de sacrificio y pertenencia. Y cuando alguien se atreve a correr el velo, la reacción es automática: “antifútbol”, “no entendés la pasión”, “querés arruinar lo único que nos une”. Una coartada emocional impecable para blindar lo indefendible.
El caso del fútbol muestra cómo la corrupción se vuelve invisible cuando se disfraza de emoción colectiva. También deja una conclusión incómoda: ninguna estructura de poder se mantiene sin la aceptación -explícita o silenciosa- de la sociedad. Lo más doloroso es esto último: en la Argentina, frente a esta mezcla corrosiva, la sociedad parece anestesiada.
Nos indignamos por consignas importadas, por discusiones ideológicas anacrónicas que nos dividen en bandos estériles, pero cuando los temas sociales son de relevancia superlativa -institucionalidad, justicia, soberanía, ética pública- la reacción es el silencio. “Total a mí no me afecta”, “es solo fútbol”, “hay cosas más importantes”. Precisamente ahí está el error: que sea fútbol no lo vuelve menos grave; lo vuelve más revelador.
La domesticación social argentina es un desgaste permanente. La movilización aparece -con rapidez y estridencia- cuando se toca el bolsillo de las estructuras de poder y de sus negociados, cuando se rozan privilegios corporativos o cajas históricas; pero cuando el ajuste, la presión fiscal o la pérdida de derechos golpean al trabajador y al ciudadano común, el tema desaparece de la agenda pública. Y ni siquiera ese daño cotidiano garantiza hoy reacción: los bolsillos están vaciados y las conciencias, saturadas.
Vivimos encapsulados en una catarata de noticias irrelevantes, escándalos de consumo rápido, pantallas de TikTok e Instagram que reducen la realidad a fragmentos de segundos, y gurúes de ocasión que, sin formación ni responsabilidad, venden felicidad instantánea, éxito sin esfuerzo y una piedra filosofal emocional diseñada para no pensar. Pensar incomoda. Indignarse agota. Y el sistema -que necesita una sociedad dócil antes que una ciudadanía crítica- lo sabe y lo explota.
En ese terreno fértil para la distracción permanente, el fútbol no solo acompaña: capitaliza. Funciona como anestesia colectiva y coartada social. Se discute una alineación con más vehemencia que un presupuesto público; se toleran barras bravas como actores “inevitables”, aunque sean estructuras criminales con protección política y sindical; se naturaliza que dirigentes eternizados administren instituciones millonarias sin controles reales; y se acepta que jueces y fiscales crucen fronteras éticas porque “son hinchas como cualquiera”.
No: no son como cualquiera. O no deberían serlo. El amor por los colores no puede estar por encima del amor por la ley.
La responsabilidad no es solo de los dirigentes, ni de la FIFA, ni de la AFA. Es también social. Por omisión, por cansancio o por conveniencia. Ser cómplice no siempre implica participar activamente: muchas veces alcanza con mirar para otro lado. La corrupción estructural se alimenta de esa indiferencia. Y lo más grave es que, cuando finalmente estalla, ya no sorprende a nadie. Nos limitamos a decir “y sí, era obvio”, como si la obviedad nos eximiera de responsabilidad.
Cerrar los ojos frente a lo que ocurre en el fútbol es cerrar los ojos frente a una radiografía brutal de nuestras prioridades como sociedad. Si no somos capaces de exigir transparencia, justicia e independencia institucional en el ámbito más visible y popular del país, ¿dónde lo vamos a exigir? Si aceptamos que un organismo internacional esté por encima de nuestras leyes, ¿qué queda de la soberanía? Si toleramos que quienes deben impartir justicia se mezclen con intereses privados, ¿qué queda de la República?
La conclusión es tan simple como incómoda: la sociedad no puede ni debe seguir siendo cómplice, ni por omisión ni por connivencia. El fútbol no es una excusa para la decadencia; es una alarma. Ignorarla no nos hace más pragmáticos ni más realistas, solo más funcionales a un sistema que se perpetúa porque sabe que, al final del día, la mayoría prefiere mirar el partido antes que mirar el problema.
Y así, entre goles, pantallas y consignas vacías, la corrupción sigue ganando por goleada.
Continuará…
Queridos lectores:
Cerramos el año con la sensación de haber transitado juntos un tiempo intenso y necesario. Esta columna no existiría sin su lectura atenta y ese compromiso, cada vez más valioso, de detenerse a pensar cuando todo invita a pasar de largo. Gracias por eso.
Se vienen días de encuentro y balance. Ojalá las fiestas los encuentren rodeados de afectos y con la esperanza intacta de un nuevo comienzo. Que el año que inicia nos permita reencontrarnos con debates honestos, reflexión profunda y una mirada crítica sobre la realidad.
Los espero en marzo del año próximo, con más preguntas que respuestas y la misma vocación de mirar de frente, sin anestesia ni atajos.
Les deseo a ustedes y a sus familias un excelente comienzo de año. Que Dios bendiga sus hogares.
Felices fiestas y hasta entonces.

Cuando el u’ltimo y ma’s in claudicable bastio’n fracasa o se rinde,(la justicia)poco y nada se puede esperar de los resultados y cambios.
Comparto Juan Luis Roca tu comentario la politica es muy difícilnde controlar porque son años de prepotencia y autorirarismo por eso se necesita de una Justicia fuerte y justa sin deudas con el poder político. En cuanto a la AFA es una verguenza que sea tan difícil de controlar por la imposicion de la FIFA.