Por Rodri Fers.
Los nuevos tiempos, el nuevo orden, las tensiones de la política internacional apuntan sólo a un lugar: al mal. Es innegable que la guerra volvió a convertirse en el tópico más relevante de la agenda periodística y de la conversación pública. A la par, se percibe una tolerancia antes inimaginable frente a líderes que no sólo administran el conflicto, sino que parecen hablar desde una pedagogía de la crueldad. Ya no se trata únicamente de la violencia de los hechos, sino de algo acaso más grave: la naturalización de un lenguaje que trivializa la devastación, desplaza pueblos enteros, amenaza con arrasar infraestructuras civiles y convierte el sufrimiento humano en material retórico.
En 2025, Donald Trump propuso el reasentamiento permanente de palestinos fuera de Gaza; y en abril de 2026 amenazó a Irán con atacar puentes y plantas eléctricas si no cedía a sus exigencias. El mal, cuando se vuelve discurso de gobierno, deja de presentarse con cuernos: comparece con micrófono, una corbata roja y chistes de mal gusto.
No es nada nuevo. En la ciencia política se desarrolló un concepto denominado la “Ventana de Overton”, que en términos sencillos, se grafica como un rango de ideologías políticas entre lo aceptable y lo impensado. En el medio queda la normalidad. Un líder popular puede correr esos rangos de normalidades, por lo que de manera dinámica, los límites se van corriendo. Antes nos parecía inaceptable que a gente se los persiga por su nacionalidad o su raza, y sean brutalmente deportados de un país. Hoy es la nueva normalidad luego de la creación del ICE. Es política pública. Con el mal pasa lo mismo: antes era inaceptable hablar sobre hacer desaparecer una sociedad. En nuestros días, es la normalidad.
Recuerdo que a fines del año pasado leí una gran obra literaria de Han Kang, Imposible decir adiós —publicada en inglés como We Do Not Part—. Sintéticamente, la trama versa sobre una mujer que viaja a la isla de Jeju para cuidar la mascota de una amiga que estaba hospitalizada. Allí descubre la memoria atroz de la masacre de Jeju. Han Kang no escribe sobre el horror como quien describe un hecho externo, sino más bien como en carne propia, excava una fosa en el lenguaje. La novela no convierte la violencia en espectáculo; la vuelve huella, nieve, resto, temblor. La frase que más me resonó fue: “¿Habremos tocado fondo por fin?… ¿Habíamos llegado al borde del abismo cuyas fauces se abren profundas? ¿Nos encontrábamos en lo más hondo del mar, donde nada irradia luz?”. Y eso mismo me pregunto. Porque acaso la gran pregunta de esta época no sea sólo cuánto dolor puede producir el hombre, sino cuánto dolor puede llegar a tolerar sin sentirse interpelado.
¿Qué es el mal? ¿Qué es lo que hace que algo sea mal, y no simplemente dolor, carencia o desgracia?
Spinoza diría algo más preciso de lo que solemos repetir. Para él, bien y mal no designan realidades metafísicas independientes, sino modos de valorar aquello que aumenta o disminuye nuestra potencia de obrar. En ese marco, las pasiones tristes —el odio, el miedo, la humillación, la servidumbre afectiva— reducen nuestra capacidad de actuar y comprender. No habría entonces, en sentido estricto, un “reino del mal”, sino formas de vida degradadas por afectos que nos empequeñecen. Por eso, leer a Spinoza hoy no es una nerdeada: es una forma de diagnosticar sociedades enteras organizadas en torno al resentimiento, la paranoia y la obediencia emotiva. Hay gobiernos que no buscan ciudadanos lúcidos, sino sujetos excitados, fatigados y temerosos; sujetos más fáciles de conducir precisamente porque han sido despojados de su potencia. El mal destruye, lo que el bien fue construyendo a lo largo de la historia.
¿Por qué no pensar también en Marx, que definía al capital como un vampiro que vive de chupar trabajo vivo? La imagen es poderosa, pero conviene ser exactos: en Marx esa metáfora no describe una esencia demoníaca del universo, sino la lógica de explotación del capital sobre la vida humana. El vampiro marxiano cotiza, especula, terceriza, despide y convierte al hombre en resto. No es casual que, en medio de crisis sucesivas, reaparezcan estas imágenes hematológicas: sangre, succión, drenaje, agotamiento. Incluso Putin, en un discurso de 2024, habló del “baile de los vampiros” para referirse a Occidente. El lenguaje no es inocente. Cuando la política empieza a imaginar al otro como parásito, plaga o chupasangre, el terreno simbólico ya está preparado para justificar lo injustificable. ¿Será el petróleo la sangre de aquellos? ¿Serán los niños la sangre vital que necesitan los poderosos, tanto así, para llevar a cometer las peores atrocidades en una isla vip?
Desde la tradición sapiencial de las religiones dármicas, especialmente en el budismo, el punto de partida no es tanto el mal como entidad, sino la ignorancia (avidyā): la incapacidad de ver las cosas como son, el apego al yo, la ilusión de permanencia, la confusión que alimenta el sufrimiento (dukkha). Dicho con precisión: el problema no es sólo que el hombre haga el mal, sino que antes de hacerlo suele estar atrapado en una percepción radicalmente deformada de sí mismo y del mundo. Esa ceguera no siempre adopta la forma de la brutalidad explícita; a veces toma la forma mucho más elegante de la autojustificación, del narcisismo moral, de la certeza fanática. La ignorancia, en este sentido, no es falta de datos: es una falla del espíritu para advertir la interdependencia, la fragilidad y el límite.
San Agustín, por su parte, concibe el mal no como una sustancia rival del bien, sino como una corrupción o privación del bien. En su madurez abandona toda idea de un principio ontológico autónomo del mal: todo lo que es, en cuanto es, tiene algo de bueno; el mal aparece como defecto, desorden, desviación de la voluntad. Por eso, más que una cosa, el mal es una torsión. No una fuerza creadora, sino una curvatura del alma que se repliega sobre bienes inferiores y pierde la rectitud. La imagen del alma curvada sobre sí misma expresa bien esta intuición, aunque la fórmula clásica incurvatus in se haya sido desarrollada con más fuerza en tradiciones posteriores. La idea central sigue siendo agustiniana: el pecado no crea un mundo, lo deforma. “Dios te creó sin ti, pero no te justificará sin ti”, resume una sentencia tradicionalmente atribuida a Agustín. El mal, entonces, no es sólo caída: es la perseverancia orgullosa en la caída.
Algo semejante —aunque con un rigor metafísico todavía mayor— aparece en santo Tomás de Aquino. Cuando habla de la privatio boni, o privación del bien, no está minimizando el horror ni diciendo que el mal sea ilusorio. Está diciendo otra cosa: que el mal no tiene consistencia positiva propia, que parasita un bien previo al que corrompe. La enfermedad es privación de salud; la injusticia, privación de orden; la crueldad, privación de rectitud en la voluntad. Por eso, en sentido clásico, no es correcto afirmar que el mal sea una “causa eficiente” como si tuviera una productividad ontológica propia; más exactamente, aparece como defecto, desorden o falta de la perfección debida en una acción, una voluntad o una institución. Esto importa mucho hoy, porque nos impide romantizar el mal como una potencia titánica: muchas veces no es grandeza negra, sino ruina moral, hueco espiritual, degradación organizada.
Hemos transitado etapas históricas en las que las atrocidades parecen haber excedido incluso la lógica instrumental. El nazismo sigue siendo aquí una herida filosófica insoslayable. Arendt intentó pensar este escándalo con una fórmula célebre y discutida: la banalidad del mal. Desarrolla esa idea, sobre todo, a propósito de Adolf Eichmann en “Eichmann en Jerusalén”: no quiso decir que el mal fuera superficial o insignificante, sino que podía ejecutarse desde la incapacidad de pensar, desde la obediencia burocrática, desde la renuncia al juicio. Esa tesis fue después muy discutida, incluso porque nueva evidencia mostró que Eichmann no era simplemente un burócrata vacío, sino también un antisemita convencido. Pero la intuición de Arendt sigue doliendo: hay males que no necesitan demonios metafísicos; les basta con hombres que abdican de pensar.
Y sin embargo nuestro tiempo agrega algo más: no sólo la banalidad del mal, sino su espectacularización. Ya no basta con obedecer; ahora también hay que performar crueldad, monetizarla, viralizarla. El algoritmo no inventó el mal, pero sí perfeccionó su circulación. Hoy el sufrimiento puede ser convertido en clip, meme, campaña, tendencia. La humillación ajena se vuelve entretenimiento; la mentira masiva, estrategia; la desinformación, arquitectura de poder. Las regulaciones que distintos países empiezan a discutir sobre etiquetado de contenidos sintéticos y deepfakes muestran que incluso la mentira ha alcanzado una escala industrial. No se trata sólo de que haya personas malas; se trata de que existen ahora infraestructuras capaces de amplificar el daño, automatizar el engaño y volver casi indistinguible lo verdadero de lo fabricado.
En el caso Epstein, por ejemplo, lo que comparece no es sólo el delito individual, sino la forma en que el poder se organiza alrededor de la vulnerabilidad extrema. Las víctimas eran menores, es decir, inocentes y desprotegidos frente a una red de dinero, contactos y silencios. No fue únicamente perversión privada: fue también ecosistema de complicidades.
Lo decisivo, filosóficamente, no es sólo el abusador, sino la estructura que vuelve improbable la denuncia, costosa la verdad y rentable el encubrimiento. En esa misma línea, en la Argentina acaba de procesarse al empresario Marcelo Porcel por abuso sexual agravado, corrupción de menores y producción de material sexual, en una causa con diez denunciantes. ¿Cuántas puertas tuvieron que cerrarse, cuántas miradas tuvieron que apartarse, cuántos intereses tuvieron que acomodarse para que el mal pudiera trabajar con tanta tranquilidad?. Quizá lo tenemos normalizado.
Por eso quizá haya que desconfiar tanto de las definiciones demasiado rápidas. El mal no es una sola cosa. A veces es ignorancia; a veces es soberbia; a veces es servidumbre afectiva; a veces es cálculo; a veces es vacío; a veces es burocracia; a veces es goce en la destrucción. Pero en casi todos los casos comparte un rasgo: interrumpe o corrompe una forma de bien que debía estar allí. Rompe la posibilidad de cuidado, de justicia, de verdad, de amparo, de límite. Desvía lo humano de su medida.
Será entonces una fractura, una desviación, una corrupción de un orden que reconocemos como debido en un contexto humano concreto. No una esencia romántica y oscura, sino la lesión de aquello que debía florecer. Allí donde debía haber protección, aparece abuso. Allí donde debía haber política, aparece sadismo. Allí donde debía haber palabra, aparece propaganda. Allí donde debía haber técnica para aliviar el dolor, aparece técnica para administrarlo mejor. Tal vez ese sea el signo más inquietante de nuestro tiempo: no que el mal haya crecido, sino que aprendió a vestirse de normalidad.
¿Qué es el mal? ¿Es inagotable? ¿Lo hemos visto todo? O peor todavía: ¿nos estamos acostumbrando a verlo sin estremecernos? Porque acaso el verdadero abismo no sea que existan hombres capaces de destruir, sino que existan sociedades enteras capaces de contemplar esa destrucción como si fuera apenas una noticia más entre el clima, los mercados y el deporte. Y cuando una época pierde la capacidad de horrorizarse, el mal ya no necesita imponerse: le alcanza con ser aceptado.
Tendremos que esperar hasta que un nuevo “líder del bien” vuelva a aparecer. Hace un año que no lo tenemos entre nosotros. Mientras tanto, los profetas del odio harán de lo suyo.

Estremecedor pero tan cierta tu magnífica nota , en particular la última reflexión , “ hemos perdido la capacidad de horrorizarnos “ normalizamos el odio , la crueldad “ valga si, la esperanza de un Hombre del Bien “
Gracias Ro!!