El circo

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Por Fabián Soberón.

En el principio fue el circo y la música. Las lecturas y la escritura vinieron después.

En el fondo de mi casa armábamos un circo con los amigos del barrio. El espectáculo reunía a un malabarista, un payaso, un chico que improvisaba canciones y un baterista. Gritos, golpes, estruendos y risas se mezclaban en el aire limpio entre la palta y la morera. Lejos, en la calle, sonaba el escape rancio de los autos y los ladridos del león, el bravo perro del vecino. Seguramente había otros oficios, pero la memoria está hecha de la materia huidiza del olvido y solo puedo retener algunos instantes de la fiesta. También había competencias deportivas: entregábamos unos trofeos construidos por los participantes del circo, compuestos de cartón, papel dorado y pegamento.

Cada vez que tengo conmigo las imágenes fugaces de aquellos encuentros alegres, una sonrisa se vuelve un torrente entre mis labios. En aquellos años no podía imaginar que la lectura se convertiría en el sentido de mis días. Salvo los libros de mi tía —y el perro salchicha del barrio de Flores y las decenas de cuentos que contó en la cama, durante las acaloradas siestas veraniegas— no hubo muchos libros en mi niñez.

La osadía estaba ligada al descontrol y a la negación del tiempo: actuar, inventar, correr, saltar los límites de la realidad inmediata. Eso era la libertad en aquel tiempo beige: el aire fresco que pegaba en la cara, las vueltas infinitas de las ruedas propulsadas por los pedales de la bicicleta, el barrilete que se elevaba presuroso por el viento de agosto.

El circo continúa hoy en el set, en los rodajes de los proyectos cinematográficos. Las lecturas tuvieron que esperar hasta la adolescencia tardía.

Durante el secundario escuchábamos discos de vinilo en la habitación de mi casa materna. Los muchachos se sentaban en el dintel angosto de la ventana y hablábamos de Deep Purple, Pink Floyd y Led Zeppelin mientras crepitaban los surcos en el winco. En ese ajetreo mi tía Amalia Soberón me prestó dos libros: Psicología de la adolescencia, de Jean Piaget, y las Obras selectas de Nietzsche. Estos libros dispararon, por primera vez, mi futura voracidad. Me interné en las páginas, investigué e imité la prosa sincopada de Nietzsche. Escribí un defectuoso diario filosófico, un proyecto elemental y fatuo. Felizmente nunca pensé en publicar el engendro. Ya en la Facultad escribí poesía, rústica, y en medio del camino incipiente apareció Borges, su prístino perfil. Bajo su clara sombra pergeñé el proyecto de una pieza narrativa.

En el momento en que la sombra se agigantaba y se convertía en un serio obstáculo apareció el salvador —el ayudante parricida—: el portugués Fernando Pessoa. Pessoa se convirtió en el súbito aluvión de un rincón insospechado y desafiante. Desde aquel día las siluetas espectrales discuten con múltiples fantasmas en la frontera sinuosa de la imaginación.

Borges me dio una biblioteca. Su larga sombra implicó leer con esmero los autores que él había leído, los que recomendaba sin propinar un mandato. Más adelante, la lectura de sus cuentos y de sus ensayos me indicó un modo feliz de la escritura: el uso afortunado de los adjetivos, la contundencia en las frases, la creación de personajes ligados a la tradición literaria, el cruce de géneros y la construcción de universos vinculados con la filosofía. Posteriormente, mi relación se tornó tensa, dificultosa. El vínculo problemático derivó, quizás, en mi incursión en la novela, género que él no había frecuentado y que había rechazado.

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