Por Walter Bernal.
Fue en julio del 2003. Hacía mucho frío. Eran las 19.00 horas cuando recibimos una denuncia: un hombre manifestaba haber recibido un llamado extorsivo de un NN. masculino, en tono amenazante. Le dijeron que su amigo, Juan Carlos Toledo, dueño de un aserradero en la zona sur de la Provincia de Buenos Aires, había sido secuestrado. La condición era clara: debía juntar la suma de cinco mil dólares para su liberación, de lo contrario lo matarían.
De inmediato comenzamos con la investigación. Se intervinieron los teléfonos de la víctima y de su amigo, mientras el oficial de guardia lo asesoraba en cada comunicación. A mí me ordenaron dirigirme hasta el aserradero, en Quilmes, para obtener más información y ampliar el panorama.
Una vez en el lugar, el sereno refirió que el dueño se había retirado con su vehículo Volkswagen Golf gris, 0 km (recientemente adquirido), a las 17.45 horas. El secuestrador seguía en contacto con el pagador, y desde la SIDE nos informaban sobre la zona de activación del teléfono extorsionador, el cual funcionaba con un chip trucho, registrado a nombre de otra persona con DNI falso. Los delincuentes estaban apurados: querían resolver la liberación cuanto antes y negociaban hasta la última moneda.
Las antenas mostraban movimiento constante en zonas de Quilmes, Bernal, Don Bosco, Wilde y Villa Domínico. A las 23.30 horas, los secuestradores le preguntaron al pagador cuánto dinero había conseguido. Apenas llegaba a ochocientos dólares. El extorsionador aceptó y le ordenó acercarse a la estación de Wilde.
Las brigadas nos desplegamos en las inmediaciones, y permanecimos encubiertos, durante dos horas. En ese lapso, un Peugeot 504 blanco tripulado por una pareja pasó varias veces por el lugar. Mi experiencia y olfato, me decían que eran ellos. Le advertí al suboficial que conducía:
—Son estos. Vamos a seguirlos a distancia.
Ya eran la 1.30 de la madrugada cuando el amigo de la víctima recibió un nuevo llamado: debía dirigirse a la estación Villa Domínico del Ferrocarril Roca. En ese instante, el Peugeot aceleró hacia el lugar. Mi teoría se confirmaba.
Los seguimos hasta las inmediaciones y nos detuvimos en un punto donde no pudieran vernos. La comunicación se volvió más tensa: los secuestradores ponían al habla al cautivo, que gritaba mientras lo golpeaban con las armas:
—¡Pagá que me matan, te lo pido por mi familia!
Avisé por radio que procedería a interceptar al Peugeot blanco. Preparamos nuestras armas; además de la pistola reglamentaria llevaba conmigo una ametralladora FM K3 9mm, me puse el chalecos antibalas y nos lanzamos a la acción.
El Peugeot se percató de que lo seguíamos y comenzó a huir a gran velocidad por la avenida Ramón Franco, paralela a las vías del tren. Encendimos balizas y sirena, e informamos al Comando de Investigaciones Federales: “Móvil 455, en Prioridad, persecución de rodado Peugeot 504, color blanco, dominio colocado SAP764, motivo: secuestro extorsivo”.
Nuestro móvil se emparejó con el vehículo. Apunté al conductor con la ametralladora y le ordené detenerse. Ignoró la voz de alto y aceleró más, hasta que lo encerramos y nos colisionó, ambos vehículos fuimos a parar sobre la vereda. La trompa del Peugeot presionó mi puerta, impidiéndome salir del habitáculo. Tuve que escalar por la ventanilla, subirme al capó del Peugeot y gritar:
—¡Policía Federal! ¡Las manos arriba!
La pareja acató las órdenes. Los descendimos y procedimos al interrogatorio por separado. Eran jóvenes, de contextura menuda. El conductor lloraba, decía no entender, aseguraba tener 17 años. Por un momento dudé. Su documento lo acreditaba como menor ¿y ahora?, ¿ que hago?. Me preocupé. Pero enseguida mi chofer se acercó y me dijo:
—Son ellos – La chica lo había confesado: sus cómplices andaban con el auto de la víctima por la zona de Quilmes y Bernal.
El documento del joven era falso. En realidad tenía 25 años, aunque parecía un adolescente. Avisamos por radio, y minutos después otra de las brigadas localizó el Golf gris. Se desató otra persecución: los secuestradores dispararon contra el móvil policial, y hubo intercambio de fuego. Uno de ellos saltó del auto en movimiento, disparando contra el personal y fue herido en la pierna izquierda. El conductor también arrojó su arma y se tiró del vehículo, después de varias revolcadas se entregó.
El Golf gris, sin conductor, seguía su marcha cuesta abajo con las puertas abiertas como si tuviera vida propia. Uno de los Subinspectores, llamado Fran, envalentonado, saltó del móvil y se subió al auto en movimiento.
—¡Qué hago! —gritó desesperado, con las manos en el volante.
—¡Apretá el freno..! —le respondieron a coro, casi como hinchas de fútbol alentando desde la tribuna.
El problema era que Fran, no sabía manejar. Lo veían forcejear con los pedales, apretando cualquier cosa menos el freno, el Golf zigzagueaba en bajada, y el auto avanzaba a toda velocidad contra un poste de alta tensión.
Fran, parecía un chico jugando a los autitos, con los brazos rígidos y su cara de desesperación, mientras el resto del personal gritaban desde afuera como si pudieran salvarlo a la distancia. El desenlace fue inevitable, ¡lo chocó! contra el poste. El frente del Golf quedó hecho un acordeón, comenzó a salir humo, pero milagrosamente, el Subinspector salió ileso… y con la vergüenza de haber demostrado que su examen de manejo todavía lo tenía pendiente.
Cuando el operativo parecía haber concluido, se escucharon lamentos que provenían desde el baúl. Entre los asientos traseros y la luneta, aparecieron unas manos, como en las película de terror, tratando de liberarse de su tumba. Era la víctima quien milagrosamente, no había recibido disparos ni sufrido heridas en el choque. Pero lo trágico fue que al enterarse de que su vida valía apenas ochocientos dólares, y que la reparación de su vehículo costaría más de cinco mil, se largó a llorar desconsoladamente.
