Por María José Mazzocato.
“Anarchy is what states make of it.”
— Alexander Wendt.
La guerra ya no se declara, se disuelve. Y en Medio Oriente, esa disolución expone algo más profundo que un conflicto armado: revela la crisis de las categorías con las que durante décadas intentamos comprender la política internacional. Lo que ocurre hoy entre Estados Unidos, Israel e Irán no es simplemente una escalada. Es una verdadera mutación teórica.
Durante las últimas semanas, los avances militares han sido tan concretos como simbólicos: ataques sobre infraestructura estratégica iraní, respuestas con misiles y drones, y la activación de una red de milicias que transforma cada punto del mapa en un potencial frente de batalla. Hezbollah en Líbano, las milicias chiíes en Irak, los hutíes en Yemen —¿pero qué pasa con ellos?—: todos operan, pero ninguno declara formalmente la guerra. Todos actúan, pero ninguno es completamente responsable. La violencia ya no está concentrada; está distribuida.
Aquí es donde las teorías clásicas empiezan a fallar.
El realismo estructural —particularmente en su vertiente defensiva— asumía que los Estados, como actores racionales, buscarían evitar escaladas innecesarias para garantizar su supervivencia. La anarquía internacional, lejos de empujar al caos absoluto, generaba patrones de equilibrio. Pero lo que vemos hoy rompe con esa lógica: la multiplicación de actores intermedios diluye la racionalidad estatal y fragmenta la toma de decisiones. Ya no hay un cálculo único. Hay múltiples cálculos superpuestos, muchas veces contradictorios.
Henry Kissinger advertía que el orden internacional dependía de la capacidad de las potencias para reconocer límites y sostener equilibrios. Sin embargo, ese supuesto implicaba un mundo donde los Estados eran los únicos protagonistas relevantes. En la guerra de los proxys, ese monopolio se desvanece. El poder ya no se ejerce solo desde los Estados, sino a través de redes que los exceden y, en muchos casos, los condicionan.
En este sentido, los aportes de David Phillips resultan iluminadores: las guerras contemporáneas ya no se libran únicamente por intereses territoriales o de seguridad, sino también por influencia, identidad y proyección indirecta del poder. Irán no necesita confrontar directamente con Estados Unidos en todos los escenarios; le basta con activar nodos estratégicos que tensionan el sistema en su conjunto. La guerra deja de ser un enfrentamiento para convertirse en un ecosistema.
Algo similar plantea Elsa Llenderrozas al analizar la transformación del orden global: la creciente participación de actores no estatales y la erosión de la soberanía tradicional están redefiniendo las reglas del juego. La guerra de los proxys no es una anomalía, sino una manifestación de ese cambio estructural. Es la evidencia de que el sistema internacional ya no puede pensarse únicamente en términos de Estados interactuando en un vacío anárquico.
Las recientes declaraciones políticas refuerzan esta idea de desajuste. Donald Trump ha retomado una retórica de máxima presión, prometiendo respuestas devastadoras y asegurando que la verdadera ofensiva aún no ha comenzado. Pero en un contexto de guerra fragmentada, esas amenazas no operan como mecanismos de disuasión clásica. Por el contrario, tienden a amplificar la descentralización del conflicto: cada actor intermedio puede interpretar esas palabras como una señal para actuar.
La consecuencia es una paradoja profundamente contemporánea: cuanto más poder concentran las grandes potencias, menos control tienen sobre el desarrollo real de la guerra. Estados Unidos puede golpear objetivos estratégicos; Israel puede avanzar sobre posiciones clave; Irán puede desplegar su red regional. Pero ninguno puede controlar la totalidad del sistema de respuestas que se desencadena a partir de cada acción.
En términos filosóficos, esto implica un quiebre en la relación entre poder y orden. Durante gran parte del siglo XX, el poder era entendido como la capacidad de organizar el sistema internacional, de imponer reglas o, al menos, de sostener equilibrios. Hoy, ese mismo poder parece producir el efecto inverso: desorganiza, fragmenta, multiplica la incertidumbre.
La guerra de los proxys es, en este sentido, la expresión de un mundo donde la violencia ya no puede ser contenida dentro de estructuras claras. No hay declaraciones formales, no hay frentes definidos, no hay finales previsibles. Hay, en cambio, una proliferación constante de conflictos que se alimentan entre sí.
Y es precisamente allí donde el realismo estructural muestra sus límites. Porque si ya no hay un actor central que concentre la decisión, si la racionalidad está distribuida y si la guerra se expande más allá de los Estados, entonces el sistema deja de comportarse como un equilibrio de poder y comienza a parecerse más a un entramado caótico.
La pregunta, entonces, no es solo cómo termina esta guerra. La pregunta es si nuestras categorías teóricas todavía alcanzan para comprenderla.
Quizás el problema no sea la guerra en sí.
Quizás el problema sea que seguimos intentando explicarla con un lenguaje que pertenece a otro mundo.
Uno donde el poder ordenaba.
Uno donde los Estados decidían.
Uno que, evidentemente, ya no existe.
Y, como decía Calduch, está por desaparecer.
A casi un mes de esta guerra, seguimos informando.
