Por Milagros Santillan.
No hay amor, hay pruebas de amor.
Roland Barthes.
El verano hace algo simple y brutal: reduce la distancia entre el cuerpo y el mundo.
Menos ropa, más piel. Menos capas, más verdad.
En la playa, el cuerpo deja de esconderse. Se estira, transpira, se muestra. No necesariamente para seducir a alguien, sino para recordarse deseable. El calor no pide permiso: activa, despierta, desarma defensas. Y en ese escenario, el deseo circula distinto.
El verano erotiza lo cotidiano. Una toalla compartida, la sal secándose en la piel, el roce inevitable en una fila, una mirada que dura medio segundo más de lo necesario. No pasa nada… y sin embargo pasa todo por dentro. El cuerpo entra en un modo más primario, más sensorial, menos reflexivo.
Desde la sexología lo sabemos: el calor aumenta la sensibilidad corporal, la luz prolonga el estado de alerta placentera y la poca ropa vuelve al deseo más visual, táctil, inmediato. No es casual que en verano tengamos más fantasías, más impulso, más ganas de probar. El cuerpo está menos contenido, más disponible.
Pero disponible no significa entregado. Significa presente. El verano no exige profundidad, pero sí autenticidad. Lo que no vibra se siente forzado. Lo que sí, se nota rápido. Por eso en esta época muchas personas se permiten jugar más, desear sin tanta culpa, vivir encuentros que no prometen futuro pero sí intensidad.
Y está bien.
El deseo de verano no siempre quiere historia: a veces quiere instante. Un beso salado. Una risa nocturna. Un cuerpo que acompaña el calor sin pedir explicaciones. El problema no es la fugacidad, sino fingir que no sabemos que lo es.
El verano nos devuelve algo esencial: el permiso de habitar el cuerpo sin tanta narrativa. De disfrutar sin justificar. De sentir sin traducirlo todo en palabras. De estar en la piel, ahora.
Tal vez no sea la estación del amor eterno.
Pero sí la del deseo honesto.
Y a veces, eso alcanza para volver a sentirnos vivos.
