InicioIdeas para pensarLa normalidad de lo imposible

La normalidad de lo imposible

Publicado el

Por José Mariano.

«Seamos realistas, pidamos lo imposible».
Consigna del Mayo francés, 1968.

Vivimos rodeados de imposibles que dejaron de serlo. Llevamos en el bolsillo objetos que hace unas décadas pertenecían a la ciencia ficción, ejercemos derechos cuya conquista les costó a otras generaciones y, nos relacionamos de maneras que habrían horrorizado a nuestros abuelos. Todo eso transcurre con la discreción de lo cotidiano.

Una persona termina un matrimonio y vuelve a empezar. Un trabajador reclama vacaciones. Un hijo les discute a sus padres. Un alumno tutea a un profesor. Son escenas de un mundo que perdió su apariencia de eternidad. Hubo quienes anunciaron la destrucción de la familia, la ruina de la economía y el fin de toda autoridad. Después, la vida siguió y encontró otras formas.

Habitamos antiguos imposibles y los llamamos normalidad.

La costumbre borra las huellas de cualquier conflicto. Los derechos se incorporan al día a día, las luchas se vuelven una historia lejana y las nuevas generaciones crecen dentro de posibilidades que sus antepasados apenas si podían imaginar. Con el tiempo, alguien defenderá ese nuevo orden como inevitable invocando la naturaleza, la tradición y las cosas de toda la vida.

Cada época parece convencida de que la historia vino a desembocar justamente en ella.

Reconocemos las transformaciones del pasado y le negamos al presente una posibilidad parecida. Cambiaron las leyes, las familias, el trabajo, la intimidad y hasta nuestra relación con la muerte. Sin embargo, frente a la organización del poder, nos invade una certeza inapelable. La corrupción va a existir siempre. Los políticos son todos iguales. Las instituciones funcionan así. Nada va a cambiar.

Demasiadas veces se llamó imposible a lo que resultaba inconveniente para quienes podían decidir. Se proclamó inviable una demanda, se ridiculizó una aspiración, se trató de ingenuos a quienes se negaban a aceptar el lugar que les había tocado. El porvenir fue descalificado antes de que pudiera tomar forma.

Después ocurrió. Y el mundo aprendió a vivir con aquello que había declarado imposible.

También la cultura del poder está hecha de hábitos. El favor que ocupa el lugar de un derecho, la lealtad que vale más que la capacidad, el dinero público convertido en patrimonio propio, la indulgencia con el abuso de los cercanos. Esas prácticas se transmiten, se premian y necesitan renovarse todos los días para seguir pareciendo eternas.

Hasta nuestra tolerancia tiene una historia. Hubo una primera vez en que aceptamos algo que nos parecía inadmisible. Después encontramos una explicación, una urgencia mayor, un adversario peor. Hoy reconocemos el mecanismo y seguimos participando.

Pero incluso ahí algo se mueve. Bajo la superficie de lo que se repite cambian las expectativas, se desgastan las lealtades y aparecen sensibilidades que el orden establecido todavía no sabe interpretar. Ningún poder conoce por completo el mundo sobre el que pretende mandar, ninguna costumbre tiene asegurada la obediencia de quienes la heredan.

El tiempo tampoco garantiza una mejora. La corrupción aprende, el autoritarismo se moderniza y los derechos pueden perderse. El rumbo se disputa mientras las cosas suceden.

Quienes reclamaron lo que hoy damos por sentado tampoco conocían el desenlace. Tuvieron enfrente instituciones, intereses y convicciones tan sólidos como los nuestros. Muchos murieron sin ver realizadas sus aspiraciones, pero dejaron una posibilidad abierta donde otros habían declarado que ya no había nada que hacer.

También nosotros vivimos en un mundo inconcluso. Confío en quienes vengan después se pregunten cómo llegamos a aceptar que gobernar consistiera en apropiarse de lo común, que trabajar apenas alcanzara para sobrevivir o que reclamar una vida distinta fuera una señal de ingenuidad.

Hay una extraña soberbia en nuestra manera de aceptar el presente. Después de tantos órdenes que parecían eternos, le concedemos a nuestra época el privilegio de ser definitiva. A sus miserias, una duración ilimitada. A quienes las administran, la última palabra.

Algún día, otros llamarán normalidad a lo que todavía no nos animamos a exigir.

 

 

Esto es Fuga.

Edición 74. 

últimas noticas

El ocaso de los otros

Por Marcela Zadoff.                        ...

La resignación también pierde

Por Enrico Colombres. «Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente». Paulo Freire, Pedagogía de la...

La igualdad que incomoda

Por Fernando Crivelli Posse. “Malos tiempos, tiempos fatigosos, eso dicen los hombres. Vivamos bien y...

La distancia también es abandono

Por María Eugenia Navarro. Antes de que su nombre circulara por todo el país, Nancy...

Más noticias

El ocaso de los otros

Por Marcela Zadoff.                        ...

La resignación también pierde

Por Enrico Colombres. «Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente». Paulo Freire, Pedagogía de la...

La igualdad que incomoda

Por Fernando Crivelli Posse. “Malos tiempos, tiempos fatigosos, eso dicen los hombres. Vivamos bien y...