Por José Mariano.
“El mayor mal en el mundo es el mal cometido por nadie.”
— Hannah Arendt
Hay algo que conviene decir antes de empezar: hablar del 24 de marzo no es fácil. Y tal vez lo sea todavía menos cuando se cumplen cincuenta años del último golpe militar. No porque el tiempo haya ordenado lo ocurrido, sino porque lo vuelve más disputado. Porque la historia no está quieta. Se mueve. Oscila. Se reescribe. No como una sucesión ordenada de hechos, sino como un campo de fuerzas en el que cada época reorganiza el pasado según sus propias urgencias. Lo que se recuerda, lo que se olvida, lo que se enfatiza y lo que se silencia no es inocente. Forma parte de una disputa por el sentido.
Y en ese movimiento pendular, lo que durante años pareció una certeza comienza a resquebrajarse, a discutirse, a relativizarse, como si lo que ocurrió ya no hubiera ocurrido del todo o, peor aún, como si hubiera ocurrido de otro modo, más conveniente, de acuerdo a cuándo o desde dónde sea contado.
Pero esta no es una discusión sobre cifras ni sobre versiones. Porque incluso cuando la discusión se detiene en números, hay algo que permanece inalterable: la existencia de un aparato clandestino del Estado operando por fuera de la ley, decidiendo sobre la vida y la muerte en la sombra. Y eso, en cualquier sociedad que se pretenda moderna, no admite justificación posible.
Porque si algo define al Estado es precisamente su obligación de actuar dentro de la ley y de cara a la sociedad. Cuando el Estado se vuelve clandestino, cuando decide en secreto, cuando actúa sin control, deja de ser garante de derechos para convertirse en aquello que debería impedir.
Ahora bien, detenerse ahí tampoco alcanza. Porque la violencia no fue patrimonio exclusivo de una sola dimensión. También hubo bombas, también hubo miedo, también hubo una sociedad atravesada por una violencia que no provenía únicamente de lo institucional.
Pero no todas las violencias son equivalentes, ni todas ocupan el mismo lugar. Y cuando el Estado —que debería garantizar el orden y el cuidado— decide actuar por fuera de la ley y en la clandestinidad, lo que se rompe no es solo el límite jurídico, sino el sentido mismo de lo que una sociedad puede tolerar.
Reducir todo a un único eje simplifica. Y simplificar, en estos casos, es otra forma de no comprender.
Lo que ocurrió en la Argentina de aquellos años no puede leerse como una secuencia ordenada de hechos aislados. Fue algo más profundo y conflictivo, una época en la que la violencia dejó de ser excepción para convertirse en lenguaje, pero no solo en lenguaje, también en procedimiento, en rutina, en una forma de orden que no necesitaba justificarse a cada paso porque ya había sido incorporada.
Una de las formas más inquietantes del mal no es la que irrumpe con estridencia, sino la que se vuelve cotidiana. La que no necesita odio explícito para operar. La que funciona a través de la obediencia, de la adaptación, de la suspensión del juicio. No hace falta un monstruo cuando alcanza con alguien que cumple, cuando alcanza con alguien que no pregunta, cuando alcanza con alguien que ejecuta.
Y quizás esa sea una de las zonas más difíciles de pensar: no solo la violencia en sí, sino las condiciones que la hicieron posible. Porque el poder no opera únicamente desde arriba ni se agota en quienes lo ejercen de manera visible. Circula. Se infiltra. Se vuelve hábito, gesto, autocontrol. Cuando eso ocurre, ya no hace falta imponer constantemente, alcanza con que cada uno aprenda a regularse, a callar cuando corresponde, a hablar cuando es seguro, a no exponerse demasiado.
Sabemos más de lo que decimos. Y muchas veces decimos menos de lo que sabemos. No por ignorancia, sino por adaptación.
Quienes nacimos después no heredamos solo un relato. Heredamos un clima. Pertenecemos a una generación criada por padres que atravesaron esa época y que, aun sin decirlo todo, transmitieron algo que no siempre tenía forma de discurso, pero sí de advertencia.
No opines demasiado.
No digas lo que pensás.
No te metas.
No eran consignas políticas. Eran consejos. Formas de habitar el mundo en las que el límite no siempre estaba visible, pero siempre estaba presente.
La violencia, entonces, no terminó cuando terminaron los hechos más visibles. Persistió de otra manera: en los gestos, en las precauciones, en esa forma casi instintiva de medir cada palabra, cada exposición, cada posicionamiento. Aprendimos a movernos en un límite invisible, y quizás por eso hoy nos resulta tan difícil comprender la magnitud de lo ocurrido.
Porque no solo lo pensamos desde el presente: lo sentimos desde una memoria que no es del todo propia, pero tampoco ajena. Una memoria heredada, fragmentaria, incompleta.
La historia, en ese sentido, no avanza en línea recta. Oscila. Se desplaza entre momentos de lucidez y momentos de ceguera, entre épocas que intentan comprender y otras que prefieren simplificar, entre la necesidad de recordar y la tentación de acomodar el pasado a las urgencias del presente. Y en ese movimiento, la memoria no suele desaparecer: se reorganiza. Se selecciona. Se vuelve funcional.
Vivimos, así, en una forma de hemiplejia moral, una sociedad que percibe con nitidez una parte de la tragedia, pero pierde sensibilidad frente al resto. Que condena con firmeza lo que confirma sus convicciones, pero relativiza —o directamente ignora— aquello que las pone en tensión.
No es olvido. Es selección.
Y en esa selección, la memoria deja de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un dispositivo de pertenencia. Recordamos para ubicarnos, no para entender.
Decir esto no es sencillo. No lo es porque hablar de estos temas implica, casi inevitablemente, ser malinterpretado, sobre todo por quienes no están dispuestos a escuchar más allá de sus propias razones. Pero hay algo que conviene dejar en claro: no se trata de justificar, no se trata de equilibrar culpas, no se trata de diluir responsabilidades. Se trata de afirmar un límite.
Estoy en contra de toda forma de violencia. Porque cuando una idea necesita de la violencia para imponerse, deja de ser una idea. Si para defender lo que pienso tengo que apoyar un revólver sobre una mesa —o apuntarlo contra alguien— entonces no estoy argumentando: estoy obligando. Y donde hay imposición, ya no hay pensamiento. Hay repetición.
Tal vez una de las incomodidades más profundas sea aceptar que la línea entre el bien y el mal no es tan nítida como nos gustaría. No porque todo sea lo mismo, sino porque esa línea no está solamente en los hechos que juzgamos, sino también en las decisiones —grandes o pequeñas— que hacen posible que esos hechos ocurran.
El problema no es solo identificar el mal cuando aparece en su forma más evidente, sino reconocerlo cuando adopta formas más discretas, cuando se justifica, cuando se minimiza, cuando se vuelve parte del funcionamiento normal de las cosas.
Porque una sociedad que no logra comprender la totalidad de su propia violencia tampoco puede establecer con claridad sus límites. Y sin límites claros, la tolerancia corre el riesgo de volverse ingenuidad o, peor aún, complicidad.
Pero incluso ahí la respuesta no es sencilla. Porque toda sociedad que se defiende de aquello que considera intolerable enfrenta una tensión inevitable; cómo hacerlo sin convertirse en aquello que pretende evitar.
Esa es la paradoja. Y quizás también una de las razones por las que seguimos sin poder pensar del todo lo que nos pasó. No porque falte información, sino porque falta algo más difícil: la disposición a mirar sin recortes, a sostener la incomodidad, a renunciar —aunque sea por un momento— a la tranquilidad de los relatos cerrados.
Toda forma de memoria que no incomoda corre el riesgo de volverse funcional a los poderes que necesitan ordenar el pasado para estabilizar el presente.
Porque el problema nunca fue la falta de memoria.
Sino la forma en que recordamos.
Bienvenidos a la Edición 42.
Esto es Fuga.
