Por Rodri Fers.
Hay frases que suenan bien de entrada. Otras que, por su contundencia, te hacen recordar que en algun lado la habías escuchado. Esta última sensación es la que tuve el 1ero de marzo de este año, cuando el Presidente de la Argentina, Javier Milei, en su discurso de apertura de las sesiones Ordinarias del Congreso Nacional, dijo luego de referirse al orden, que sostenía “La moral como política de Estado”.
Me resonó esa frase, y pensé en cómo podría un Estado tener moral, y cómo ser una política. Pero no fue hasta el otro día que, en mi trabajo, con gran alegría se repetía la frase, aludiendo que por fin alguien tenía “moral” en la política. Ahí me terminé de convencer que ese lema, la moral como política de estado, no era inocente.
Porque la pregunta no es si la política necesita moral —eso es evidente—. La pregunta es otra: ¿qué pasa cuando el poder habla de la moral como si ya la tuviera resuelta?. Ahí es donde la cosa se pone más interesante.
Usualmente entendemos por moral al conjunto de normas, valores, costumbres y creencias que guían la conducta humana, diferenciando lo que está bien de lo que está mal, con el objetivo de organizar la convivencia social y, a menudo, alcanzar la virtud, la felicidad o el cumplimiento del deber. Sócrates asocia moral con el conocimiento, es decir quien conoce lo bueno, conoce el bien; Aristóteles centra el concepto en el desarrollo del carácter y el camino a buscar la virtud; Kant entiende que la moral depende del deber: en el «imperativo categórico», un principio racional universal que dicta actuar según normas que nos gustaría que se convirtieran en ley universal. Bentham entiende que lo bueno es aquello que maximiza la felicidad o el placer para el mayor número de personas.
Milei arma su idea con dos apoyos fuertes: Adam Smith y el estoicismo. Y en el medio mete una imagen poco usual en estas discusiones: Usain Bolt corriendo y los demás tratando de alcanzarlo sin romperle la pierna. Nadie quiere vivir en un sistema donde al que le va bien lo bajan de un golpe. Hasta ahí, todo bien.
El problema es que esa escena —la de la pista— es una ficción bastante digerible cuando nos colocamos en el papel de Bolt, es decir, de un gran corredor. Porque en la vida real, muchos ni siquiera llegan a largar. Y eso Smith lo sabía. El mismo Smith que se invoca para hablar de libertad económica escribió sobre la simpatía, sobre la necesidad de ponerse en el lugar del otro, sobre ese “espectador imparcial” que nos obliga a mirarnos desde afuera. No alcanza con no hacer daño. También importa qué hacemos con el que queda atrás.
El domingo pasado, Clarín se encargó de demostrar la falacia en invocar a Adam Smith en estos asuntos, a pesar de que la “Oficina de Respuesta Oficial” (una cuenta de redes sociales creada por el Gobierno Nacional, que determina -en pocas palabras- qué es la verdad) haya catalogado la nota como fake.
Lo cierto es que el uso de Adam Smith en el discurso libertario suele ser parcial. Se lo toma como símbolo del libre mercado, pero se deja de lado -justamente- su dimensión moral, su preocupación por la empatía, la justicia y el entramado social. Smith no era un apóstol del individualismo crudo, sino un pensador mucho más complejo, que entendía que el mercado solo funciona sobre una base ética previa. Reducirlo a un simple defensor de la competencia es, en el fondo, una simplificación interesada.
Con el estoicismo pasa algo parecido. La idea de no hacer cualquier cosa por ganar, de sostener principios incluso cuando cuesta, es valiosa. Pero el estoicismo no era una filosofía para endurecerse frente a los demás. Era una forma de gobernarse a uno mismo. Y hay una diferencia grande —bastante grande— entre ser austero con uno mismo y convertir la dureza en una medida para juzgar a todos.
Hasta ahí, la discusión podría ser teórica. Pero no lo es. Porque cuando la moral entra en la política, entra también el lenguaje. Y ahí aparece Nietzsche, con una de esas frases que te dejan pensando: si matás una cucaracha sos un héroe; si matás una mariposa sos un villano. No es solo una provocación. Es una advertencia. Muchas veces lo que llamamos moral no es tan racional como creemos. Está atravesado por lo que nos resulta lindo, feo, digno o despreciable. La moral depende de estándares estéticos, y es lo que el gobierno de Milei -entre líneas- intenta imponer: Estas con ellos, sos bueno; no estas con ello, sos malo. Aún peor: si criticas sos de la peor calaña, sos “kuka”.
No juzgamos igual a todos. No sentimos lo mismo por todos. Y cuando eso se traslada a la política, el riesgo es evidente.
Porque entonces empiezan a aparecer categorías. Etiquetas. Los buenos y los malos. Los que merecen y los que no. Los que “corren bien” y los que quedan afuera. Y en ese esquema, curiosamente, los buenos suelen ser siempre los mismos: los que encajan, los que rinden, los que “llegaron”. Los que, como Bolt, largan en línea recta.
Pero la realidad —otra vez— no es una pista olímpica. Y acá es donde conviene bajar a tierra. Vamos a un ejemplo práctico.
Javier Milei no se refirió a lo ocurrido en La Madrid, en Tucumán, cuando vino a Tucumán la semana pasada. No dijo absolutamente nada al respecto. Ahí es un buen ejemplo. El cabezazo, por supuesto, es reprochable. Totalmente. No hay discusión posible ahí. La violencia no tiene justificación. Pero quedarse solo en eso es, de alguna manera, simplificar el problema. Repito: No se justifica la violencia.
Porque hay otra pregunta que también hay que hacerse: ¿qué es lo moralmente correcto en ese contexto?
¿Es moralmente correcto que un diputado nacional se ponga en escena repartiendo bolsas, intentando mostrarse como “uno más”, como alguien que está ahí, en el barro, cerca de la gente? ¿O hay algo ahí que no cierra?
Porque la verdad —y esto es incómodo decirlo— es que eso también es una forma de ficción. Que un diputado, encargado de representarnos en el Congreso Nacional, se vea envuelto en este tipo de escenas se convierte en relato. Ayudar siempre va a estar bien, y de ahí que sea una acción moral; pero si ese sujeto es diputado nacional y que fue elegido para que nos represente, para que consiga fondos para atender la catástrofe, o presente proyectos para solucionar lo de La Madrid, entonces vuelvo a preguntar: ¿Qué es lo moral?
Porque no alcanza con condenar la violencia visible. También hay que preguntarse por esas otras formas más sutiles de deshonestidad política. Las que no gritan, pero construyen una imagen que no es del todo verdadera. Reitero, ¿Es moral solamente reprochar la violencia en ese episodio en específico?
Y en ese punto, volvemos a Maquiavelo.
Durante siglos se lo acusó de separar la política de la moral. De justificar el mal si servía para mantener el poder. Y sí, algo de eso hay. Pero Maquiavelo tenía una virtud polémica: no mentía sobre el poder. Decía lo que era. Hoy el problema es distinto. No es el gobernante que admite que el poder puede ensuciarse. Es el gobernante que dice: yo soy la moral. Y eso cambia todo. Nos remitamos a la carrera política de Adorni. Antes era la persona más “moral” del país. Tanto así que dedicaba muchas horas a criticar el accionar de los demás. ¿Hoy, su actuar, es moral? ¿Podemos afirmar que la moral es la política del Estado desde el comportamiento de sus funcionarios?
Porque cuando el poder se presenta como moralmente puro, deja de discutirse. Ya no es una decisión política que puede ser cuestionada. Es una verdad. Y si alguien la cuestiona, parece que no está en desacuerdo… parece que está mal.
Ahí la política deja de ser ese espacio donde se discute y se argumenta. Y se transforma en otra cosa. En un lugar donde alguien habla desde arriba, convencido de que ya tiene razón. Y eso, en una democracia, es un problema.
Porque la legitimidad no viene de que el que gobierna diga “yo hago lo correcto”. Viene de que lo que hace pueda ser discutido, justificado, cuestionado por todos. La moral, si sirve para algo, no es para cerrar la discusión. Es para abrirla.
Por eso, quizás, la discusión no es si este gobierno tiene o no una moral. Todos la tenemos. La discusión es otra: qué hace con ella.
Si la usa como límite, bien. Si la somete al debate, mejor.
Pero si la convierte en una especie de verdad incuestionable… ahí hay que empezar a mirar con más cuidado. Y ahí, capaz, es donde más atentos tenemos que estar.
Porque del político que miente uno desconfía. Pero del político que se cree moralmente superior… muchos se convencen. Y la historia —si algo nos enseñó— es que ese es el punto donde las cosas empiezan a complicarse.
