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Cuando lo sagrado se vuelve innegociable

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Por Luciana Eskinazi.

Jerusalén no es solo una ciudad. Es, probablemente, uno de los pocos espacios en el mundo donde la historia, la religión, la política y la identidad se superponen de manera tan intensa que cualquier intento de ordenarlas termina generando más conflicto. A diferencia de otros territorios en disputa, aquí no se discute únicamente soberanía: se discute sentido. Y cuando lo que está en juego es el sentido, negociar se vuelve mucho más difícil.

El presente artículo se basa en una investigación realizada en el marco de la Maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad Austral, aprobada en abril de 2026, que analiza la disputa por Jerusalén desde una perspectiva constructivista. A lo largo de décadas, el estatus de la ciudad ha sido uno de los principales puntos de bloqueo en el conflicto palestino-israelí. Se han propuesto planes, firmado acuerdos y sostenido negociaciones que, sin embargo, han evitado resolver de manera definitiva la cuestión de la ciudad. Frente a esto, la investigación parte de una pregunta que desplaza el foco: no tanto por qué no se llega a un acuerdo, sino cómo se construyen los límites de lo que puede ser acordado.

Desde una perspectiva constructivista en Relaciones Internacionales, los territorios no tienen significados fijos. No son solo espacios geográficos que se disputan, sino también construcciones simbólicas que se producen a través de discursos. En este sentido, Jerusalén no es únicamente un lugar: es una idea en permanente elaboración. Y es precisamente en esa construcción donde se juegan gran parte de los límites del conflicto.

El análisis de los discursos oficiales del Estado de Israel durante los gobiernos de Benjamin Netanyahu permite identificar una narrativa consistente: Jerusalén es presentada como capital indivisible, como centro histórico del pueblo judío y como un espacio cuya condición no puede ser objeto de negociación. Esta construcción no se apoya en un único argumento, sino en una combinación de referencias históricas, religiosas y de seguridad que refuerzan su carácter excepcional.

Ahora bien, lo relevante no es solo qué se dice sobre Jerusalén, sino qué efectos produce esa forma de decirlo. Cuando un territorio es construido como sagrado, deja de ser simplemente importante para convertirse en irrenunciable. La sacralización no implica únicamente una valoración religiosa, sino un proceso mediante el cual el espacio queda ligado a la identidad colectiva de tal manera que cualquier concesión es percibida como una pérdida existencial.

En ese punto, el conflicto deja de moverse en el plano político tradicional. Ya no se trata de negociar recursos, fronteras o competencias administrativas. Se trata de algo más difícil de ceder: la propia narrativa de quién se es. Y cuando las identidades entran en juego de esa manera, los márgenes de negociación se reducen considerablemente, incluso cuando en el plano formal se mantienen instancias de diálogo.

Sin embargo, estas construcciones no quedan limitadas al nivel discursivo. Tienen efectos concretos sobre la realidad. La manera en que se define Jerusalén incide directamente en la organización del espacio urbano, en la distribución de recursos y en las condiciones de vida de quienes habitan la ciudad. En particular, la población palestina se ve atravesada por dinámicas de desigualdad, fragmentación y tensiones cotidianas que no pueden entenderse por fuera de estos marcos de sentido.

En este punto, resulta importante hacer explícita la posición desde la cual se escribe este análisis. Como mujer de identidad judía, abordar el conflicto en torno a Jerusalén implicó un ejercicio constante de reflexión. Jerusalén no es, para mí, un objeto lejano o meramente académico. Es también un símbolo cargado de historia, pertenencia y memoria. Precisamente por eso, el desafío no fue tomar distancia, sino problematizar las formas en que esas mismas narrativas operan.

Asumir una mirada situada no debilita el análisis; por el contrario, lo vuelve más honesto. Reconocer la centralidad que Jerusalén tiene para el pueblo judío no implica dejar de interrogar cómo determinadas construcciones discursivas pueden contribuir a rigidizar el conflicto y a limitar las posibilidades de convivencia. En otras palabras, comprender no es justificar, pero tampoco implica negar la complejidad de los sentidos en disputa.

El caso de Jerusalén pone en evidencia los límites de las herramientas tradicionales de la diplomacia internacional. Durante años, gran parte de los esfuerzos por resolver el conflicto se han apoyado en marcos jurídicos y negociaciones políticas que, si bien son fundamentales, resultan insuficientes cuando los territorios en disputa están atravesados por significados religiosos e identitarios profundos. En estos escenarios, no alcanza con trazar nuevas fronteras si no se revisan también los significados que las sostienen.

Quizás por eso Jerusalén sigue siendo, al mismo tiempo, un lugar concreto y una idea inabarcable. Un espacio donde coexisten proyectos políticos incompatibles, pero también narrativas que se excluyen mutuamente. Más que imponer una versión sobre otra, el desafío parece estar en reconocer esa superposición sin reducirla.

Pensar Jerusalén hoy implica aceptar que no se trata únicamente de resolver un conflicto territorial, sino de comprender cómo se construyen los límites de lo posible. Porque, en última instancia, no es solo la ciudad la que está en disputa, sino las formas en que los actores imaginan su historia, su identidad y su futuro. Y mientras esas formas permanezcan cerradas sobre sí mismas, cualquier negociación seguirá encontrando su propio límite.

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