Por Daniel Posse.
El sol de la siesta caía como plomo derretido sobre el techo de chapa de la Colonia 13, un caserío suspendido de forma precaria al pie del cerro, donde la yunga tucumana parecía vigilar el destino de los hombres con ojos fúnebres y silenciosos. Abajo, la tierra negra de Santa Ana, fértil, pesada y cargada con el hollín espeso de una eternidad de sacrificios ininterrumpidos, se pegaba a las alpargatas de Antonio Aranda Moreno Vázquez con la misma tenacidad obsesiva que un luto familiar imposible de sepultar. Antonio tenía veinte años y arrastraba en el cuerpo el cansancio de una batalla silenciosa que había comenzado a sus dieciocho, el día exacto en que sus ojos cruzaron el cañaveral para descubrir a Asunción Varela. Él era un muchacho de estatura baja pero de planta firme, rubio, de facciones cuadradas que delataban su herencia europea y unos ojos celestes tan transparentes que parecían reflejar el frío del océano de donde venían sus ancestros. En aquel primer encuentro, ella era apenas una niña de trece años de una palidez blanca y espectral, coronada por una densa cabellera oscura que caía como una sombra perpetua sobre sus hombros. Asunción arrastraba una madurez prematura y trágica: su madre había muerto en el parto al traerla al mundo, dejando a su padre, Felipe Varela, sumido en una viudez perpetua que asfixiaba el hogar. Ellos eran catamarqueños de pura cepa, pero el desarraigo y la miseria los habían arrojado a Tucumán cuando Asunción tenía apenas seis meses de vida. Durante dos años interminables de cortejo clandestino bajo la sombra opresiva de la plantación, Antonio había luchado metro a metro contra el orgullo andaluz de su familia, ignorando que el suelo negro de Santa Ana ya los estaba forjando en secreto, templándolos en la fragua de la adversidad como el hierro para volverlos indomables ante cualquier mandato superior.
Sus padres, nacidos bajo el cielo de Andalucía, habitaban las oficinas de la administración con la soberbia intacta de los colonos que desprecian el barro norteño y la piel curtida de los criollos. Su padre, Francisco Aranda, ostentaba el cargo de mayordomo de la colonia; un puesto de poder real que le permitía vigilar la producción diurna, controlar las vidas ajenas en los galpones y exigir obediencia ciega con la frialdad de un terrateniente despótico. Para don Francisco, que los ojos celestes de su primogénito se posaran en la silueta pálida y el silencio andino de aquella muchacha catamarqueña era una afrenta inaceptable a su linaje. Asunción no tenía alcurnia ni dote; era la hija de un obrero de manos partidas que arrastraba el luto de Catamarca en una de las viviendas más oscuras y húmedas del predio, donde las paredes rezumaban el sudor rancio de las zafras muertas. Felipe observaba el noviazgo desde el corredor de tierra, cebando un mate amargo en absoluto silencio, intuyendo que esos jóvenes se empecinaban en quererse sobre una tierra maldita por el cansancio y el dolor, mientras el mayordomo Aranda amenazaba con desheredar a Antonio, quitarle el apellido y expulsar a los Varela de la colonia si el romance no cesaba de inmediato.
Al cumplir Antonio los veinte años, la inquebrantable y feroz persistencia de la pareja terminó por doblegar la rigidez de piedra del mayordomo. Las facciones cuadradas del joven se endurecieron ante la última negativa de su progenitor, demostrando que la tierra negra ya había hecho su trabajo de acero en él. Francisco Aranda, acorralado por la determinación indomable de su hijo y temiendo la maldición de un escándalo familiar que arruinara su prestigio ante los dueños del ingenio, terminó por aceptar aquella boda que tanto había combatido con decretos, gritos y desprecio. El pacto de unión se selló con rumbo al noreste, hacia la Villa de Medina, una localidad donde el aire parecía menos espeso pero el destino seguía acechando entre los matorrales. El día del casamiento quedó grabado en la memoria de la región como una estampa sobre el río y el monte: Asunción, recortando su piel blanca y su intensa cabellera oscura contra el blanco fantasmal de su vestido nupcial, montó su caballo con la gracia espectral de las mujeres criadas al pie del cerro y cruzó las aguas correntosas y claras del río Medina. Desafió la corriente traicionera que amenazaba con arrastrar sus encajes para encontrarse en el altar con Antonio, cuya mirada límpida la esperaba fija desde la penumbra del templo, como si ambos emergieran de las profundidades oscuras del propio paisaje tucumano.
Tras el matrimonio, la pareja rompió definitivamente las cadenas invisibles de la administración central. Decidieron forjar su propio camino lejos de las sombras de los cañaverales tucumanos que los habían visto sufrir y terminaron instalándose más al norte, en la localidad de Monte Rico. Allí, en ese nuevo refugio que parecía resguardarlos por fin de los fantasmas del pasado y de las miradas acusadoras, construyeron con sus propias manos el hogar definitivo que la llanura azucarera les había negado en sus comienzos, pero ligados a otros cañaverales; los del Ingenio Aguilares y los del Corona. En el primero Antonio entregó su trabajo, al segundo, más al norte, Asunción y él entregaron el cañaveral como tributo del azúcar.
Sin embargo, consolidados como un matrimonio indomable en las tierras de Monte Rico, Antonio y Asunción seguían compartiendo un ritual misterioso al caer la tarde, cuando las sombras se alargaban sobre los campos. Se paraban juntos en el umbral de su casa y miraban invariablemente hacia el sur, buscando con la vista la dirección lejana del cerro que cobijaba a su antiguo pueblo. Sabían que se habían ido para siempre, pero sentían en la sangre que el dolor, la resistencia silenciosa y el barro espeso de la Colonia 13 los habían predestinado a algo que el tiempo no lograba borrar de la memoria. Como si la tierra negra de Santa Ana poseyera un imán invisible y oscuro que marcaba el pulso de toda su descendencia, una raíz mística y profunda que los obligaba a recordar que su historia no era un simple matrimonio de provincia, sino una alianza inquebrantable sellada en la penumbra de un coloso que los habría de perseguir para siempre a donde fueran. Una alianza que rompió lo mandatos y que los llevó a escapar al destino del demonio convertido en perro y de los designios de su patrón. A pesar que en las noches, ante el cante del aullido de sus animales el miedo emergiera como una condena, porque el demonio parecía azuzar desde las sombras, porque vivir en la frontera también es parte.
