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El arte de administrar la muerte

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Por Fabricio Falcucci.

“El poder contemporáneo no se limita a administrar la vida; también decide quién puede morir y en qué condiciones”. Con esa frase inquietante, el filósofo camerunés Achille Mbembe describió lo que llamó necropolítica: la capacidad de los sistemas de poder para organizar la muerte como parte de su racionalidad política.

La pregunta incómoda es inevitable: si la humanidad conoce tan bien el horror de la guerra, ¿por qué vuelve una y otra vez a ella?

Durante siglos las guerras se explicaron como rupturas excepcionales, momentos en los que la diplomacia fracasaba y la violencia ocupaba su lugar. Sin embargo, la historia reciente sugiere algo menos tranquilizador. Las guerras no desaparecen. Se transforman, se modernizan y reaparecen con nuevas justificaciones.

Cambian los enemigos, cambian los discursos, cambian las banderas.
La lógica permanece.

Cada guerra comienza con palabras nobles: seguridad, defensa, estabilidad, libertad. Ninguna guerra se presenta como lo que realmente es. Todas se anuncian como inevitables, necesarias o preventivas. Sin embargo, cuando se observan con cierta distancia histórica aparece un patrón difícil de ignorar. Los conflictos suelen surgir allí donde se cruzan intereses estratégicos, innovaciones tecnológicas y grandes intereses económicos.

El filósofo francés Paul Virilio lo señaló con crudeza: cada avance técnico implica también una nueva forma de destruir. Así como la modernidad aceleró los transportes, las comunicaciones y la circulación de la información, también aceleró la capacidad de matar.

Muchas tecnologías que hoy parecen indispensables nacieron o se desarrollaron en contextos militares. Satélites, drones, algoritmos, sistemas de navegación y numerosos desarrollos informáticos tienen su origen en investigaciones financiadas por la guerra. La violencia funciona desde hace décadas como uno de los laboratorios más poderosos de innovación.

Pero la dimensión tecnológica es solo una parte del problema. Existe otra dimensión mucho menos mencionada, pero fundamental: la económica.

La guerra moviliza presupuestos gigantescos, activa cadenas industriales complejas y sostiene uno de los mercados más estables y desarrollados del mundo: el de las armas. Mientras millones de personas viven en condiciones de pobreza o exclusión, los gastos militares globales alcanzan cifras cada vez más altas. Los recursos existen. Lo que cambia es la prioridad con la que se utilizan.

La industria armamentística se ha convertido en uno de los negocios más persistentes de la historia moderna. Cambian los conflictos, cambian los adversarios y cambian los escenarios. Los contratos, en cambio, se renuevan con notable regularidad.

En ese contexto, la intolerancia cumple un papel fundamental. Las guerras necesitan enemigos claros, identidades rígidas y narrativas simplificadas. Para que la guerra resulte posible primero hay que convencer a las sociedades de que el otro representa una amenaza. La deshumanización es siempre el prólogo de la violencia.

La paradoja es evidente. Nunca hubo tanta información sobre los horrores de la guerra y, al mismo tiempo, nunca existieron tantas herramientas capaces de amplificar el miedo, la polarización y el odio. Las guerras se condenan en los discursos, pero se preparan en los presupuestos. Se lloran en los monumentos, pero se negocian en contratos.

En el negocio de la guerra los perdedores suelen ser siempre los mismos: los soldados enviados al frente, los civiles atrapados en los bombardeos, los pueblos desplazados, las generaciones marcadas por el trauma.

Los ganadores casi nunca aparecen en las fotografías de las trincheras.

Quizás por eso las guerras siguen regresando. No porque la humanidad haya olvidado sus consecuencias, sino porque existen estructuras políticas, económicas y culturales que continúan haciéndolas posibles.

Nelson Mandela advirtió alguna vez que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. El odio se aprende. Y todo lo que se aprende también puede desaprenderse.

La pregunta es si la humanidad estará dispuesta a hacerlo antes de la próxima guerra.

3 COMENTARIOS

  1. Excelente ,tan cierto que hasta duele porque cada instante de vida que pasa cada ser humano está hoy en día condenado a que el poder anuncie una guerra que ni siquiera es necesaria.

  2. Excelente artículo!!!. La deshumanizacion es el prólogo de las guerras explícitas y también la silencio que no reconocen al Otro como un legítimo Otro.

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