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Comunicación total y neonarcisismo

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Por Susana Maidana.

Cuando la razón deja de ser fundamento, la subjetividad queda expuesta a nuevas formas de fragilidad y nuevas modalidades de control.

Asistimos desde hace décadas a una transformación profunda en la manera de concebir el mundo, los otros y a nosotros mismos. El pasaje de la modernidad a la posmodernidad no debe entenderse como una simple sucesión cronológica, sino como un proceso que reconfigura categorías centrales del pensamiento: razón, verdad, progreso, sujeto, ética. La modernidad sostenía una confianza firme en la capacidad de la razón para orientar la ciencia, la política y la moral, y para establecer principios universales que trascendieran contextos históricos particulares. La posmodernidad, en cambio, se caracteriza por una razón debilitada, que ya no pretende fundar verdades absolutas ni ofrecer horizontes unificados, sino reconocer la pluralidad de perspectivas y la imposibilidad de una síntesis totalizadora.

Este desplazamiento no es producto de una sola causa, sino del entrecruzamiento de transformaciones científicas, sociales y culturales. En el ámbito del conocimiento, la crisis de la objetividad —derivada de los avances de la física contemporánea, la crítica al determinismo y la revisión del modelo del sujeto transparente— socava la idea de una racionalidad que avanza de modo lineal y acumulativo. Thomas Kuhn profundiza este cuestionamiento al sostener que la ciencia progresa mediante rupturas que sustituyen un paradigma por otro, revelando así que no existe un método único que asegure la continuidad del saber, sino una dinámica compleja donde las revoluciones científicas modifican los criterios de verdad.

A ello se suman los acontecimientos históricos que debilitaron la fe moderna en el progreso: las guerras mundiales, la caída de los imperios coloniales, las crisis económicas, el impacto de la tecnología sobre la vida cotidiana, la degradación ambiental, la inestabilidad política y la fractura de los grandes relatos emancipatorios. La historia deja de percibirse como una marcha ascendente guiada por la razón y se convierte en un escenario de tensiones múltiples que no encuentran integración en un sentido unitario.

En el plano filosófico, Vattimo sintetiza esta mutación en su noción de pensamiento débil. La modernidad se desmorona cuando deja de ser posible sostener la idea de una historia unitaria y de un progreso universal. Marx, Nietzsche y Benjamin anticipan esta fractura al demostrar que toda perspectiva histórica está condicionada por intereses y fuerzas que impiden la neutralidad. Pero el factor decisivo en la disolución del sentido fuerte de la historia, según Vattimo, es la expansión de los medios masivos de comunicación, que multiplican las voces, diversifican los relatos y exponen la heterogeneidad cultural. La realidad ya no aparece organizada bajo un único horizonte interpretativo, sino atravesada por una pluralidad de discursos que debilitan la pretensión de un fundamento absoluto.

En este contexto, Lyotard observa que el estatuto del saber cambia de modo radical. Lo que antes se concebía como un valor de uso orientado a la búsqueda de verdad, se transforma en un valor de cambio sometido a la lógica del mercado. El saber se produce, circula y se consume como mercancía; compite por ocupar espacios en un mercado globalizado de información. La aceleración comunicacional sustituye la reflexión pausada por la inmediatez, lo que repercute directamente en la formación del sujeto, cuya relación con el conocimiento se vuelve fragmentaria y volátil.

La sociedad de la comunicación, idealmente destinada a transparentar la realidad, produce un efecto paradójico: en lugar de clarificar, opaca. Las imágenes, relatos y representaciones que proliferan en los medios separan al sujeto de la experiencia directa y lo configuran como receptor saturado. Esta saturación informativa, lejos de ampliar la comprensión del mundo, genera indiferencia, inacción y una vida vaciada de sentido. La capacidad de elegir disminuye a medida que aumenta la oferta, y la cultura de la imagen termina por desplazar al libro como forma privilegiada de conocimiento.

Lipovetsky describe este fenómeno como “la era del vacío”: una cultura descentrada, materialista y heteróclita, que abandona los ideales fuertes y se repliega sobre la esfera privada. Cuidar la salud, preservar la situación material, gestionar el bienestar emocional: estas preocupaciones reemplazan a las aspiraciones éticas y políticas que habían estructurado la modernidad. La subjetividad posmoderna privilegia el presente inmediato y pierde el sentido de continuidad histórica, erosionando la relación con las generaciones pasadas y futuras.

Bauman profundiza esta lectura al caracterizar la modernidad líquida como un estado en el cual los vínculos se vuelven frágiles y transitorios. El trabajo, las relaciones afectivas y las identidades se viven bajo el signo de la inestabilidad. La sociedad de consumo promete felicidad, pero depende de que el deseo permanezca insatisfecho para sostener el ciclo económico. La vida humana se transforma así en producto de consumo, y el yo en un objeto que debe renovarse continuamente para mantener su valor en un mercado simbólico que no se detiene.

En este escenario emerge el neonarcisismo, que no es simplemente una intensificación del narcisismo clásico, sino una forma estructural de subjetividad acorde con la fragmentación posmoderna. Lejos de fortalecer la identidad, la sobreexposición del yo produce un vaciamiento que se expresa en la dificultad para construir proyectos estables y en la dependencia de fuentes externas de validación. La saturación de información y la proliferación de estímulos generan una subjetividad dispersa, cuyo centro se debilita a medida que crecen las demandas de autoobservación y autenticidad.

La ruptura de la modernidad prometía liberar al individuo de estructuras rígidas y de modelos identitarios cerrados. Sin embargo, esa misma disolución de certezas produjo un tipo de subjetividad que, al desvincularse de los anclajes tradicionales, no solo perdió continuidad histórica, sino también la densidad que esos marcos solían otorgar a la experiencia. La fragmentación posmoderna, lejos de consolidar una libertad sólida, estableció formas de autonomía más frágiles y expuestas, en las que el sujeto se ve obligado a recomponerse continuamente a partir de imágenes, estímulos y narrativas que no terminan de sedimentar. En lugar de ampliar la esfera del sentido, esta dispersión genera un yo más vulnerable, tensionado por una multiplicidad de demandas que dificulta la construcción de proyectos estables y la inscripción en horizontes colectivos de significación.

El neonarcisismo, así entendido, no representa un simple repliegue individualista, sino la respuesta subjetiva a un contexto que debilita los marcos de referencia y convierte la identidad en un proceso incesante de reconstrucción. El yo se convierte en una superficie móvil, saturada de información pero carente de profundidad, expuesta a un flujo continuo de estímulos que reemplazan las preguntas por el impacto inmediato. En esta dinámica, la subjetividad posmoderna pierde la consistencia que la modernidad asociaba a la razón y adopta una forma marcada por la dispersión, la incertidumbre y la dependencia de los mecanismos de visibilidad.

Lejos de tratarse de un fenómeno anecdótico, el neonarcisismo expresa la condición estructural de la subjetividad contemporánea: un yo que intenta afirmarse en un mundo donde los vínculos se vuelven inestables, los sentidos se fragmentan y la experiencia se integra cada vez más en circuitos de comunicación que exigen exposición, rapidez y adaptación permanente. El resultado es un sujeto que, en la búsqueda de sí mismo, termina orbitando alrededor de una imagen que nunca se estabiliza, reflejo de una época en la que la identidad se produce y se disipa con la misma velocidad que circula la información.

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