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The dark side of humanity

Publicado el

Por Fabricio Falcucci. 

“Le silence éternel de ces espaces infinis m’effraie”

«El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra». 

Blaise Pascal

La nave no despega solo de la Tierra, despega de una vieja obsesión. La de ir más allá incluso cuando no sabemos bien para qué. Artemis II no inaugura esa pulsión. La repite. La actualiza. La viste con materiales nuevos y un lenguaje que ya no suena a Guerra Fría sino a cooperación internacional y futuro compartido. Pero en el fondo persiste algo más antiguo. Un gesto obstinado. Salir. Insistir. Volver a intentar.

En los años sesenta, el viaje a la Luna fue otra cosa. No solo un hito técnico. También un teatro político. Apollo 11 condensó una época. La carrera espacial fue un capítulo más de un conflicto que se jugaba en todos los frentes. El cielo también era territorio. La Luna también era un símbolo. Había que llegar primero. Había que demostrar poder. Había que convertir el vacío en una superficie conquistable.

Hoy ese relato se vuelve más difuso. Nadie habla de victoria en los mismos términos. Sin embargo la estructura no desaparece. Se transforma. Artemis II se presenta como el comienzo de un regreso. Un nuevo ciclo. Una promesa de permanencia futura. Ya no se trata solo de pisar la Luna. Se trata de habitarla. De usarla como plataforma. De proyectar desde allí otros destinos. Marte aparece como horizonte. Siempre hay un más allá. Siempre falta un paso más.

En ese entramado aparece un objeto mínimo. Un nanosatélite argentino desarrollado en universidades públicas. Un artefacto casi invisible dentro de una arquitectura descomunal. Su presencia puede leerse como orgullo. También como síntoma. Participar no es lo mismo que decidir. Estar no es lo mismo que conducir. El sur global entra en escena, pero no altera del todo el guion. Apenas consigue, en el mejor de los casos, escribir una línea al margen.

Ese satélite no es solo un artefacto. Es el resultado de una insistencia. Aulas que no se vacían. Laboratorios que siguen abiertos aun cuando todo empuja en contra. Una tradición científica que no desaparece. Persiste. Se adapta. Avanza como puede. Hay valor en esa tenacidad. Participar no implica decidir. Aportar no equivale a conducir. La pregunta entonces se vuelve inevitable. Qué lugar ocupa ese esfuerzo en un sistema donde otros fijan el rumbo y distribuyen el sentido.

La escala vuelve visible esa tensión. Una nave tripulada rodea la Luna. Detrás hay años de trabajo, recursos enormes y una ingeniería que parece no tener fisuras. En ese mismo dispositivo se inserta un objeto mínimo. Casi imperceptible. La diferencia no es solo de tamaño. Es una diferencia de posición. Muestra un mundo donde la colaboración existe, pero no es simétrica. Donde algunos diseñan el trayecto y otros encuentran un lugar dentro de él. No todos avanzan del mismo modo. Algunos trazan la ruta. Otros apenas logran sostenerse en ella.

Pero el problema no se agota aquí. Hay algo más curioso. La insistencia en salir de la Tierra mientras la Tierra arde. La repetición de un impulso que no se detiene frente a la crisis. Desigualdad. Cambio climático. Violencias persistentes. Nada de eso parece suficiente para desviar la mirada hacia arriba. A veces ocurre lo contrario. Cuanto más inestable se vuelve el suelo, más seductora resulta la idea de abandonarlo.

La pregunta aparece, entonces, sin esfuerzo. Para qué ir a la Luna. Para qué volver. No alcanza con responder que se trata de conocimiento. Tampoco alcanza con invocar el progreso. Esas palabras, repetidas, empiezan a sonar como explicaciones que llegan tarde. Como si la decisión estuviera tomada antes de formular la pregunta.

Y sin embargo, la crítica tampoco logra instalarse con comodidad. Renunciar a explorar no es una opción sencilla. Hay en el impulso de conocer algo constitutivo. Una incomodidad frente al límite. Una negativa a aceptar que el mundo termina donde termina nuestra experiencia inmediata. La humanidad no se define solo por resolver urgencias. También por abrir preguntas que no sabe responder.

La Luna funciona, entonces, como un espejo extraño. No refleja. Deforma. Amplifica. Expone tensiones. Ir hacia ella no resuelve la miseria. Tampoco la produce. Pero la vuelve más visible. La pone en contraste con una capacidad técnica que parece no encontrar techo. Y ese contraste incomoda, porque revela una asimetría difícil de justificar. Podemos rodear la Luna con precisión milimétrica, pero seguimos sin saber cómo ordenar la vida en la Tierra sin que se desmorone.

Hay algo más. El universo no espera, no responde, no está ahí para ser conquistado en ningún sentido pleno. La idea de dominio, frente a esa escala, roza lo ingenuo. Cada misión espacial transporta una ilusión de control que se enfrenta con un fondo radical de incertidumbre. Todo puede fallar, todo puede salir mal. La tecnología no elimina ese riesgo, apenas lo vuelve administrable. Y a veces ni siquiera eso.

En ese punto, la pequeñez humana deja de ser una frase gastada. No se trata de repetir que somos insignificantes, sino de asumir que nuestra capacidad de hacer convive con una fragilidad estructural. Que podemos diseñar artefactos extraordinarios y al mismo tiempo no saber muy bien qué hacer con ellos. Que avanzamos sin garantías. Y, lo que es peor, sin un sentido del todo claro.

Artemis II se inscribe en esa dicotomía. Fascina, inquieta, promete, descoloca. No es solo un avance técnico. Es una escena donde se cruzan narrativas que no terminan de ordenarse. La del progreso, la de la competencia, la de la cooperación, la de la supervivencia futura. Todas conviven. Ninguna logra imponerse del todo.

Una nave rodea la Luna. No desciende. No se posa. Solo la circunda. La observa desde una distancia precisa. La tripulación mira por la ventana. Abajo no hay ciudades. No hay fronteras. No hay ruido. Solo una superficie gris que devuelve la luz de otro astro.

En algún lugar de esa órbita viaja también un objeto mínimo. Casi invisible. Producto de aulas lejanas. De presupuestos ajustados. De una voluntad que insiste. Gira en silencio junto a una maquinaria que lo excede. Y tal vez ahí esté lo más inquietante. 

Que mientras creemos estar saliendo de la Tierra, seguimos orbitando las mismas preguntas.

3 COMENTARIOS

  1. Excelente trabajo. El uno en mas de Lacan, siempre presente. La búsqueda de algo más, aunque solo participemos de la búsqueda de nuevos límites

  2. Hola, buenos días profe Fabricio ,acabo de leer el artículo y me dejó pensando mucho. Me pareció muy profundo cómo plantea la tensión entre el avance tecnológico y las dudas que seguimos teniendo en la Tierra.
    Por un lado, es inevitable sentir admiración por lo que implica una misión como Artemis II. Pero al mismo tiempo, incomoda pensar que seguimos mirando al espacio mientras hay problemas urgentes sin resolver acá. También me impactó cómo muestra que, incluso en algo tan “global” como la exploración espacial, siguen existiendo desigualdades.
    Lo que más me quedó fue esa idea de que, a pesar de todo lo que avanzamos, todavía no tenemos respuestas claras sobre el sentido de lo que hacemos. Que seguimos, de alguna manera, orbitando las mismas preguntas.
    Y en medio de todo eso, pensé en mi hijo de 9 años, que sueña con ser astronauta. En su curiosidad, en sus preguntas, en esa admiración tan genuina por el universo.
    Ahí entendí algo más allá de las dudas que tenemos los adultos, ese impulso de explorar nace muy temprano. Está en los chicos. En esa necesidad de mirar el cielo y preguntarse qué hay más allá?
    Tal vez no esté mal seguir haciéndonos preguntas. Tal vez eso sea lo que nos define. Y ver a mi hijo soñar me recuerda que no todo es poder o tecnología, también hay asombro, curiosidad y ganas de conocer.
    Y quizás lo más importante sea eso no apagar esas preguntas, sino acompañarlas. Porque, al final, son las que nos impulsan a seguir avanzando.

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