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Las manos

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Por Daniel Posse.

Contempló con satisfacción sus manos y sintió placer. Miró a la manicura y sonrió; la muchacha había aprendido que ese gesto era un signo de aprobación. Pagó la cuenta, se levantó y, mientras se colocaba la chaqueta y la gorra, observó su perfil y el brillo ostentoso de las condecoraciones.

El azul de sus ojos resplandeció con orgullo. Hizo un gesto con la boca y el entrecejo. La empleada lo miró nuevamente y le dijo:

—Hasta pronto, General.

Salió del negocio y llegó a la esquina. Antes de cruzar la calle, volvió a mirar sus manos y pensó que con ellas había construido un mundo ideal. Con ellas oró a Dios, acarició a sus hijos y apretó el gatillo las veces que creyó necesarias.

Abril había comenzado con el calor terminal de los largos veranos subtropicales. Era inevitable sudar y percibir el olor de los cuerpos que pasaban cerca.

La torre del reloj dio las cuatro de la tarde y las tiendas comenzaron a levantar las persianas. La ciudad había crecido lo suficiente como para ser una urbe mediana que, a pesar de ello, no perdía la calma de las aldeas provincianas.

Llegó a la puerta de la iglesia, se persignó y contempló con éxtasis la perfección de sus largos y puntiagudos dedos: el blanco de la piel, el rosado inmaculado de las uñas. Murmuró:

—Sin ellas no hubiera podido hacer nada por el orden.

Recordó una multiplicidad de hechos que sintetizó en decretos y en órdenes de detención que había firmado.

Cruzó nuevamente una calle y vio la plaza. Los naranjos simulaban ser manchones verdes salpicados de tintes frutales, ácidos y picantes. Nunca le gustaron los troncos marrones y menos los grises, así que ordenó pintarlos de blanco.

Sonrió al observar la limpieza del suelo y el reflejo de su imagen.

Levantó la cabeza y lo invadió el azul del cielo, que se derramaba incluso sobre los bancos. Dejó que sus pensamientos se perdieran en el contraste multicolor de los edificios de enfrente.

—El blanco y el azul son los colores de la patria —afirmó.

Cruzó otra vez, esta vez en diagonal. Al llegar al centro de la plaza, se detuvo un instante ante la estatua de la libertad, vestida con la túnica verde que él mismo había ordenado colocar. Repitió en voz baja:

—Nunca más la indecencia de lo que llaman arte.

Continuó unos metros, abriendo y cerrando un ojo. Levantó el pulgar y ensayó un juego de perspectiva que creía propio: los faroles oliva eran capullos en saludo militar. Inmerso en esa escena, pronunció:

—Firmes.

Giró y encontró la fuente, donde observó a una mujer sumergiendo las manos en el agua limpia. Se acercó y preguntó:

—¿Qué haces?

Su voz cortó el aire como un disparo. Ella levantó la mirada, rompió el rito y, al ver el uniforme azul, respondió:

—Lavo mis manos.

La voz fue clara y firme. La locura no le impidió reconocer al soldado.

Él agregó:

—¿Crees poder lavarlas ahí?

—Yo todavía puedo. Usted no, General.

44 COMENTARIOS

  1. El sentido de las manos es fuerte,pero más aún para el lector que reconoce el lugar,los faroles ,la plaza donde te inspiraste …Mejor prefiero creer que es una ficcion y no encontrarme con más dolor.Abrazos amigo.

  2. Un relato que te invita a interpelar el estar sumergidos en mundos paralelos, en veredas distintas, todos somos iguales pero todos somos diferentes. El General representa la decadencia, el paso del tiempo, los errores, las fallas, las rutinas ,el pasado que aún sigue latente y las manos, el lienzo que moldea nuestras limitaciones, la capacidad de discernir, de saber, que podemos cambiar si el cambio viene de lo más profundo de los sentimientos y los deberes, la Conciencia. Estamos al borde pero siempre con el ojo puesto en modificar lo que la sociedad interpone. Excelente e introspectivo cuento. Una maravilla, felicidades 👏

  3. Buenas tardes Daniel, ¿Cómo te encuentras?. He tenido la oportunidad de leer su cuento y considero que se trata de un relato breve, pero de una intensidad significativa, capaz de condensar en pocas escenas una reflexión profunda sobre el poder, la moral y la conciencia. Desde el inicio, la elección de centrar la mirada en las manos del General me parece especialmente acertada. Este recurso no solo organiza el relato, sino que funciona como un núcleo simbólico muy potente. Las manos, en su contemplación casi narcisista, revelan una subjetividad que se percibe a sí misma como ordenadora, eficaz, incluso virtuosa. Sin embargo, a medida que el texto avanza, esa misma imagen se carga de ambigüedad, porque el lector comprende que esas manos también han sido instrumento de violencia. Esta tensión simbólica está muy bien lograda, ya que no necesita ser explicada: emerge de la propia progresión narrativa. Otro aspecto destacable es la construcción del espacio. La ciudad que el General recorre aparece como un entorno limpio, armónico y controlado, pero esa aparente perfección deja entrever un trasfondo de intervención constante. Detalles como los árboles pintados o el rechazo al arte sugieren una estética impuesta, una especie de “orden escenográfico” que, lejos de ser natural, responde a una voluntad de dominio. En este sentido, el relato logra transmitir una atmósfera de calma que resulta, al mismo tiempo, inquietante, casi como si todo estuviera demasiado en su lugar. La focalización en la conciencia del personaje también funciona con mucha eficacia. El lector accede a su lógica interna, a su manera de justificar sus actos, lo que permite comprender, aunque no necesariamente compartir, su visión del mundo. Aquí se percibe un interesante trabajo de auto-legitimación discursiva, donde el General integra acciones contradictorias (rezar, acariciar, matar) dentro de una misma idea de “deber cumplido”. Esta naturalización de la violencia es, a mi entender, uno de los puntos más fuertes del cuento. El cierre me parece especialmente logrado por su economía y su precisión. La aparición de la mujer introduce una ruptura en el recorrido casi contemplativo del protagonista. Su gesto de lavar las manos, tan simple en apariencia, adquiere un peso simbólico decisivo. La frase final “Yo todavía puedo. Usted no, General.” condensa de manera muy eficaz todo el sentido del relato. Allí se produce un quiebre ético claro: lo que para el General era motivo de orgullo se revela, desde otra mirada, como una marca imborrable. Es un final que no necesita enfatizarse, porque confía en la inteligencia del lector y en la fuerza de la escena. En términos generales, el cuento se sostiene en una prosa clara, sin excesos, que logra articular imágenes precisas y cargadas de sentido. Hay una notable capacidad para sugerir más de lo que se dice explícitamente, lo cual potencia la dimensión reflexiva del relato. Como lectura personal, considero que el texto abre una línea muy interesante en torno a la relación entre orden y violencia, y a cómo ciertos discursos pueden legitimar acciones difíciles de justificar desde una perspectiva ética. En ese cruce, el cuento encuentra su mayor fuerza: no juzga de manera directa, pero sí expone con claridad una contradicción que interpela al lector. Lo felicito por la capacidad de construir, con pocos elementos, una escena que invita a pensar y que continúa resonando incluso después de la lectura.

  4. Texto potente y justo para esta fecha de marzo. Logras con elegancia y cierta ambigüedad ir llevando al lector hacia una descripción cada vez mas certera y profunda de la crueldad y la contracara de la memoria y la justicia. Nunca más

  5. Que hermoso cuento! Como aca, en Brasil, la agua lava las manos pero no la memoria. Esta vive en el coraje del pueblo. Saludos, desde Brasil.

  6. Daniel
    De Sueños y Azar es un libro precioso. Los relatos que incluye son excelentes y este relato en especial, es uno de mis preferidos.
    Lo simbólico me hace volar en el tiempo y asentarme en ese recorte histórico que dejaste escrito para siempre, para que nadie olvide, para que sea realidad lo de la Memoria, Verdad y Justicia.
    El párrafo que enumera las cosas que hizo con sus manos es el que más me llego la primera vez que lo leí y hoy al releer, volví a sentir lo mismo.
    Abrazo inmenso 🤗

  7. Daniel. Las manos simbolizan el brillo y el encanto de las personas que atesoran una mirada sublime y hasta decadente.
    Esa perspectiva en la forma en como vemos las cosas de la vida.
    Una perspectiva entre muchas miradas..
    Excelente tacto y el poderoso tacto de las limitaciones en el ser humano.

  8. Me gusta la construcción a partir de dos recursos estilisticos que pueden sostener el espanto de las implicaturas: primero la metonimia y luego la Hipalage dos recursos que sugieren el buen oficio del narrador . Especialmente del horror y la ironía
    Saludos.

  9. Querido Daniel; creo que hay en el texto una capa que atraviesa todo el relato. El retrato físico del General no funciona como una caracterización neutra. El azul de sus ojos, la blancura de su piel, el rosado impecable de sus uñas configuran un canon: un ideal estético ligado a una lógica de pureza racial. No es un detalle decorativo; es ideología encarnada.

    Desde ahí, todo el cuento se reordena. Los troncos pintados de blanco, los colores de la patria fijados por decreto, la intervención de la estatua de la Libertad y, sobre todo, esa frase “Nunca más la indecencia de lo que llaman arte” dejan de ser gestos aislados. Responden a una misma obsesión: una pureza cultural donde lo diverso aparece como contaminación.

    En ese marco, el éxtasis del General frente a sus manos ya no es solo narcisismo: es la celebración de ese ideal. Y la mujer de la fuente (sin descripción física) funciona como su reverso: justamente por no encajar en ningún canon, puede ver lo que él no ve.

    Ahí entran dos operaciones silenciosas que elevan el cuento.

    La primera: la posible identidad entre la manicura y la mujer de la fuente. El texto no lo afirma, pero lo permite. Si son la misma persona, el gesto de lavarse las manos deja de ser solo un eco de Pilato: acaba de tocarlo y necesita limpiarse. El contacto le dejó algo que el agua puede quitarle a ella, pero no a él. Ese paralelo, apenas insinuado, reordena todo.

    La segunda: la distorsión perceptiva del General. Hay indicios (habla solo, da órdenes a faroles, juega con perspectivas), pero todo converge en una frase: “La locura no le impidió reconocer al soldado.” El sujeto es ambiguo. Si es él, “soldado” deja de ser descripción y pasa a ser proyección: ve una amenaza donde hay una mujer. Su mundo entero empieza a leerse como una construcción delirante bajo lógica castrense.

    Con esa doble lectura, el cuento se vuelve más inquietante: no es solo un poder autoritario, sino alguien desconectado de la realidad que cree controlar. Y cuando esa realidad finalmente lo enfrenta, no puede responder. Ese silencio final es, quizá, lo más elocuente del texto.

    Una ópera prima muy sólida, con capas que invitan a releerse.

  10. El cuento me enganchó (primer objetivo de todo cuento) y más, me dejó pensando, imaginando lo no dicho. Me resuena algo como que la mujer de la fuente fue victima de algún modo del general en el pasado, cuando era soldado, que la llevó a la locura. El pasado siempre te alcanza

  11. Dany querido esa es la escritura tuya q m encanta Precisa sin divagaciones y totalmente simbólica Con poco dices y pintas todo : poder, orgullo soñar con el » mano pulite » cdo se niega la conciencia El estado soy yo y las manos son nuestros pinceles , lápices ,armas y amores de nuestra alma ( si la tenemos ) Exc Felicitaciones

  12. Existen seres humanos que son aptos para que su mente sea formateada para solo ver ese mundo , esa realidad y nunca cuestionar ni preguntarse nada , serviles al lineamiento de alguien que pensó por ellos , casualidad o algoritmo del universo recién pude leerlo hoy 24 de marzo , felicitaciones Daniel

  13. Hola Dani! Que buen cuento amigo. Me gusta mucho como vas haciendo alusiones referenciales mientras construís el relato, está lleno de sobreentendidos sobre el imaginario castrense. El simbolismo de las manos es muy acertado y eficaz, el rito de lavarse las manos, la pulcritud como limpieza moral. La interpelacion final del cierre es potente porque la simple pregunta sobre un acto físico, como lavarse las manos, abre la posibilidad de una pregunta ética. Genial!

  14. Uno que transita cotidianamente las calles de esta capital del norte, estremece la realidad que en una epoca del «algo habrán hecho», hayan estado habitada por estos nefasto criminales que se creian dueños de la verdad y protectores de la libertad.
    ¿Qué habrá sido de la suerte de aquella interpelante de la fuente? ¿Habrá sobrevivido a la caída en los cerros catamarqueños?.
    Gracias siempre Daniel por tus viajes reflexivos.

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