Por José Mariano.
“Miramos el presente a través de un espejo retrovisor.”
— Marshall McLuhan
Hay épocas donde algo cambia y tardamos años en notarlo. No explota de golpe. Comienza a hacer ruido por lo bajo. Las palabras siguen ahí, las instituciones siguen ahí, las clases siguen dándose, las elecciones siguen ocurriendo, los medios siguen hablando todo el día. Pero algo ya no es lo que era.
Y creo que eso nos está pasando justo ahora.
El título de este editorial toma el nombre del Tratado de la reforma del entendimiento de Baruch Spinoza. No como homenaje académico ni como gesto intelectualoide. Surge del armado de un foro que venimos dando en torno a la reforma del pensamiento universitario. Pero también de la sensación de que algunos libros parecen tener inteligencia propia. Como si permanecieran agazapados esperando el momento de volver a decir algo importante. Eso pasó con Spinoza. Cuando empezamos a pensar que esta época se está quedando sin herramientas para comprenderse a sí misma, apareció para recordarnos que, a veces, lo que cambia no es solamente el mundo. También cambian las formas con las que intentamos comprenderlo.
Capaz la crisis contemporánea no sea únicamente política, económica, tecnológica, ni moral. Capaz está en juego algo más profundo. Una crisis del entendimiento. Una dificultad creciente para interpretar lo que tenemos delante.
Spinoza decía que, llega un momento donde las categorías heredadas dejan de alcanzar. Y cuando eso pasa, uno puede seguir hablando igual, enseñando igual, gobernando igual, discutiendo igual. Pero ya no entiende realmente dónde está parado.
Seguimos usando formas viejas para explicar cosas que ya son otra cosa. Ahí está el problema. La política habla como si el poder estuviera solamente en los gobiernos, mientras medio mundo vive pendiente de plataformas que moldean conductas, deseos, miedos, atención. La escuela todavía funciona muchas veces como si educar fuera ordenar cuerpos y repetir información. El derecho corre atrás de tecnologías que cambian antes de ser entendidas. La economía habla de crecimiento mientras la gente vive cansada, ansiosa, vacía.
Y en el medio de todo eso aparece una sensación rara. Como si estuviéramos mirando el presente con herramientas que pertenecen a otro tiempo.
Hay una frase de Spinoza que parece escrita para nuestra época:
“Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan.”
Quizás nunca hubo un tiempo tan atravesado por esa ilusión. Creemos elegir mientras algoritmos invisibles organizan atención, consumo, deseo y percepción. Creemos decidir qué mirar mientras plataformas enteras compiten por moldear nuestra experiencia del mundo. Y aun así seguimos pensando la libertad con categorías heredadas de otra realidad histórica.
Creo que algo de eso atraviesa hoy a la universidad. Y se nota.
Muchas veces seguimos enseñando como si la subjetividad humana no hubiera cambiado. Pero cambió. Cambió la atención. Cambió la relación con el tiempo. Cambió la manera de leer. Cambió el vínculo con la autoridad. Cambió la forma en que circula el conocimiento. Incluso cambió la manera en la que construimos nuestra identidad.
Las nuevas generaciones llegan atravesadas por otra experiencia del mundo. No peor. Otra. Y la universidad muchas veces responde desde esquemas armados para una sociedad que ya no existe.
Entonces aparece el choque. Profesores frustrados. Estudiantes desconectados. Contenidos que pierden fuerza antes de terminar el cuatrimestre. Títulos que envejecen rápido. Y una sensación cada vez más fuerte de que algo quedó desfasado.
La cuestión atraviesa a la educación, pero no termina ahí. También aparece en los medios, en la política y en las discusiones públicas. Seguimos pensando desde estructuras mentales viejas. Seguimos nombrando conceptos como democracia, libertad, verdad o comunidad como si todos estuviéramos hablando de lo mismo. Pero ya no es así. Las palabras siguen. La experiencia que las sostenía cambió.
Por eso hay tanta discusión que no llega a ningún lado. Tanto grito. Tanta opinión inmediata. Tanto diagnóstico automático. Y tan poca comprensión real de lo que está pasando.
Sabemos cada vez más cosas y entendemos cada vez menos.
Capaz por eso la idea de Spinoza vuelve a tener fuerza ahora. La reforma del entendimiento. No como consigna académica. Sino como necesidad cotidiana. Porque hay momentos donde seguir pensando igual empieza a ser una forma de no ver.
Y quizás ese sea el verdadero desafío de esta época.
No defender categorías viejas por costumbre. Tampoco destruir todo por ansiedad.
Sino animarse a reconocer que el mundo cambió antes que nuestras maneras de interpretarlo.
Tal vez el verdadero síntoma de esta época sea ese desfase persistente entre un mundo que ya cambió y unas formas de entendimiento que todavía no terminan de comprenderlo.
Habitamos una zona extraña. Las palabras siguen ahí, pero ya no alcanzan. Las instituciones continúan en pie, aunque responden a preguntas que ya no son las nuestras. Algo nuevo asoma, algo viejo se resiste, y entre ambos aparece esa sensación de incertidumbre que atraviesa nuestro tiempo.
Mientras tanto, seguimos nombrando el mundo que viene con palabras que pertenecen al mundo que se va.
Edición 52.
Esto es Fuga.

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