Por María José Mazzocato.
En las últimas horas, la relación entre Estados Unidos y Venezuela ha escalado rápidamente hasta rozar un punto crítico que muchos analistas definen como uno de los momentos más delicados de la política estadounidense en décadas. El origen de esta alarma no proviene de un comunicado oficial de la Casa Blanca ni de una votación en el Congreso de los Estados Unidos, surge de las declaraciones del periodista Tucker Carlson, figura mediática ultraconservadora de amplio alcance, quien afirmó que el presidente Donald Trump anunciaría la guerra con Venezuela durante un discurso a la nación previsto para la noche del 17 de diciembre de 2025.
Carlson, expulsado de Fox News en 2023 y actualmente presente en plataformas alternativas, aseguró que miembros del Congreso habían sido informados de un conflicto inminente y que Trump lo haría público en una alocución televisada, aunque él mismo reconoció no tener certeza sobre el anuncio.
Más allá del reporte de Carlson – que puede leerse, con cautela, como una predicción mediática más que un hecho confirmado por órganos de gobierno – la realidad objetiva es que las tensiones entre Washington y Caracas han venido aumentando. En fechas recientes, la administración Trump ordenó un “bloqueo total” de buques petroleros sancionados que entran o salen de Venezuela, una medida inusual que mezcla lenguaje bélico con sanciones económicas y que muchos expertos legales consideran potencialmente equivalente a un acto de guerra bajo el derecho internacional.
A esto se suman ataques militares estadounidenses contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico en la zona del Pacífico y el Caribe, que han provocado decenas de muertes y una profunda preocupación diplomática en Caracas y entre observadores internacionales.
Hasta el momento de redactar esta nota, la Casa Blanca no ha confirmado una declaración formal de guerra ni ha emitido una orden legal específica para un conflicto abierto con Venezuela. El discurso de Trump – que sigue programado para abordar aspectos de su gestión y visión para los próximos años – aún podría no contener ninguna declaración bélica definitiva, lo que Carlson transmitió fue, de hecho, una interpretación o alerta basada en fuentes no oficiales.
Desde Caracas, el presidente Nicolás Maduro y altos funcionarios venezolanos han denunciado estas acciones como parte de una “diplomacia de la barbarie” y amenazas de carácter colonial. La respuesta venezolana incluye escoltas militares a sus buques petroleros y llamados al respeto de la soberanía regional, así como apelaciones al Secretario General de la ONU para que intervenga en la crisis.
Por su parte, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas ha enfatizado la importancia de privilegiar el diálogo y evitar una escalada militar, recordando que un conflicto armado en América Latina carece de justificación clara y podría tener consecuencias devastadoras para la paz en la región.
El caso pone en evidencia, una vez más, la fragilidad del ecosistema informativo internacional, donde voces mediáticas con gran audiencia pueden generar narrativas de alcance global que, sin confirmación oficial, terminan tensionando aún más relaciones diplomáticas frágiles.
Tucker Carlson, aunque influyente en ciertos sectores del espectro político estadounidense, no representa un canal oficial de comunicación del gobierno, y sus afirmaciones deben interpretarse con la cautela que exige cualquier noticia de alto impacto y baja verificación institucional.
Desde una perspectiva crítica, vale preguntarse si la circulación de rumores sobre una guerra beneficia más a quienes buscan polarizar discursos que a quienes efectivamente toman decisiones de Estado. La tensión entre Washington y Caracas está envuelta en viejos conflictos geopolíticos, intereses energéticos y disputas ideológicas profundas; sin embargo, una declaración de guerra es un acto formal que, por definición, debe surgir de procesos transparentes y no de anticipaciones mediáticas.
Mientras la comunidad internacional observa con atención la posibilidad – o el espejismo –de un anuncio de guerra, la realidad en terreno diplomático parece más compleja que una simple declaración. Más que una guerra formal, los hechos recientes muestran una escalada de acciones hostiles, sanciones económicas y movilización militar que pueden ser interpretadas como preludio a un conflicto mayor, pero que aún no han cruzado el umbral institucional que convierte un rumor en política de Estado.
