Por Catalina Irades.
Hay fotografías que muestran un instante.
Y hay otras que muestran una vida.
Roland Barthes decía que toda imagen posee un significado evidente y otro más profundo, un “tercer sentido”: aquello que no puede nombrarse del todo, pero que nos conmueve. Ese detalle que perfora la imagen y nos obliga a detenernos. No está en la técnica de la fotografía ni en la pose. Está en nosotros.
En estos días circulan miles de imágenes de camisetas celestes y blancas, abrazos, lágrimas, padres con sus hijos, amigos mirando un partido, abuelos emocionados durante el himno. Para algunos son apenas escenas deportivas. Para otros, contienen algo imposible de explicar.
Porque nunca vemos solamente un partido.
Vemos nuestra historia.
El fútbol, como pocas experiencias colectivas, tiene la capacidad de suspender por un momento las diferencias. Durante noventa minutos desaparecen profesiones, ideologías, clases sociales y hasta viejas discusiones familiares. La bandera reemplaza a las pequeñas banderas individuales. El “yo” cede lugar al “nosotros”.
Freud escribió que las masas no se constituyen únicamente por proximidad física, sino por identificaciones compartidas. Una comunidad se vuelve comunidad cuando encuentra un objeto común de amor, de esperanza o de admiración. Quizás por eso el fútbol logra algo que otras instituciones ya no consiguen: recordarnos que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
También aparecen las cábalas.
La misma camiseta. El mismo lugar del sillón. El mismo vaso. La misma comida. La promesa íntima de no cambiar nada porque “la otra vez funcionó”.
Desde afuera parecen supersticiones.
Desde el psicoanálisis dicen otra cosa.
El ser humano tolera mal la incertidumbre. Allí donde no puede controlar, inventa rituales. No porque crea racionalmente que modifican la realidad, sino porque organizan su propia angustia. Las cábalas no cambian el resultado de un partido; cambian la posición subjetiva de quien espera ese resultado. Son una forma de sostener el deseo cuando el futuro todavía no ocurrió.
En definitiva, toda esperanza necesita un ritual.
Pero hay otra escena que me conmueve aún más.
Los videos donde un líder deja de ser únicamente líder.
Scaloni abrazando a sus jugadores. Messi celebrando los logros ajenos con la misma intensidad que los propios. Un equipo donde el reconocimiento circula y nadie necesita demostrar permanentemente que es más importante que el otro.
En una época donde el liderazgo suele confundirse con protagonismo, aparece otra forma de conducir.
Freud sostenía que el verdadero conductor no solo ocupa un lugar de autoridad; también se convierte en una figura de identificación. Daniel Goleman, muchos años después, mostraría que los grandes líderes no movilizan desde el miedo sino desde la inteligencia emocional, la empatía y la capacidad de generar confianza.
Quizás por eso esta selección emociona incluso a quienes nunca fueron especialmente futboleros.
Porque no admiramos solamente cómo juegan.
Admiramos cómo se vinculan.
En tiempos donde abundan los discursos agresivos, la humillación del otro y la necesidad permanente de tener razón, ver a un grupo celebrar compartiendo el protagonismo resulta casi revolucionario.
Sin embargo, creo que el verdadero tercer sentido aparece cuando la cámara deja de mirar la cancha y enfoca la tribuna.
Allí está un padre abrazando a su hijo.
Una madre llorando.
Un abuelo que quizás esté viviendo su último Mundial.
Un niño que probablemente recuerde éste como el primero de su vida.
Y entonces comprendemos que nunca lloramos únicamente por un gol.
Lloramos por el paso del tiempo.
Porque quizás éste sea el último Mundial con algunas personas que amamos.
Y, al mismo tiempo, el primero con otras que recién comienzan a escribir su historia.
Los argentinos tenemos una manera muy particular de habitar la nostalgia. El tango la convirtió en música. El folklore la hizo paisaje. El cuarteto la transformó en celebración. Somos un pueblo capaz de llorar mientras canta y de cantar mientras recuerda.
Tal vez por eso el fútbol nos encuentra tan vulnerables.
No porque olvidemos nuestros problemas.
Sino porque, por un instante, recordamos lo esencial.
Que la felicidad siempre sucede con otros.
Que la patria también puede sentirse en un abrazo.
Que el deseo necesita esperanza.
Y que las imágenes más importantes de un Mundial nunca muestran solamente una pelota.
Muestran aquello que ninguna cámara puede registrar por completo: el amor, la memoria y la profunda necesidad humana de pertenecer.
Quizás ese sea, finalmente, el verdadero tercer sentido de un Mundial.
