InicioCuentoLas vías

Las vías

Publicado el

Por Daniel Posse.

El metal frío de mi cámara fotográfica me quema las manos, pero no es el sol de Tucumán el que arde; es el espanto que insiste en repetirse. Es agosto de 1966. Estoy parado sobre el balasto de las vías que mueren en las compuertas del Ingenio Santa Ana, rodeado por la polvareda gris y densa que levantan las botas de los soldados de Onganía. Vine hasta este rincón del Norte enviado para registrar una crónica más de desmantelamiento industrial para La Gaceta, pero en cuanto el visor de mi lente enfoca la hilera de familias cargando bultos, colchones deshechos y jaulas de gallinas en las cajas de los camiones militares, el paisaje tucumano se desvanece. Ante mis ojos enturbiados por el llanto, el convoy de vehículos se deforma y se transforma en una hilera de vagones de carga; los camiones reales se vuelven trenes fantasma conducidos por mi propia memoria. El verdor espeso de la yunga se tiñe de una escarcha invernal que conozco demasiado bien, y el aroma dulzón de la melaza fermentada es sofocado por el olor rancio del miedo y el hollín que respiré hace más de veinte años en Polonia.

No puedo evitarlo; las analogías no se eligen, te asaltan como aparecidos. Al ver a esos obreros de Santa Ana caminar con la cabeza gacha, arreados por la bayoneta de un decreto dictatorial que los expulsa del único suelo que justificaba su existencia, mi mente me arrastra de un golpe a los andenes de hormigón de Lodz y a las rejas de alambre de púas de Auschwitz. El rugido de los motores que hoy se alista en la terminal tucumana suena exactamente igual al chirrido metálico de los transportes del nazismo; esos inmensos ataúdes de madera que tragaban miles de vidas humanas para vomitarlas en la nada de los campos de concentración. Lo que presencio aquí es una suerte de holocausto económico, una geometría cruel que se repite a través de las distancias y los idiomas: primero te quitan el trabajo, luego te confiscan el territorio, te despojan del nombre para convertirte en una cifra de balance financiero y, finalmente, te suben a un vehículo sin saber si existe un andén de regreso. El hambre, ese espectro antiguo que creía haber dejado sepultado en los barracones de Europa, vuelve a materializarse en las costillas marcadas de los niños tucumanos, en los rostros pálidos de los huelguistas y en los estómagos vacíos de un pueblo condenado a la inanición programada por un decreto ministerial.

A través del objetivo de mi cámara, observo a una mujer de delantal gastado que sostiene a su hijo desnutrido en brazos mientras un gendarme la empuja hacia el interior de la lona oscura de un camión, que en mi mirada herida sigue pareciendo un vagón de clausura. Ella no lleva la estrella amarilla cosida en el pecho, pero la delgadez extrema de su cuerpo y la fijeza de su mirada hambrienta reflejan exactamente el mismo desamparo absoluto que vi en los ojos de mi propia madre antes de que las compuertas de hierro nos separaran para siempre en la Europa ocupada. Aquellos trenes llevaban a los judíos hacia el exterminio físico bajo la consigna de una pureza de raza; estos convoyes de la dictadura arrojan a los tucumanos hacia el lento vaciamiento social de las villas miseria de Buenos Aires bajo la bandera de una supuesta modernización de mercados. En ambos lados de la historia, las rutas y las vías se transforman en las venas abiertas de un sacrificio planificado desde escritorios limpios por hombres de guantes blancos que jamás han padecido la tortura de la carestía ni han olido la sangre de las víctimas.

Los vehículos arrancan uno a uno, escupiendo un humo negro que enturbia la siesta, dejando atrás el esqueleto mudo y paralizado de la administración azucarera. Sé que mis compañeros periodistas escribirán sobre estadísticas de producción, sobre la quiebra del monopolio y sobre el operativo de orden de las fuerzas armadas. Yo, Simón Szwarc, solo puedo limpiar las lágrimas que me empañan el lente y seguir gatillando la fotografía del desastre, sabiendo que mi única misión sobre esta tierra es dejar testimonio de las migraciones forzadas, de los nidos rotos y de la hambruna planificada por la infamia de los poderosos. Al final, mientras observo la estela de polvo que se pierde en el horizonte hacia el desmonte, comprendo que Santa Ana ha caído con el mismo crujido fúnebre con el que cayó mi viejo mundo en el Viejo Continente, demostrando con dolorosa poesía que las vías de la memoria son infinitas y que el grito de los desamparados suena igual en cualquier rincón de la tierra.

 

últimas noticas

Interrumpir

Por José Mariano. «El punto de partida de la elaboración crítica es la conciencia de...

La filosofía, la máquina y lo indefinible

Por Fabián Soberón. La máquina de Leibniz    Leibniz fue un racionalista extremo que confió en...

TODO LO QUE DEJAMOS PASAR

Por Enrico Colombres.  «La costumbre tiene sobre nosotros el poder de enseñarnos a servir y...

El problema de la obediencia

Por Elina Ibarra. En 1963, Erich Fromm, el popular pensador vinculado a la Escuela de...

Más noticias

Interrumpir

Por José Mariano. «El punto de partida de la elaboración crítica es la conciencia de...

La filosofía, la máquina y lo indefinible

Por Fabián Soberón. La máquina de Leibniz    Leibniz fue un racionalista extremo que confió en...

TODO LO QUE DEJAMOS PASAR

Por Enrico Colombres.  «La costumbre tiene sobre nosotros el poder de enseñarnos a servir y...