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Antes de entender

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Por Juan Schmitt.

No estamos confundidos por falta de información. Tampoco por exceso. Estamos confundidos porque la información, en cualquiera de sus formas, dejó de ordenar el mundo, y eso cambia todo más de lo que parece.

Durante mucho tiempo creímos que entender era una cuestión de acumulación: más datos, más análisis, más voces, más versiones. Suponíamos que, con suficiente información, el sentido iba a aparecer por sí solo, como si fuera una consecuencia natural del conocimiento. Pero esa promesa empezó a fallar. Y lo hizo en silencio.

Porque la falta de información confunde, sí, pero la sobreinformación también. Cuando no hay datos, todo se vuelve incierto; cuando hay demasiados, todo se vuelve equivalente. En ambos casos, el efecto es el mismo: la imposibilidad de sostener una mirada lo suficiente como para que algo se fije.

Y en ese punto, la confusión deja de ser un problema.

Se vuelve útil.

Porque cuando nada termina de estabilizarse, cualquier cosa puede ocupar ese lugar. Cuando todo está disponible pero nada se sostiene, la interpretación deja de ser un ejercicio de comprensión y pasa a ser una operación más simple: decidir rápido con qué quedarse.

No qué es verdad. Qué funciona como verdad.

Por eso las explicaciones se adelantan. No llegan para iluminar lo que ocurre, sino para ocupar el espacio que deja lo que todavía no puede pensarse del todo. Se instalan antes de que la duda tenga tiempo de desplegarse, antes de que la incomodidad alcance un punto en el que obligue a detenerse.

Y ahí es donde la confusión deja de ser un efecto y empieza a operar como una condición.

No hace falta ocultar nada. Alcanza con superponer. No hace falta prohibir. Alcanza con desplazar. Lo que incomoda no desaparece, pero pierde densidad, deja de sostenerse, y en ese deslizamiento casi imperceptible termina por salir del campo de lo visible.

Entonces todo circula, todo aparece, todo se repite. Y en ese movimiento continuo, el sentido no se construye: se disuelve.

Cuando todo se muestra, nada se ve.

Pero no es la primera vez que creemos haber llegado a un punto de comprensión. Hubo momentos en los que la historia parecía detenerse frente a sí misma, en los que la violencia obligó a revisar lo que entendíamos por progreso, por razón, por humanidad. Creímos haber aprendido algo de eso. Creímos que ciertos límites ya no podían cruzarse otra vez.

No fue así.

Las formas cambian, las justificaciones también, pero hay algo que persiste con una insistencia inquietante: la repetición. No por ignorancia, sino a pesar del conocimiento.

Ese es el problema.

No es que no sepamos.

Es que seguimos.

Y en un escenario así, donde todo puede decirse y nada termina de fijarse, donde la información ya no ordena sino que desborda, aparece inevitablemente una figura —no siempre visible, pero siempre operativa— que cumple una función muy precisa: cerrar.

No entender mejor. Cerrar primero.

Ofrecer una forma de sentido que no necesariamente explica lo que pasa, pero lo vuelve soportable. Y eso alcanza. Porque en medio de la confusión, lo que se busca no es verdad, sino alivio.

Y el que logra fijar ese alivio antes que los demás, decide.

No irrumpe. No impone desde afuera. Encuentra un terreno ya preparado, un espacio donde el pensamiento fue perdiendo espesor, donde la incomodidad se volvió difícil de sostener, donde llegar hasta el final de una pregunta dejó de ser una opción viable.

Ahí es donde se vuelve más fácil aceptar una respuesta que insistir en la duda.

Y ese es el punto más delicado de todos.

No cuando no entendemos.

Sino cuando dejamos de sostener lo que no entendemos.

Porque en ese momento, la pregunta cambia de lugar. Ya no se trata de qué está pasando, sino de qué estamos dispuestos a aceptar para no tener que seguir pensando.

Y ahí aparece algo que incomoda todavía más.

Durante mucho tiempo creímos que el sentido venía dado, que había alguna instancia —una norma, una autoridad, un marco— que organizaba lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que tenía sentido y lo que no. Pero ese lugar dejó de operar como antes.

Y en ese vacío, lo que aparece no es la libertad que imaginábamos.

Es la carga.

Porque ya no alcanza con no obedecer, ni con señalar, ni siquiera con entender. Hay que decidir. Sin garantías, sin resguardo, sin la tranquilidad de que alguien más ya pensó por nosotros.

Y eso es, precisamente, lo que se evita.

Porque es más fácil aceptar un sentido, aunque sea impuesto, que sostener la incertidumbre y tener que construir uno propio.

Pero tal vez ahí esté el único punto que importa.

No en encontrar la respuesta correcta.

Sino en no delegarla.

 

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