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Welcome to the Jungle

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Por Nadima Pecci.

El mayor mal en el mundo se comete cuando los hombres se acostumbran a él.”
Hannah Arendt.

La naturalización de conductas es el primer paso para su aceptación. Una conducta que es aceptada, aun cuando sea agraviante, injuriante o cause perjuicio, termina convirtiéndose para su autor en un derecho. O, mejor dicho, termina siendo percibida por quien la ejerce como si fuera un derecho.

Los tucumanos estamos tan acostumbrados a que nos gobiernen siempre los mismos que sus prácticas han comenzado a naturalizarse y, con el tiempo, incluso a ser aceptadas por gran parte de la población. Lo vemos durante las elecciones, donde el acarreo de votantes y lo que se denomina, con el eufemismo de “folclore”, se repite cada año, dando siempre los mismos resultados.

Cuando una práctica irregular deja de provocar indignación y pasa a ser considerada parte del paisaje político, algo más profundo ha ocurrido. No se trata solamente de tolerancia frente a la irregularidad, sino de un proceso más complejo: la sociedad comienza a adaptarse a aquello que originalmente la escandalizaba.

Ese proceso es peligroso porque altera el sentido mismo de lo que se considera normal. Lo que antes era abuso se vuelve costumbre; lo que era excepción pasa a ser regla.

Esa aceptación genera en sus autores una impunidad a la que se acostumbran y que terminan creyendo tener derecho a ejercer sobre el resto, mediante actos patoteriles avalados por el poder político.

En ese marco hemos presenciado uno de los episodios más bochornosos de la política tucumana, cuando en medio de las inundaciones un diputado de la oposición pretendió, de manera casi ingenua, llevar ayuda a los afectados, desconociendo que la ayuda solo puede ser brindada por aquellos que son responsables de la tragedia que están viviendo.

Porque en Tucumán la ayuda no es solamente ayuda. También es poder.

Ellos son los dueños del asistencialismo. Son quienes causan el daño y luego ofrecen el paliativo, sintiéndose con el derecho exclusivo de otorgarlo, como si nadie más pudiera hacerlo.

El mecanismo es perverso pero eficaz. La tragedia se transforma en oportunidad política. El sufrimiento se convierte en recurso de poder.

Es la muestra evidente de la utilización política de la tragedia por parte de quienes, en muchos casos, han contribuido a generarla. El asistencialismo y el populismo funcionan en nuestro país, y no es casual que en las zonas afectadas gane sistemáticamente el oficialismo que, por falta de obras de infraestructura y de políticas públicas adecuadas, provoca el daño que después pretende reparar.

El resultado es una forma de dominación silenciosa: quien controla la ayuda controla también la dependencia.

Te quiebran las piernas, pero después te regalan las muletas. Y a eso nos hemos acostumbrado.

Ojalá sean sinceras todas las expresiones de repudio que rápidamente aparecieron desde distintos sectores. Pero ojalá también se repudie la falta de políticas públicas y el uso político del sufrimiento ajeno, venga de donde venga.

Porque el problema no es solamente el abuso del poder.
El problema es cuando ese abuso deja de sorprendernos.

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