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Sobre el capital erótico femenino

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Por Rocio Barbieri.

Según el sociólogo Pierre Bourdieu, existen tres tipos de capital: el capital económico, el capital cultural y el capital social. Dinero, conocimiento, contactos. La santísima trinidad del ascenso social. Pero según la socióloga Catherine Hakim, existe un cuarto capital. Uno tan evidente como inquietante, tan determinante como negado. Este es, el capital erótico. 

En su libro “El capital erótico: el poder de fascinar a los demás”, Hakim define al capital erótico como una mezcla nebulosa, una alquimia humana que convierte a ciertas personas en naturalmente magnéticas y deseables. Lo compone la belleza y presencia física, el carisma, el estilo, entre otras aptitudes sociales. 

Cualquiera puede tener este capital. Pero siendo honestos, las mujeres lo poseen en mayor cantidad y con mayor facilidad. Por eso me centraré particularmente en el capital erótico femenino. Sobre él, Hakim explica en base a una ardua recolección de datos sociológicos, que el patriarcado se ha esforzado mucho por esconderlo. Ello bajo una niebla moralizadora que controla la forma de vestir y comportarse en público de las mujeres. 

Tal vez por esto es que se ha instalado hace ya mucho tiempo, como un sesgo, que la belleza puede ser enemiga de la inteligencia. Como si el tiempo que una mujer invierte en su imagen, sería tiempo robado a su genio. Sobre esto, invito a ver la divertida película legally blonde. Incluso cierta rama radical del feminismo, todavía trata con desprecio al atractivo. Puesto que se redujo a la expresión de belleza femenina como un rol que se cumple por y para los hombres. Si bien comprendo los motivos, creo que esa creencia es demasiado simplista.

Lo cierto es que si una mujer utiliza su capital erótico, esto se castiga. Se minimizan méritos, se la acusa de manipulación, se sospecha de sus logros. Ciertamente, se la hace sentir culpable, inescrupulosa. Es que la culpa es un mecanismo de control muy eficiente, puesto que la sociedad -o bien el patriarcado- quiere que las mujeres no utilicen su capital erótico conscientemente. ¿Es que ello implicaría admitir, que existe cierta debilidad masculina de la que se puede sacar ventaja? Dejo la respuesta  a su criterio.

Por otro lado, hay dos preguntas que me gustaría intentar responder: ¿De quien depende realmente el capital erótico femenino? ¿Y puede este capital convertirse en un arma de doble filo? Pues bien, por lo primero, cabe reconocer que el precio lo pone el mercado. El capital erótico vale porque existe una demanda constante de belleza, atractivo y encanto en todos los espacios sociales y profesionales. Vale en la medida en que otro lo percibe, lo reacciona y lo interpreta como valioso. Pero por otro lado, quien administra ese capital, sigue siendo la misma mujer que lo posee. Por eso, cuando la mujer toma conciencia de él, puede evitar que otro lo explote como desea. 

Por lo segundo, lo cierto es que sin dudas puede volverse un arma de doble filo. Cuando el capital erótico se utiliza como búsqueda de aprobación o afecto de cualquier tipo, cuando se pretende convertirlo en la única fuente de valor y por supuesto, cuando el sistema patriarcal hace lo suyo: generando celos entre mujeres y sexualizándolo todo. 

Algunos tildan a la socióloga Hakim de tener una visión mercantilista y prostibularia de las relaciones. Pero no podemos negar, que hablar de este fenómeno revela una verdad incómoda a fin de comprender mejor a la sociedad actual. Una sociedad que se organiza y moviliza alrededor de capitales.

  Por lo demás, debo decir que concuerdo con la autora en la necesidad de que cada mujer tome conciencia de su capital erótico. No lo oculten ni lo denigren, mucho menos lo regalen. Cultívenlo y poséanlo sin culpa a pesar de sus riesgos. Conviértanlo sin miedo, en el arte de ser encantadoras. 

 

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