La mirada insomne

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Por Alfredo Elías Acevedo.

“¿Puede alguien despertar de su peor pesadilla… cuando no está dormido?”
— Trevor Reznik.

Una fenomenología del desencaje

Dormir no es la tregua del vacío; es la entrega a un tejido. En el santuario nocturno, la pulsión consiente a la ligadura: se vuelve obrera de una maquinaria invisible, acepta el cifrado del sueño y sostiene, bajo leyes transfiguradas, la continuidad de la vida anímica. Hay allí una alianza, una producción de imágenes que, al velar lo real, sostienen al sujeto.

El insomnio, en cambio, es el desencaje de la máquina.

Cuando la noche naufraga, la pulsión se desasiste de su costura inconsciente. Sin el escenario del sueño para metabolizar el día, la energía psíquica pierde su rumbo y se vuelve sobre el aparato en una fricción sorda, un giro en vacío que gasta el motor de la existencia. No hay aquí la dignidad dramática de la pesadilla; el insomnio no es el desgarro del espanto que empuja al despertar, sino algo más suspendido, más hostil. Es la caída en la grieta. Un limbo estático donde la vida anímica queda interrumpida, despojada de su historicidad.

Es entonces cuando acontece la mutación del órgano: la vigilia del ojo insomne.

Este ojo ya no mira el mundo; ha retirado de las cosas su investidura. Al cancelarse la alteridad, la mirada se duplica hacia adentro en un circuito asfixiante, en un implacable mirarse mirar. Sin la distancia necesaria para la contemplación, el sujeto queda atrapado en el exceso de su propia proximidad. El ojo que debió entregarse al olvido del párpado permanece abierto, estragado por su propia insistencia, hasta que la imagen empieza a consumirse a sí misma.

Habitar esa grieta es asistir al gasto puro, a una vigilia sin mañana. Allí, en la quietud maldita de la madrugada, el ojo que debería cerrarse renuncia a su forma y, ciego de tanta luz interna, comienza a derretirse en su propia hiel.

Tal vez el insomnio sea también una de las formas silenciosas de la subjetividad contemporánea. No únicamente como trastorno del descanso, sino como imposibilidad creciente de abandonar la conciencia. Pantallas, estímulos permanentes, exceso de presencia: algo parece impedir hoy toda verdadera interrupción. La noche ya no oscurece del todo.

Y acaso sea allí donde la mirada comienza lentamente a agotarse: no en el espanto, sino en la permanencia. No en la herida espectacular del trauma, sino en la erosión sorda de una conciencia que nunca consigue apagarse del todo.

 

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