Por Juan Schmitt.
Hay algo aún peor que la injusticia.
La incapacidad de imaginar una alternativa.
Cuando Tomás Moro escribió Utopía en 1516 no estaba describiendo una sociedad perfecta. Tampoco estaba diseñando un programa político destinado a realizarse algún día. Lo que hizo fue algo mucho más importante, abrió un espacio para la imaginación histórica.
Hasta entonces, la mayoría de los hombres pensaba el orden social como una prolongación del orden natural o del orden divino. Los reyes gobernaban porque así debía ser. La pobreza existía porque siempre había existido. Las jerarquías parecían tan inevitables como las estaciones o la muerte. Moro introdujo una sospecha revolucionaria: la posibilidad de que el mundo pudiera organizarse de otra manera.
Ese gesto, más que la isla misma, constituye la verdadera herencia de Utopía.
La isla es apenas un recurso literario. Lo importante es la distancia que permite construir. Porque para pensar una sociedad distinta primero hay que abandonar, aunque sea por un instante, las categorías que vuelven natural la sociedad en la que vivimos. La imaginación no aparece entonces como una evasión de la realidad, sino como una de las formas más radicales de comprenderla.
Toda época necesita sus utopías.
No porque las utopías deban realizarse exactamente como fueron imaginadas, sino porque funcionan como horizontes críticos capaces de revelar las limitaciones del presente. Son artefactos filosóficos. Máquinas destinadas a interrumpir la obediencia intelectual. Instrumentos para recordar que aquello que existe no agota aquello que podría existir.
Por eso resulta tan llamativo lo que ocurre en nuestra época.
Durante siglos la cultura occidental produjo utopías. Desde la isla de Moro hasta los socialistas utópicos, desde las ciudades ideales del Renacimiento hasta las distintas promesas de emancipación política y tecnológica de la modernidad. Los hombres discutían cómo construir un mundo mejor porque todavía creían que el futuro era un territorio abierto.
Hoy parece ocurrir exactamente lo contrario.
Las utopías han desaparecido casi por completo del imaginario colectivo. En su lugar proliferan las distopías.
El futuro ya no aparece como una promesa, sino como una amenaza.
Las narraciones contemporáneas están pobladas por colapsos ambientales, inteligencias artificiales fuera de control, sociedades sometidas a la vigilancia permanente, guerras interminables, crisis institucionales, epidemias globales y catástrofes tecnológicas. Desde el cine hasta las plataformas digitales, desde la literatura hasta los videojuegos, el porvenir suele representarse como un espacio de degradación antes que de posibilidad.
¿Qué ocurrió para que una civilización capaz de producir utopías terminara obsesionada con las distopías?
Tal vez la respuesta se encuentre en una transformación profunda de nuestra relación con el tiempo.
La modernidad se construyó sobre la idea de progreso. Cada generación esperaba algo mejor que la anterior. Incluso las revoluciones, con todas sus tragedias, se sostenían sobre la convicción de que el futuro podía ser diferente del presente.
Pero durante las últimas décadas esa confianza comenzó a erosionarse.
Las grandes promesas políticas fracasaron. El progreso tecnológico dejó de identificarse automáticamente con el progreso humano. La aceleración económica produjo riqueza, pero también incertidumbre, precariedad y agotamiento. Poco a poco la idea misma de futuro comenzó a vaciarse.
Mark Fisher observó que una de las características fundamentales de nuestra época consiste en que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema que habitamos. La frase parece una provocación, pero describe con un fenómeno cultural extraordinario. Podemos imaginar ciudades inundadas, inteligencias artificiales dominando a la humanidad o civilizaciones enteras colapsando. Lo que parece imposible es imaginar una organización social radicalmente distinta de la actual.
Como si la imaginación hubiera sido colonizada.
Como si el horizonte de lo posible se hubiera estrechado hasta confundirse con el horizonte de lo existente.
Y tal vez allí aparezca una de las cuestiones filosóficas más importantes de nuestro tiempo.
Porque los seres humanos no viven únicamente dentro de instituciones, economías o sistemas políticos.
También viven dentro de relatos.
Habitamos imágenes del mundo. Narraciones compartidas. Expectativas colectivas acerca de lo que es posible y de lo que es imposible.
Algunos pensadores contemporáneos han utilizado el concepto de hiperstición para describir este fenómeno. Una hiperstición es una ficción que termina produciendo efectos reales. Una idea que, al circular socialmente, modifica conductas, expectativas y decisiones hasta contribuir a la construcción de aquello que inicialmente sólo imaginaba.
Las sociedades no son indiferentes a las historias que cuentan sobre sí mismas.
Los relatos modelan la realidad. Las expectativas producen comportamientos. Las imágenes generan disposiciones afectivas. Lo que una civilización imagina termina influyendo sobre aquello que está dispuesta a construir.
Si durante décadas consumimos relatos donde el futuro aparece exclusivamente bajo la forma de la decadencia, la vigilancia, la escasez o el colapso, resulta legítimo preguntarse qué clase de energía cultural estamos produciendo. Qué clase de sensibilidad colectiva estamos cultivando. Qué relación con el porvenir estamos transmitiendo.
Porque una sociedad que sólo puede imaginar catástrofes termina perdiendo algo más valioso que la esperanza. Pierde la capacidad de proyectar. Y cuando desaparece la capacidad de proyectar, también se debilita la capacidad de transformar.
Quizás por eso Tomás Moro sigue siendo contemporáneo.
No porque debamos regresar a su isla. No porque sus soluciones sean aplicables quinientos años después. Ni siquiera porque su diagnóstico continúe siendo válido en todos sus aspectos.
Sino porque nos recuerda algo elemental.
Que la realidad nunca coincide completamente con lo posible.
Que ninguna forma de organización social constituye el destino final de la humanidad.
Y que la imaginación no es una actividad secundaria del pensamiento, sino una de sus expresiones más altas.
Imaginar otros mundos no significa escapar de éste. Significa negarse a aceptarlo como inevitable. Tal vez ése sea el verdadero legado de Utopía. No ofrecer respuestas definitivas. No prometer paraísos. No diseñar sistemas perfectos.
Sino preservar una facultad que toda época corre el riesgo de perder, la capacidad de pensar más allá de aquello que existe.
Porque el futuro, antes de convertirse en realidad, siempre fue una idea. Una imagen. Una ficción.
Y toda transformación histórica comenzó alguna vez como algo que parecía imposible.
