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La desobediencia también juega

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Por Fabricio Falcucci.

Malvinas, la identidad nacional y el gesto político de una selección que recordó que hay símbolos imposibles de prohibir en el deporte, que nunca fue un territorio neutral.

Hay momentos en los que el deporte deja de ser solamente deporte. Ocurrió el miércoles, cuando la selección argentina celebraba en el campo de juego la clasificación a la final del Mundial. En medio de los festejos, algunos jugadores desplegaron una bandera de las Islas Malvinas. Bastaron unos segundos para que la imagen recorriera el mundo y para que reapareciera un viejo debate: ¿hasta dónde puede llegar la neutralidad que pretenden imponer las organizaciones deportivas? ¿Es posible prohibir la expresión de una identidad nacional?

La respuesta parece sencilla. No se puede prohibir aquello que constituye a una comunidad.

Malvinas no es una consigna partidaria. Tampoco un eslogan ocasional. Forma parte de la identidad nacional argentina. Está presente en la Constitución Nacional, en la memoria colectiva, en la educación pública y en una historia que comenzó mucho antes de la guerra de 1982 y que continúa hasta hoy como política de Estado.

Por eso el gesto de los futbolistas trasciende el fútbol. No llevaron al festejo una causa ajena. Llevaron una parte de sí mismos.

Benedict Anderson sostenía que las naciones son «comunidades imaginadas»: construcciones históricas sostenidas por símbolos, relatos y memorias compartidas. Una bandera no es solamente una tela. Es una condensación de esa historia común. Pedir que desaparezca del espacio público equivale, en cierta medida, a pedir que una comunidad renuncie a una parte de aquello que la constituye. La desobediencia es un acto político.

El valor del episodio no reside únicamente en la bandera. Reside en la decisión de exhibirla aun cuando sabían que podía generar sanciones o cuestionamientos.

Henry David Thoreau entendía la desobediencia civil como la decisión de no obedecer una regla cuando ésta contradice convicciones profundas. Hannah Arendt, décadas después, observó que la acción política comienza cuando alguien aparece en el espacio público para romper la inercia de lo establecido. Eso ocurrió durante los festejos.

Los jugadores alteraron, aunque fuera por unos segundos, el guion previsto para una celebración deportiva. Allí donde debía haber únicamente imágenes de euforia, abrazos y trofeos, apareció un símbolo que recordó que ninguna competencia internacional logra borrar la historia de un pueblo.

No fue un acto violento. No impidió el desarrollo del espectáculo. No lesionó derechos de terceros. Fue una desobediencia simbólica. Y precisamente por eso resultó tan poderosa.

Jacques Rancière sostiene que la política aparece cuando cambia «el reparto de lo sensible»: aquello que puede verse y aquello que se pretende mantener invisible. La bandera hizo exactamente eso. Introdujo en el centro de la escena algo que algunos preferían dejar fuera del encuadre.

El episodio también obliga a mirar una discusión latente dentro de la Argentina. Después de la derrota de 1982 comenzó un proceso que algunos politólogos denominaron de “desmalvinización”. El concepto describía el intento de desplazar la cuestión Malvinas del centro de la conversación pública como parte de la reconstrucción democrática posterior a la dictadura.

Era indispensable condenar a la Junta Militar y el uso criminal que hizo de la guerra. Pero en muchos casos esa condena terminó mezclándose con otra idea mucho más problemática: que hablar de Malvinas equivalía necesariamente a reivindicar el nacionalismo militar que había conducido al desastre. Esa identificación produjo un efecto injusto.

Como recuerda el historiador Federico Lorenz, la guerra y la causa Malvinas no son la misma cosa. La decisión irresponsable de la Junta Militar merece la condena más absoluta. El reclamo argentino de soberanía, en cambio, es muy anterior a 1982 y ha sido sostenido por gobiernos de signos políticos muy distintos, además de contar con reconocimiento en el ámbito de las Naciones Unidas.

Confundir ambos planos significa aceptar que la dictadura logró apropiarse para siempre de un capítulo de la historia nacional.

Combatir la desmalvinización implica precisamente lo contrario: recuperar Malvinas como una causa democrática, constitucional y colectiva. Una causa que pertenece a los excombatientes, a quienes quedaron en las islas, a las familias de los caídos y también a las nuevas generaciones que no vivieron la guerra pero siguen reconociendo en esas islas una parte de su identidad.

Las organizaciones deportivas suelen invocar la neutralidad para justificar la prohibición de determinados símbolos. Sin embargo, la neutralidad nunca es absoluta. El deporte está lleno de banderas, himnos, escudos e identidades nacionales. Todo campeonato entre selecciones existe, precisamente, porque existen naciones.

Lo que suele prohibirse no es la identidad, sino aquellas manifestaciones que incomodan.

Por eso la imagen de los jugadores argentinos tuvo tanta fuerza. No buscó provocar a otro pueblo ni transformar un festejo en un acto partidario. Recordó algo mucho más elemental: que ninguna reglamentación puede exigirle a una comunidad que deje su historia en el vestuario antes de salir a la cancha.

Quizá ese sea el verdadero sentido de la desobediencia. No desafiar una norma por el simple hecho de hacerlo, sino recordar que existen convicciones cuya legitimidad no depende de una autorización administrativa.

Mientras el equipo celebraba el pase a la final, una bandera apareció entre los abrazos y las camisetas celestes y blancas. Duró apenas unos instantes. Pero alcanzó para recordar que la identidad nacional no se suspende durante noventa minutos. Y que Malvinas, más que un episodio del pasado, sigue siendo una parte del Ser Nacional que ninguna prohibición puede borrar.

 

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