Por David Roth.
Hay relaciones que no se entienden. No hay forma de explicarlas sin que pierdan algo. Se sostienen como se puede. A veces funcionan. A veces revientan. Y a veces, de ahí sale algo que no se podría haber hecho de otra manera.
Lo de Werner Herzog y Klaus Kinski iba por ahí.
No eran amigos. Tampoco enemigos en el sentido clásico. Era otra cosa. Una convivencia tensa, desde antes incluso de filmar. Vivieron en el mismo edificio cuando no eran nadie. Ya ahí Kinski gritaba, rompía cosas, se peleaba con quien fuera. Herzog estaba. Miraba. No se metía demasiado. Como si ya estuviera tomando nota.
Después empezaron a trabajar juntos.
Y lo que ya estaba se volvió más intenso.
Kinski no actuaba como se espera. No había distancia. No construía desde afuera. Se metía de lleno y, muchas veces, se pasaba. Podía tirar abajo una escena, cortar un día entero de rodaje, pelearse con el equipo. No había previsión posible. En cualquier momento podía explotar.
Y explotaba.
Herzog no intentaba ordenarlo. Tampoco suavizarlo. Lo dejaba avanzar hasta cierto punto. Ahí intervenía. No para corregir. Para que eso no se desborde del todo.
Durante Aguirre, en la selva, el equipo ya venía al límite. Calor, cansancio, tensión acumulada. Kinski entra en uno de esos ataques. Grita, amenaza con irse, con dejar todo tirado.
Herzog lo escucha. Y en un momento le dice que si se va, le dispara.
No hay mucho más que agregar.
Había un arma. No era una escena.
Kinski se queda. Siguen filmando.
No se trata de ver quién tenía razón. Ni de justificar nada. Pero ahí se ve algo del vínculo. Ninguno iba a ceder del todo. Y sin eso, probablemente no había película.
No porque el conflicto por sí mismo sirva. Muchas veces destruye todo. Acá pasaba otra cosa. No se evitaba. Se trabajaba ahí, en ese borde.
Herzog no quería domesticar a Kinski. Sabía que si lo hacía, perdía lo único que le interesaba de él. Esa intensidad que no se puede fabricar. Esa presencia que no responde del todo a una orden.
Y Kinski, a su manera, también lo sabía.
No había confianza en el sentido cómodo. Había una especie de acuerdo sin palabras. Ninguno iba a retroceder.
Filmaban en condiciones que ya eran difíciles de sostener. Selva, barro, logística precaria. Y encima, esa relación que podía romperse en cualquier momento.
Pero no se rompía.
Quedaba ahí, tensa.
Y eso se ve.
Hay algo en esas películas que no termina de cerrarse. Una incomodidad que no se acomoda. Como si en cualquier momento algo se fuera a salir de lugar.
Eso no se ensaya.
No sale de un método.
Pasa.
Hoy todo tiende a ordenarse más. Procesos claros, equipos cuidados, límites definidos. Está bien. Nadie quiere trabajar en medio de un caos permanente. Pero en ese orden también se pierde algo.
No todo.
Algo.
Lo de Herzog y Kinski no es un ejemplo a seguir. No hay que copiarlo. Tampoco romantizarlo.
Pero si uno lo mira de frente, sin suavizarlo, deja una pregunta dando vueltas.
Qué estás dispuesto a sostener cuando lo que querés hacer no entra en lo correcto, en lo esperable, en lo que ya sabés que funciona.
Ahí es donde empieza a ponerse incómodo.
Y ahí, a veces, pasa algo.
